Cuando salir de paseo se convierte en un auténtico infierno

Educación canina y convivencia

Tres casos de perros que necesitaro de intervención urgente para resolver graves problemas de comportamiento

Camila con “Chicha” después de superar la reactividad que sufría.
Camila con “Chicha” después de superar la reactividad que sufría.

Adoptar un perro se puede convertir para algunos en el inicio de una carrera de obstáculos. El desconocimiento de las características de la raza del animal, la falta de objetividad al analizar nuestra disponibilidad de tiempo, de forma física o de espacio o, simplemente, problemas que pueda arrastrar de su anterior etapa se convierten en verdaderos quebraderos de cabeza. Otras veces puede ser un cambio drástico en su vida o la pérdida de un compañero lo que transforma completamente el carácter y comportamiento de tu amigo de cuatro patas.

En todos estos casos, la" solución fue acudir a un adiestrador. Fue un antes y un después”, asegura María Casal, tutora de “Marley”, un border collie de tres años. Llegó a su casa con poco más de un mes “en mi familia queríamos tener un perro, no nos importaba la raza y nos avisaron de alguien que su perra había tenido perritos”, recuerda ahora.

El cachorro llegó con apenas un mes y al poco comenzaron los problemas. Había sido separado prematuramente de la madre y a los cinco meses “lo mordía todo y tenía mucho estrés. Le daba paseos más largos y parecía que era peor. Hasta que un día un chico que me vio con él me dijo, creo que necesitas ayuda”. A partir de ese momento, se pusieron en manos de un adiestrador y hoy “hay un cambio radical en el-perro. Sabemos que tenemos que ir al monte a pasear, porque ese es su hábitat, pero ya no es como antes y no tenemos los problemas que teníamos cada vez que salíamos” y que en una ocasión terminaron en el río Lérez para rescatar al perro.

El caso de “Chicha” fue diferente. Esta mestiza que en la actualidad tiene seis años, llegó a Vigo con sus tutores y una hermana canina, “Olivia”, desde Argentina. Todo iba bien hasta que la otra perra murió. A partir de ese momento, el carácter de “Chicha” se transformó completamente y empezaron los problemas. "Se tiraba a todo lo que se movía. Se puede decir que salíamos a pasear y caminaba a dos patas, intentando tirarse a la gente, a los patinetes, a los coches, a todo”, explica Camila.

La situación llegó a tal punto que "contratamos un seguro de responsabilidad civil por miedo a que pasara algo". Una vez que comenzaron a llevar a “Chicha” a las clases “todo cambió. Ha sido un antes y un después. Ha sido muy importante para nosotros y ahora podemos ir de paseo con ella y sabemos que si pasa alguien corriendo, ni se inmuta", asegura Camila.

El caso de “Odie” es diferente. Llegó a casa de Inés con cuatro meses. Había sido rescatado junto a su madre y sus hermanos en el monte. Eran podencos portugueses y se encontraban en muy mal estado. “La madre era todo miedo, hasta el punto de que se hacía todo encima del terror que tenía a la gente”, explica. Esa inseguridad se hizo crónica en el cachorro y se tradujo en reactividad a todo con lo que se cruzaba. Cuando mordió a un señor “supimos que había que hacer algo”. Ahí empezaron con un educador, pero “parecía que todo iba a peor, hasta que conocimos a la profesional que nos ha ayudado”.

El proceso dura ya un año en el que “nos han dado pautas para los paseos, para jugar con él en casa con juegos inteligentes que ayudan a que queme toda esa energía. También hemos aprendido a darle una alimentación más adecuada a sus necesidades. Todo eso suma y ha permitido el cambio que se ha registrado en ‘Odie’”.

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