El recuerdo que dejó en Vigo Carlos Abella, ex embajador de Roma

EPISODIOS VIGUESES

Carlos Abella, embajador en Roma.
Carlos Abella, embajador en Roma.

Seguro que muchos vigueses recuerden aquella conferencia que en 2009 dictara en Vigo, en el centenario de la Asociación de la Prensa, en el ya lejano año, el diplomático Carlos Abella, ex embajador de España en Roma. El marco fuera todavía el Centro Cultural de la desaparecida Caixaova. Hombre de enorme cordialidad y sencillez, la conversación con él, dada su experiencia y trayectoria profesional como diplomático, fue una de las más enriquecedoras experiencias de mi vida. Su trayectoria está resumida en dos libros: “Memorias Confesables de un Embajador en El Vaticano” (2006) y “Confesiones del Palacio de España en Roma” (2012). Aunque el recordaba especialmente su estancia en Roma (1997-2004) su historial profesional era amplísimo por todo el mundo. Era muy amigo de Alfonso de Borbón, duque de Cádiz, con quien sirvió como diplomático en la embajada de España en Suecia.

Una noche cenando con él en Vigo le pregunté si era verdad que en aquella embajada había un fantasma, llamado “Fray Piccolo” que por lo visto fue muerto a espada por un embajador dadas las excesivas confianzas que se tomara con la embajadora. No parecía personalmente creer en tal personaje, si bien reconocía que en la embajada se contaba por su personal todo tipo de historias, episodios no explicables y que incluso alguna decía haber visto al susodicho fraile darse una vuelta por aquellos salones. A él personalmente nunca se le apareció.

Pero lo más sabroso de nuestras conversaciones fueron algunas anécdotas de su mandato. En una ocasión, y como suele ser cortesía entre diplomático, cursó una invitación a almorzar al nuevo representante en Roma del Estado de Israel. Y en eso se recibió una llamada de la secretaria del representante judío, rogando que en el menú se tuvieran en cuenta las reglas de la comida “kosher”; es decir, aquellas que las leyes judías aceptan, lo que excluye al cerdo, el conejo, el marisco, los animales con garras, carne y leche del mismo animal. y otra serie de particularidades, incluidos los utensilios y los platos que hayan tenido contacto con animales impuros o alimentos no “Kosher”. Por lo visto, el diplomático israelí era un ortodoxo y no comía de todo. Le contestaron, con cierto humor, que no se preocupara, que le darían tortilla de patata. Pero la cosa no acabó ahí, nueva llamada, esta vez para preguntar si se tendría inconveniente en que el embajador llevara sus propios platos y cubiertos. Y hasta ahí llegó la cosa: “Si quiere aceptar la invitación que venga o no, pero en la Embajada de España tenemos vajilla y cubertería propia”. Y al final no hubo tal comida.

Pero la anécdota más sabrosa fue la relativa a otro episodio: Cuando Aznar nombró a Eduardo Serra ministro de Defensa, y como es costumbre, Abella dirigió una carta de felicitación al nuevo miembro del Gobierno y éste le contestó en torno de humor y con confianza “De poco te voy a servir como no tengamos una guerra con Italia”. Pero Abella cogió la mosca por el rabo y envió otra carta a Serra, en la que le contaba que cada 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, en la que los bomberos de Roma colocan una corona en la estatua sobre el monolito que preside la plaza de España, frente a la embajada, todo a lo largo de la fachada del edificio español es ocupada por la municipalidad de Roma, que apenas deja un pequeño espacio al embajador español y sus invitados. En consecuencia, le rogó que, para el próximo 8 de diciembre, y como la Inmaculada es patrona de la Infantería, enviara una compañía española del Eurocuerpo a formar y rendir honores delante de la Embajada. Serra cursó la orden y el Ejército italiano trasladó a una compañía española como pedía el embajador Abella. De suerte que cuando llegaron el alcalde de Roma y su séquito se encontraron que en el espacio que pensaban ocupar estaba desplegada una compañía de Infantería española. Con ese sentido del humor italiano, el alcalde colocó a los suyos en el espacio restante, no sin antes comentar: “¡Vaya, otra vez el saco de Roma!”, en recuerdo de otro tiempo cuando las tropas de Carlos V ocuparon la ciudad.

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