El oficio de zapatero se queda sin relevo generacional en Vigo
La ciudad pasó de tener 300 tiendas a menos de 100 en menos de 20 años, un problema al que se suma la falta de aprendices
La reparación de calzado se ha convertido en un oficio en vías de extinción en Vigo y su área. Donde hace unos veinte años funcionaban alrededor de 300 talleres, hoy quedan menos de un centenar, según calcula el zapatero José Ramón Pino, de Mister Zapatería Cerrajería, ubicada en Ramón Nieto. El descenso se percibe también en municipios como Redondela, donde de cuatro zapateros en activo queda solo uno. Tras décadas de cierres y jubilaciones sin sustitutos, los profesionales del sector describen un panorama marcado por la pérdida de clientes, la falta de relevo generacional y la transformación de un negocio que ya no vive únicamente de crear y arreglar zapatos.
“Si solo viviéramos de la zapatería ya habríamos cerrado todos”, resume Pino, que abrió su tienda en el año 2000, aunque trabaja en el oficio desde 1987. La frase sintetiza el cambio del modelo de negocio. Los talleres tradicionales se han reconvertido en pequeños centros multiservicio: hacen llaves y mandos de garaje, venden productos de cuidado del calzado, reparan bolsos y maletas, afilan herramientas e incluso gestionan paquetería. Nicanor Lago, de Reparación de Calzado N. Lago, en Camelias, explica que “una cosa va compensando a la otra” y que el aumento de servicios es la única manera de mantener ingresos suficientes para sostener el negocio.
En muchos casos, el mostrador de una zapatería se parece más al de una tienda de servicios de barrio que al de un taller artesanal. Mandos de portal, plantillas, cinturones, mochilas, bolsos o productos de limpieza comparten espacio con hormas, martillos y máquinas de coser cuero. “Solo a zapatos no sobrevives”, resume Cándido Míguez, de Zapatería Candi, en Redondela. El cambio no ha sido una elección por gusto, sino una estrategia de supervivencia.
Detrás de esa reconversión hay un cambio profundo en los hábitos de consumo. “El calzado ha pasado de ser de calidad a ser de usar y tirar”, afirma Pino. Antes la mayor parte del trabajo consistía en cambiar tapas y suelas o coser descosidos; hoy muchas reparaciones se resuelven con pegamentos porque el material “no admite grandes arreglos”. Lago coincide en que el auge del calzado barato ha reducido las reparaciones exponencialmente. “Querer poner una tapa y una suela a un zapato de 20 euros muchas veces no compensa”, asegura. El cliente compara el coste del arreglo con el precio de un par nuevo y opta por reemplazarlo.
Los zapateros recuerdan una época en la que un par de zapatos acompañaba a una persona durante años y pasaba varias veces por el taller antes de ser sustituido. Ahora predominan las zapatillas deportivas y el calzado de moda de bajo precio, pensado para durar poco tiempo. “Mientras un zapato de piel podía arreglarse cuatro o cinco veces, unas deportivas quizá se arreglen una”, explica Lago.
El perfil del cliente también ha cambiado. Pino calcula que alrededor del 80 % de su clientela son mujeres, especialmente entre 30 y 50 años. Lago maneja cifras similares, aunque añade un grupo creciente de jóvenes que reparan zapatillas por comodidad o por valor sentimental. Míguez, en cambio, asegura que en Redondela mantiene un público más variado y todavía recibe encargos de deportistas, estudiantes y familias. Los tres coinciden en que la gente mayor, tradicionalmente fiel al zapatero, ha reducido mucho sus visitas desde la pandemia, cuando se acostumbró a usar calzado deportivo de forma habitual.
La caída del sector se agrava por la ausencia de relevo generacional. “No hay interés”, sentencia Míguez. No existen cursos específicos de formación y el aprendizaje sigue siendo esencialmente práctico, “como un albañil o un carpintero”, explica. Sin aprendices, los talleres cierran con la jubilación de sus propietarios. Míguez calcula que le quedan unos doce o catorce años para jubilarse y no ve a nadie dispuesto a continuar el negocio. “Cuando nos jubilemos nosotros, en Redondela no habrá más zapateros”, advierte.
Los artesanos atribuyen parte del problema a las dificultades económicas y administrativas para formar personal. Pino recuerda que antiguamente era habitual incorporar a un joven como aprendiz, pagarle una pequeña cantidad y enseñarle el oficio progresivamente. Hoy considera inviable asumir el coste laboral de un trabajador desde el inicio cuando el propio negocio apenas garantiza un sueldo digno. “Malamente tengo para ganar yo, más otro”, lamenta. A ello se suma la dureza del trabajo: jornadas de diez, doce o incluso catorce horas diarias y escasas vacaciones. Lago asegura que dejó de enseñar porque el tiempo dedicado al aprendiz le impedía sacar adelante sus propios encargos.
Los tres zapateros coinciden en la necesidad de facilitar la formación y apoyar económicamente a los talleres que quieran incorporar aprendices para que el oficio no desaparezca con ellos. Hablan de ayudas específicas, programas de formación dual o incentivos para los negocios artesanos, aunque reconocen que el problema es también cultural: muchos jóvenes asocian estos trabajos con largas jornadas y escasa rentabilidad.
Pese a todo, ninguno se atreve a decir que ser zapatero siga siendo un negocio rentable. Míguez reconoce que llegó al oficio por necesidad tras quedarse sin empleo en otras empresas. Lago es aún más contundente: “Económicamente no compensa”. El oficio se mantiene más por experiencia acumulada, por clientela fiel y por vocación que por perspectivas de crecimiento. “Mis hijos dicen que no quieren trabajar de esto”, cuenta. La escena se repite en muchos talleres: maestros que continúan trabajando largas horas mientras observan cómo desaparece un oficio que durante décadas formó parte de la cultura comercial de Vigo y de toda Galicia.
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