Odisea de Kabba: del infierno de Sierra Leona al paraíso de Vigo

Logró escapar de su país, donde murieron 50.000 personas, incluyendo la mayor parte de su familia. Ahora es marinero

Sheriff Kabba, de Sierra Leona a Vigo.
Sheriff Kabba, de Sierra Leona a Vigo. | Atlántico

El testimonio de Sheriff Kabba constituye un desgarrador y luminoso relato sobre las huellas del conflicto bélico, el instinto de supervivencia y el proceso de reconstrucción personal de los refugiados en Galicia. Nacido en Freetown (Sierra Leona) en 1972, su vida quedó drásticamente marcada por la sangrienta guerra civil que asoló su país a partir de 1991. Víctima directa de la violencia desmedida de las facciones rebeldes, Kabba sufrió mutilaciones, disparos y torturas físicas y psicológicas, perdiendo en el conflicto a gran parte de su familia. La guerra civil de Sierra Leona comenzó en marzo de 199 y se caracterizó por su extrema crueldad hacia la población civil, con 50.000 muertos y millones de desplazados. El conflicto finalizó oficialmente en 2002 tras la intervención de fuerzas internacionales.

¿Cuál fue el motivo por el que vino desde Sierra Leona hasta Vigo?

Es una larga historia. En 1991 estalló una guerra en mi país y los rebeldes no perdonaban a nadie.

¿Y qué pasó entonces?

Fue una guerra absurda, por un cambio de gobierno y asuntos similares. A mí me capturaron para cortarme el brazo. Tengo un disparo aquí y otro allí; soy víctima de esa guerra. Perdí a mis mejores amigos. Estábamos sentados así cuando ellos llegaron con armas y empezaron a disparar.

¿Cuántos muertos hubo?

Fueron más de 50.000 personas. Los rebeldes venían de Liberia. Entraban a Sierra Leona a matar y a robar. En mi país también había rebeldes que luchaban para derrocar al gobierno. El hombre que luchaba por sacar al gobierno de aquel entonces es el presidente actual, se llama Julius Maada Bio. Es el hombre que trajo a un drogadicto al que toda Europa está buscando, y ahora está en mi país. Allí no hay derecho a hablar.

¿Y cómo escapó?

Gracias a un barco pesquero coreano que pescaba marisco, en el que yo trabajaba. En ese momento yo tenía dos heridas; usé hierba para taparlas y evitar que saliera mucha sangre. Por el olor a sangre no querían dejarme subir, pero les dije: “Si no entro, moriremos todos aquí”. El capitán aceptó y dijo: “Mejor llevemos a este chaval, nos salvó”. Salimos de allí en 1997. Y llegué a Las Palmas.

¿Qué hizo allí?

Fuimos a un centro de la Cruz Roja, donde nos cuidaron muy bien. En ese momento yo tenía una herida en el cuello que me dolía mucho, no podía moverme bien y estaba hinchado. Fuimos al hospital y, cuando el doctor exploró la herida, extrajo algo similar a un trozo de cobre. Me salvaron la vida y, cuando me recuperé, me llevaron de vuelta a la Cruz Roja. Allí estuve mucho mejor. Al principio no tenía trabajo porque no hablaba español, pero les dije que quería ir a la escuela.

¿Qué edad tenía usted?

Nací en 1972, tenía 25 años en ese momento. Fui a una escuela en Las Palmas. Allí empecé a estudiar español; se podía dormir, comer y estudiar. Así saqué mi diploma de español. En 2003 vine a Galicia. Para ese entonces ya hablaba y escribía en español, así que luché por obtener la titulación y los documentos de marinero para empezar a trabajar en el mar.

¿Y en Galicia?

Llegué a Marín, la alcaldesa, la señora Ramallo, me cae muy bien porque organiza los carnavales y la Cabalgata... En mi carroza de Rey Mago yo era el único adulto negro, el resto eran todos niños. Mi carroza se llenaba de niños y eso me hacía feliz.

¿Cuándo llegó a Vigo?

En 2019. Trabajé en el mar con Freiremar y traje a mi única hija. Cuando los rebeldes entraron en mi barrio, solo escapamos ocho personas.

¿Y a su mujer qué le pasó?

A las mujeres las capturaban... El líder de ese grupo se llamaba El Mosquito, un hombre que no quería ver nada vivo; mataban y cortaban brazos. Yo caí en sus manos. Como era fuerte, luché para que no me cortaran el brazo. Al ver cómo peleaba, dijeron: «¡Eh, este hombre es muy fuerte, es mejor que se quede con nosotros». Les dije: «No me iré con nadie. Vivo por mi cuenta, soy marinero». Empezaron a hacerme preguntas absurdas. Como consumían drogas, estaban fuera de sí... El líder me dio un golpe con la pistola. Me caí al suelo y, cuando me levanté, ya no había nadie, solo más de 40 personas muertas. Se habían marchado. Corrí durante casi dos días sin parar. Mi madre murió en esa guerra. Mi hermana y mi hermano también. Y mi mujer... ni siquiera sé dónde está su cuerpo.

¿Qué le parece Vigo?

Vigo para mí es como una madre. Si tuviera que irme de aquí sería muy difícil. Probablemente, me quede hasta mi muerte. A veces, aún me despierto sobresaltado pensando en aquello... pero al final es solo un sueño. Cuando llegué a Vigo me sentí bien porque empecé a caminar, a trabajar y traje a mi familia.

¿A qué se dedica ahora?

Soy marinero. Antes de pesca, ahora trabajo en mercantes.

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