La memoria olvidada de las manos que esculpieron Vigo

El divulgador Julio Fernández Pintos publica “Arte popular gallego 1850-1925” en el que recorre la historia de la cantería

Julio Fernández Pintos, con la versión preliminar del libro, enseñando el capítulo sobre el cruceiro de O Hío.
Julio Fernández Pintos, con la versión preliminar del libro, enseñando el capítulo sobre el cruceiro de O Hío. | Vicente Alonso

Vigo es una ciudad esculpida en piedra, pero nadie recuerda los nombres de quienes la trabajaron. Sus calles, plazas y cementerios conservan cruces, panteones, retablos y fachadas esculpidos a mano por generaciones de canteros y escultores populares, artistas que dejaron su marca sin recibir reconocimiento. Mientras los nombres de arquitectos como Jenaro de la Fuente, Michel Pacewicz o Manuel Gómez Román siguen presentes en la memoria colectiva por sus obras, los artesanoss que tallaron la piedra permanecen anónimos. La obra de estos autores, muchas veces itinerante, formó parte de la identidad visual de Vigo y Galicia, y sin embargo su herencia ha quedado relegada al olvido.

Este vacío es precisamente lo que aborda la obra “Arte popular gallego 1850-1925”, del divulgador Julio Fernández Pintos. El libro recorre la historia de la cantería gallega en un periodo de transición entre la tradición artesanal y técnicas más industrializadas. Fernández Pintos profundiza en el análisis histórico y estilístico, detallando cómo cada maestro desarrollaba un estilo propio: la expresividad de los rostros, los pliegues de la ropa, la composición de los retablos y la distribución de santos y elementos decorativos. También examina la vida de los canteros itinerantes, hombres que viajaban de pueblo en pueblo trabajando en obras públicas y privadas.

“En aquella época en la Escuela de Artes y Oficios la mitad de los canteros que estudiaban eran de Matamá”, señala Pintos. “Viajan de un pueblo a otro, trabajando en distintas obras y rara vez llegaban a integrarse en el proletariado urbano”, detalla el autor del libro. Sobre por qué cesó el oficio, señala que “el trabajo itinerante de los canteros se va extinguiendo al no necesitarse tanta ornamentación en fachadas y espacios públicos”, algo que sucede “gradualmente” cuando se “se empiezan a producir talleres más industrializados”.

Sobre el anonimato de estos artesanos, señala que “no se conocen porque no están catalogados”, y una vez que cerraron los talleres y “se perdió la memoria popular y también sus nombres”. “como si sus manos, que tallaron la ciudad, nunca hubieran existido”, lamenta Pintos

Ámbito religioso

Además de la documentación histórica y la investigación de archivos, el libro recoge la herencia artística popular gallega, fundamentalmente en el ámbito religioso. Entre mediados del XIX y principios del XX, cruceiros, petos de ánimas e imágenes religiosas se convirtieron en los principales soportes de la expresión artística popular. Los cruceiros, erigidos en plazas, cruces de caminos y entornos rurales, mantienen una estética barroca prolongada durante siglos, mientras los petos de ánimas, muchos emplazados en propiedades privadas, reflejan la devoción de las familias por las almas del Purgatorio. Las imágenes religiosas conservadas en iglesias y capillas muestran un arte popular de gran valor, realizado por canteros que también actuaban como imagineros y que a veces construían retablos, panteones o esculturas de gran complejidad, incluso en madera.

En este ámbito religioso, los grandes maestros que estudia Julio Fernández Pintos en su libro son Manuel González Perdiz, los hermanos Antonio e Ignacio Cerviño, José Cerviño García, así como otros maestros del Valle del Tea, entre ellos Manuel Fontán Armiñán o Benjamín Quinteiro Martínez

El libro documenta la transición hacia un arte funerario urbano, derivado del traslado de los cementerios al exterior de las iglesias. A partir de mediados del siglo XIX, se popularizan panteones familiares de varios pisos, laudas y estelas conmemorativas, muchos de ellos ejecutados por canteros expertos capaces de trasladar sus conocimientos escultóricos al espacio funerario. Gracias a técnicas modernas como la fotogrametría o la Inteligencia Artificial, Fernández Pintos reconstruye digitalmente esculturas y retablos, incluso deteriorados, y analiza la relación entre los maestros canteros y la arquitectura que ejecutaban, destacando la pericia técnica y la expresividad de obras que, de otra manera, pasarían inadvertidas.

Sobre esto último, el autor del libro lamenta que el patrimonio “está muy abandonado, cubierto de musgo”, lo que complica el análisis estilístico de las obras.

El libro puede consultarse gratuitamente en Internet, no planteándose de momento Pintos su impresión a través de una editorial por el alto coste que tendría el libro final por las numerosas láminas que incluye. Así, dedica varias páginas a cruceiros como el de O Hío o petos de ánimas y retablos de iglesias de Ponteareas, Cangas o Ponte Caldelas, donde fotografía en detalle cada parte de estas obras escultóricas, y que así lector entienda cómo trabajaba cada artista.

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