Manuel Castro, su estatua y el símbolo permanente de Vigo

El último voceador de periódicos, fallecido hace ahora unos 30 años, se mantiene en el recuerdo en la calle Príncipe

Manuel Castro, en 1990, haciendo equilibrios con Atlántico.
Manuel Castro, en 1990, haciendo equilibrios con Atlántico. | Salvador Sas

Se llamaba Manuel Castro. Era un hombre sencillo, de pocas palabras. Era como un personaje esencial en la ciudad. Era agradable encontrártelo mientras sostenía un periódico con un dedo. Insisto, sencillamente vestido, pero impecable, con su chaqueta azul. Yo hablé con él alguna vez. Era uno de esos elementos que permite identificarte en la ciudad donde está. Su campo de trabajo era esencialmente el centro y poco más. Su estatua es como un símbolo de otro Vigo de otro tiempo. Digo lo de reconocerse porque como dijo Le Curbusier “La ciudad es ese espacio donde uno se reconoce” en los elementos que la pueblan, los bares, las tiendas, los bancos de las calles, las gentes y los personajes cotidianos. Castro es uno de ellos. Y de alguna manera, sigue estando vigente y vivo.

¿Cuántos periódicos podría vender al día? No creo que muchos, los suficientes para ir tirando con la modesta comisión que le reportaba. El fajo con que circulaba era reducido, bajo el brazo. Quiero suponer que en algún lugar le guardaban los repuestos. Creo que un buen día en los años sesenta, se le ocurrió lo que sería su famoso gesto. Y creo recordar que incluso a algún turista se le ocurrió pedirle permiso para hacerse una foto con él, y no me acuerdo si aceptara.

Aparte de su paseo cotidiano entre la calle del Príncipe y la Alameda, solía almacenar los periódicos en la entrada de los antiguos almacenes Alfredo Romero, bajo le atenta custodia del personal de la tienda. Algunos vigueses de aquel tiempo cuentan que cuando se cansaba de pasear voceaba la prensa local, entonces “El Pueblo Gallego” o “Faro de Vigo”. El cambio de formato de los ejemplares le ayudo a realizar sus virguerías. Cuando salió Atlántico, Castro también lo incorporó a su trabajo cotidiano de distribución, y le vino bien el formato de nuestro periódico para su irrepetible habilidad de sostenerlo con un dedo.

Su estatua en la calle donde más trabajó fue un acierto, pero el Ayuntamiento no tuvo en cuenta que la primera versión era propia de una ciudad civilizada y la maldad de los gamberros hizo que ocurriera lo que nunca le pasara al bueno de Castro, y el periódico cayera de su dedo tronzado. A medida que se hacía mayor reducía el fajo de periódicos, aunque también vendía prensa de Madrid, sobre todo en verano, porque era cuando más venían por aquí viajeros y turistas de Madrid y otros lugares de España.

La escultura que lo recuerda, con excelente parecido, en bronce, metal que merecía, la hizo Jandro Rodríguez. Pesa cerca de 300 kilos, lo que la hace inamovible para la maldad miserable de los que, en otras ciudades, como en Pontevedra, han mutilado esculturas parecidas. Hoy es un elemento característico, ubicada frente al que fuera cárcel comarcal y palacio, por decir algo, de Justicia. 

Creo que alguna vez, gracias a alguna cámara del entorno, se localizó a los sujetos que atentaron contra este símbolo urbano, pero dada la benigna respuesta que esta forma de maldad tiene en nuestro tiempo, el asunto quedó impune, lo que ha facilitado que se repita ya no sé cuántas veces. En otras ciudades donde se respetan más sus símbolos, a estos malhechores, cuando los pillan, les imponen sanciones ejemplares, incluido el público escarnio. De momento, cada vez que se produce un atentado, la estatua tiene que ser reparada en una fundición adecuada para reforzar el conjunto, a cargo de los contribuyentes. En ocasiones, la vuelta de Castro al lugar donde lo queremos los vigueses, se ha demorado inexplicablemente más de la cuenta, lo que a su vez denota, de paso, la falta de diligencia que reina en ocasiones en las Casas Consistoriales.

Esperemos que, tras la última reparación, a la estatua de Castro nunca le caiga el periódico, porque a él, nunca se le cayó.

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