Mabel del Pozo: "Interpretar a María Callas es asomarse al abismo, me fascina"
Mabel del Pozo subirá esta noche al escenario del teatro García Barbón, encarnando a María Callas en la única función de “Sfogato”. Sobre la obra y su personaje habló para Atlántico
A nivel emocional, ¿qué significa representar a un personaje como María Callas?
Interpretar a María Callas es asomarse a un abismo. Es entrar en las contradicciones de una mujer que fue inmensa en el escenario y profundamente vulnerable en su intimidad. Y me interesa mucho esa convivencia entre la fortaleza y la vulnerabilidad, porque no creo que sean cualidades opuestas. Una mujer puede ser poderosísima y maravillosamente vulnerable al mismo tiempo. Como actriz, me interesa especialmente esa distancia entre lo que mostramos al mundo y lo que somos cuando nadie nos mira. Entre la mujer que podía conmover a miles de personas con su voz y aquella que, en la soledad de su casa, necesitaba simplemente ser querida. Interpretarla supone un ejercicio de empatía enorme. No quería juzgarla, ni idealizarla, ni imitarla. Quería comprenderla. Encontrar a María debajo de Callas. Y eso, emocionalmente, es un viaje muy hermoso, pero también muy doloroso.
Y a nivel técnico, ¿qué preparación requirió?
El primer trabajo fue de investigación. Escuchar sus entrevistas, observar sus gestos, su manera de caminar, de mirar, de hablar, sus silencios… Y, por supuesto, sumergirme en su música y en su pensamiento. Porque Callas no era solamente una intérprete extraordinaria; era una mujer con una conciencia intelectual profundísima de su arte. Pero hay algo fundamental: no se trataba de hacer una imitación. La imitación reproduce una forma; la interpretación intenta encontrar lo que hay detrás de esa forma. Había que construir una corporalidad muy precisa, una determinada elegancia, una forma de ocupar el espacio, de sostener la mirada. Y trabajar la voz, no solo por su particular manera de hablar, sino por todo aquello que las palabras esconden. El gran reto técnico era conseguir que esa mujer monumental pudiera transformarse, casi sin que el espectador lo percibiera, en una mujer absolutamente desprotegida. Que convivieran la autoridad de la diva y la vulnerabilidad de María sin que ninguna de las dos resultara impostada.
¿Qué descubrió del personaje con este proyecto?
Descubrí a una mujer con una inteligencia artística descomunal. Una pensadora de la música, una teórica de su propio arte, capaz de reflexionar con una profundidad extraordinaria sobre la interpretación, sobre el sentido de cada palabra, de cada frase musical, sobre la relación entre la técnica y la emoción. Me fascina esa Callas que no se conformaba con cantar una partitura, sino que necesitaba comprenderla en su totalidad, penetrar en su sentido dramático, encontrar la verdad que habitaba en ella. Y descubrí también que el talento no nos protege del sufrimiento. Que una persona puede alcanzar una dimensión artística casi sobrenatural y, sin embargo, seguir necesitando amor, reconocimiento, ternura. Pero me resisto a reducir a Callas a sus desgracias sentimentales. María Callas fue mucho más que la mujer que amó a Onassis. Fue una artista revolucionaria, una trabajadora incansable, una mujer de una exigencia feroz consigo misma. Quizá lo que más me ha impresionado es comprender que su verdadera historia de amor fue también la que mantuvo con el arte. Y que esa relación fue tan apasionada, exigente y devastadora como cualquiera de sus relaciones personales.
¿Qué es lo más espectacular de Callas?
Su capacidad para convertir la técnica en emoción. Callas no se limitaba a cantar extraordinariamente bien. Interpretaba. Cada nota tenía un pensamiento, una intención, una herida. Y eso me fascina como actriz. Porque hay artistas que ejecutan una partitura y otros que parecen atravesados por ella. Callas pertenecía a estos últimos. Tenía algo salvaje y, al mismo tiempo, un dominio técnico y una conciencia artística extraordinarios. Esa combinación es rarísima. Su voz no buscaba únicamente la belleza; buscaba la verdad. Y detrás de esa verdad había una inteligencia capaz de analizar y comprender profundamente aquello que interpretaba. Creo que lo más espectacular de Callas es que consiguió que el público no escuchara solamente una voz, sino a un ser humano viviendo hasta las últimas consecuencias. No cantaba el dolor: parecía conocerlo íntimamente.
¿Cuánto tiene de diva?
¡Muchísimo! Pero habría que preguntarse qué entendemos por diva. Si hablamos de una mujer exigente, consciente de su talento, que no estaba dispuesta a conformarse con la mediocridad, entonces era una diva absoluta. Creo que a las mujeres extraordinarias se les ha exigido históricamente una docilidad que nunca se les ha pedido a los hombres extraordinarios. Un hombre exigente puede ser considerado un genio; una mujer exigente corre el riesgo de convertirse en una insoportable. Seguramente Callas fue difícil, contradictoria, temperamental. ¿Y quién no lo es? Lo interesante es preguntarse cuánto de esa fama pertenecía realmente a su carácter y cuánto a la incomodidad que provocaba una mujer con semejante poder. A mí me gusta pensar que tenía todo el derecho a ser una diva. Se lo había ganado. Lo verdaderamente triste es que quizá no siempre supo concederse a sí misma la misma grandeza que ofrecía a los demás.
¿Existen actualmente artistas con este perfil?
Existen artistas extraordinarias, por supuesto, pero creo que el fenómeno Callas es difícilmente repetible. No solamente por su talento, sino por la manera en que transformó su disciplina y por el momento histórico en el que apareció. Callas no fue únicamente una gran cantante: cambió nuestra forma de entender la interpretación operística. Hoy tenemos artistas con una personalidad inmensa, con una capacidad de transformación y una libertad creativa admirables. Pienso, por ejemplo, en Rosalía, por su manera de apropiarse de una tradición y llevarla a un territorio absolutamente personal. Pero no me atrevería a buscar una nueva Callas. Las grandes artistas no necesitan herederas. Precisamente son grandes porque abren un camino que antes no existía. Y quizá eso sea lo que las une: la valentía de ser distintas, incluso cuando esa diferencia tiene un precio.
¿Qué destacaría de este espectáculo?
Que no es un espectáculo sobre una diva, sino sobre una mujer. Y sobre el precio que a veces pagamos por intentar ser extraordinarios. Pedro Víllora ha escrito un texto de una sensibilidad enorme, que nos permite entrar en la intimidad de María Callas sin perder de vista su dimensión artística. Y Alberto Frías ha construido una puesta en escena en la que la palabra, el silencio y la música dialogan constantemente. Destacaría, sobre todo, que este espectáculo está hecho desde el amor y la admiración reales. Hemos tenido la inmensa suerte de crearlo entre artistas que nos queremos, que nos admiramos profundamente, que nos cuidamos y nos sostenemos. Y creo que eso trasciende el escenario, que de alguna manera llega al otro lado, al público. Eva Marco encarna la voz de Callas de manera descomunal, con una presencia y una emoción que te dejan sin aliento. Anabel Maurín aporta una humanidad preciosa como Bruna, una sensibilidad y una verdad que hacen que todo respire. Y Natasha Belenova, desde el piano, construye un universo musical extraordinario, un espacio de belleza y emoción que nos envuelve y nos sostiene a todas. Hay algo muy hermoso en compartir el escenario con artistas a las que admiras tanto y a las que, además, quieres profundamente. Creo que el público va a descubrir a una Callas que quizá no conoce. Y no hace falta saber absolutamente nada de ópera para emocionarse con esta historia. Porque, en el fondo, hablamos de algo que todos conocemos: la necesidad de ser amados, el miedo a perder aquello que nos da sentido y la búsqueda, a veces desesperada, de nuestra propia identidad. Me gustaría que el público saliera del teatro admirando todavía más a Callas, pero queriendo profundamente a María.
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