El Lagares, la vida de un río que Vigo no siempre ve
Un paseo por uno de los pulmones verdes de la ciudad amenazado por especies invasoras
Vigo corre a través de un río. El Lagares serpentea durante 12 kilómetros entre zonas rurales y urbanas hasta encontrarse con el mar en Samil, dejando a su paso un paisaje que parece escapar de la ciudad sin salir de ella. Garzas en busca de alimento, árboles que delimitan las orillas, lavaderos y fuentes que se mantienen a través del tiempo, caminantes que disfrutan del sendero y edificaciones típicas de la arquitectura popular gallega componen el escenario de uno de los pulmones verdes de Vigo.
Pero no todo lo que crece en sus márgenes contribuye a preservar este entorno. Bajo la aparente calma del paseo, la presencia de plantas invasoras y los vertidos mantienen vivo el debate sobre cómo proteger este refugio natural.
La rehabilitación del paseo ha reforzado en los últimos años la seguridad de peatones y bicicletas, protegiendo las zonas vulnerables. La instalación de barandillas y la creación de pasos diferenciados han mejorado especialmente la seguridad en algunos puntos próximos a Cabral y Miraflores.
Laura Caamaño Chinchilla conoce el Lagares más allá de su faceta como lugar de paseo. Es socia fundadora de Cuarzo Verde, una cooperativa sin ánimo de lucro fundada en 2023 dedicada a la educación ambiental.
Su trabajo la ha llevado a participar en acciones de voluntariado, limpieza y eliminación de especies invasoras, una experiencia desde la que contempla la riqueza del río, pero también las amenazas que avanzan entre sus orillas.
“Hay mucho trabajo por hacer aún con las especies exóticas invasoras”. Cañas, bambú, falsa acacia o tradescantia se han extendido por distintos puntos del recorrido. Algunas vuelven a brotar desde sus raíces y pueden formar mantos tan densos que dificultan el desarrollo de otras plantas.
Frente a ellas, fresnos, robles, laureles y alisos componen un bosque de ribera esencial, sus raíces afianzan los márgenes y sus copas proporcionan sombra del conjunto que rodea el cauce. Las fuertes lluvias de esta primavera provocaron derrumbes en algunas zonas, dejando al descubierto la fragilidad de ese equilibrio y poniendo de manifiesto la necesidad urgente de favorecer la vegetación autóctona.
La riqueza del Lagares también se mide mirando hacia arriba. A lo largo de su recorrido, las aves cambian a medida que el río se acerca al mar. Garzas, garcetas y gaviotas encuentran alimento en sus aguas y hasta alguna nutria se ha dejado ver por la zona. “Que vengan a alimentarse aquí significa que el río tiene recursos suficientes”, apunta.
También han aparecido nuevas especies. La cotorra argentina, introducida a partir de ejemplares que se tenían como mascotas, se ha extendido por Vigo hasta convertirse en una especie habitual del paisaje urbano.
No todas las señales son igual de favorables. Aunque los vertidos están más controlados que años atrás, asegura que todavía existen conducciones procedentes de viviendas particulares y que de vez en cuando aparecen manchas en el agua.
Este refugio climático forma parte de la rutina de muchos vecinos. Sárdoma, Castrelos, Balaídos o Samil son distintas puertas de entrada a un mismo recorrido por el que coinciden familias, corredores, ciclistas y caminantes.
También los perros encuentran su espacio, con una zona canina en la que pueden pasear sueltos. Cada barrio parece haberse apropiado de su tramo, consolidando al río como un punto de encuentro. Incluso fuentes y antiguos lavaderos sobreviven entre la vegetación, algunos todavía frecuentados por vecinos que acuden a recoger agua.
Con la llegada del otoño, el paisaje vuelve a transformarse, entre castaños, avellanos, higueras y moras acompañan el camino, mientras que el aumento del caudal y el cambio de color de las hojas reflejan su constante evolución.
Para Caamaño, conservarlo exige también conseguir que los vigueses comprendan qué tienen delante. Quizá, mediante rutas, actividades divulgativas y educación ambiental servirían para descubrir su fauna y su flora pero, en especial, para entender todo aquello que el río aporta sin hacerse notar.
El Lagares permanece como una pausa verde, especialmente durante el calor del verano, así como refugio para las especies autóctonas y para quienes buscan alejarse del bullicio urbano.
Su futuro dependerá de corresponderle con el espacio que merece, gracias a todos los servicios que proporciona.
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