La jubilación, último ‘castigo’ de Suárez

Educación

El que fue jefe de estudios del IES Politécnico en los últimos 22 años, Ángel Suárez, se vio obligado a terminar su carrera como docente a finales de junio tras casi medio siglo trabajando en el mayor instituto de Vigo

Ángel Suárez sale, por última vez, del IES Politécnico dejando 47 años de docencia atrás.
Ángel Suárez sale, por última vez, del IES Politécnico dejando 47 años de docencia atrás. | Vicente Alonso

El IES Politécnico inició este miércoles su primer curso sin Suárez en 47 años. De nombre completo Ángel Lino Suárez Ríos, este veterano docente llegó al mayor instituto de Vigo –y probablemente de Galicia, aunque él siempre decía que era el segundo “por no decir que era el que más”– en septiembre de 1979 y permaneció en él casi medio siglo. Fue miembro del equipo directivo –sobre todo, jefe de estudios– del centro durante 32 años en dos etapas, la más larga desde el curso 2004/2005 hasta el pasado curso, en el que se vio obligado a jubilarse.

Y él lo dice específicamente así porque, asegura, “seguiría muchos años más si me lo permitiesen”. Porque él siempre trabajó “con ese espíritu de intentar hacerlo lo mejor posible” espoleado por un centro “que siempre tuvo un buenísimo equipo docente, personal de administración e instalaciones muy bien cuidadas y actualizadas por todos”. Oriundo de Santiago de Compostela, toda su carrera profesional, salvo el primer año –el curso 78/79–, la llevó a cabo en el Politécnico, “donde siempre me sentí como en mi propia casa a lo largo de 47 años en los que fui muy feliz”, recuerda Suárez.

Su impronta en el instituto vigués es tan grande que los profesores, cuando tenían que enviar a algún alumno a su despacho por motivos de comportamiento, no decían “ve al despacho del jefe de estudios”, sino que directamente le espetaban “a Suárez”. “A ver qué van a decir ahora”, bromea el docente ya jubilado.

Ángel revolucionó la disciplina en el IES Politécnico. Nunca tiró la toalla con ningún alumno e hizo todo lo posible para ‘reconducir’ a los que infringían las normas de régimen interno de forma reiterada. “Mis sanciones consistían en mandarlos venir a estudiar a la tarde a la biblioteca, conmigo. Los padres, lógicamente, estaban contentos porque no los expulsaba salvo que fuese algo muy grave y en vez de mandarlos a casa, se quedaban en el centro”, recuerda, explicando que “yo era el primero que me castigaba teniendo que quedarme con ellos”.

Pero funcionaba. “Los alumnos a los que más castigaba son los que más reconocerían mi trabajo aquí”, cuenta Suárez. Algunos de ellos incluso le sirvieron al propio docente como ejemplo para conseguir que otros cambiasen su comportamiento. “Veían a los alumnos ahí castigados estudiando y se les acercaban para decirles que me hicieran caso y que tenían que cambiar su actitud”, rememora.

Sin perder la vocación

En 48 años de enseñanza, Ángel Suárez confiesa no haber perdido nunca la vocación, “pero sí que me cambió, porque en un momento determinado el aula acaba cansando”. Así, desde 2004 decidió “llevar la educación desde un sitio diferente como la jefatura de estudios”. Él tenía “clarísimo” que hacía mucho mejor trabajo ocupándose de la disciplina y otros temas de organización del centro desde el cargo de jefe de estudios “que lo que podría haber hecho en un aula”, donde “creía que lo hacía bien, pero prefería ocuparme de todos los alumnos en lugar que de sólo una clase”.

Aunque llegó a Vigo porque en su segundo año como docente no le dieron plaza en Santiago, se quedó “por la familia” y al final se acabó enamorando de su trabajo en el IES Politécnico.

A finales de junio, cuando todo el centro sabía ya que ese era su último curso escolar, los alumnos le sorprendieron con una despedida multitudinaria. Haciendo un pasillo desde su despacho, aplaudían –y lloraban, igual que él, que no pudo contener la emoción– hasta el exterior, donde le esperaba su nieta, que ya era alumna del centro, con un ramo de flores. “Siempre creía que era el que castigaba en el IES y al que los niños le tenían algo de miedo, pero mi sorpresa fue que esos mismos alumnos a los que más de una vez sancioné llegaron a darme las gracias e incluso hacerme un regalo con mucho cariño”, cuenta. Decenas y decenas de cartas de agradecimiento de alumnos son su último –pero maravilloso– recuerdo de 48 años de trayectoria. Una trayectoria que acaba con un último ‘castigo’: la jubilación.

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