Historias del “Pirulí”, donde chuparon todos
Episodios vigueses
En el hospital se hicieron cosas disparatadas, como cuando a alguien se le ocurrió sobreponer a los suelos de mármol una capa de sintasol
En estos “Epìsodios Vigueses” tenía yo ganas de contarles “Historias del Pirulí”, sobrenombre popular con el que los vigueses, por su estructura, bautizaron a la Residencia de la Seguridad Social Almirante Vierna, basados en la leyenda de que cuando lo construyeron “chuparon todos”. Destinado hoy a una función bien distinta para lo que fuera construido, allí nacieron, murieron y se curaron miles de vigueses a lo largo de su largo tiempo como residencia sanitaria de la sanidad pública, atendida por excelentes profesionales, tanto los sanitarios como el resto de los servicios. Fu uno de los más tempranos ámbitos de Vigo donde se luchó por la democracia, las libertades y la propia calidad de su trabajo. Allí dentro se gestaron todo tipo de historias que vale la pena recordar aquí. Para empezar, es curioso que se le pusiera el nombre de un almirante que nada tenía que ver con el asunto sanitario, si bien fuera uno de los personajes clave del régimen de Franco.
Su espíritu debía vagar pos los amplios espacios del centro. En una ocasión, el padre de un recién nacido, descontento con las atenciones recibidas, le dijo a una enfermera que quería dar una queja al respecto, por lo que le indicaron que bajara a dirección, pero el paisano muy enfadado replicó: “Nada da dirección. Eu quero falar co almirante Vierna”. Hay otras historias divertidas: En el salón de actos del centro había un busco del camarada Girón, conocido como “León de Fuiengirola” y ministro de Franco, responsable de Trabajo y la Seguridad Social. Como el personal del centro, ya en pleno franquismo, celebraba movidas asambleas, en las que antes de comenzar ponían el busto del ilustre falangista de cara a la pared y le hacían toda suerte de perrerías. La cosa fue a más, y la efigie de Girón desaparecía y era encontrada en los wáteres, en el ascensor. Y con no menos respeto era tratado el busto de Franco, que estaba en una hornacina.
En aquel hospital se hicieron cosas disparatadas, como cuando a alguien se le ocurrió sobreponer a los suelos de mármol una capa de sintasol, que fue hallado en una de las múltiples obras de reforma que se hacían una y otra vez. Las obras eran disparatadas y más de una vez se empezaban por las plantas superiores, de suerte que se iban deteriorando las inferiores y había que volver a empezar. La política de compras era otro disparate, y así se adquirían aparatos que nunca llegaron entrar en servicio, como unos carros para llevar la comida caliente a los pacientes que no se usaron jamás. Sin duda, el que los compraba debería tener otro interés, dígase comisiones a costa de los fondos públicos. En todas las plantas había cientos de dictáfonos que nunca se usaron en la vida.
Pero había otras anécdotas humanas. En una ocasión, le comunicaron a un paisano que su hija había parido un nieto, al que iban a llamar Manolito, pero cuando comprobar bien el sexo del recién nacido se dieron cuenta de que era Manolita. ¿Y cómo se le explica eso al pobre abuelo? En aquel tiempo, la gente iba apocada y no entendía al médico. Una vez, un radiólogo que iba a explorar a una paisana le indicó que tenía que sentarse en un aparato y le decía “súbase, súbase”. La señora tomo carrera y se subió a la espalda del médico, que con el impactó sufrió una lesión de espalda. Otra vez, una señora acudió al pediatra con una señora de pocas semanas, indicando que no mamaba la teta. El médico la exploró y comprobó que no tenía leche. Y al indicarlo, la paisana le dijo: “¡Ah, es que no soy la madre. Soy la tia!”. Otra vez apareció un chico con un mono muerto, que trajera de África, con la pretensión de que lo reanimaran porque quería darle una sorpresa a su mujer. Era tal su confianza en la Seguridad Social. No ocurrió en Vigo, pero se contaba la historia ocurrida en otro hospital, en el caso de una parturienta que no llegó a término, sino que tuvo una “mola”; es decir, un feto que no acaba configurado y queda como un racimo de materia orgánica. Se lo explicaron al marido, quien, tras visitar a su esposa dijo al médico: “He hablado con mi esposa y aunque sea una «mona», es nuestra y nos la queremos llevar”.
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