Otras historias de periodistas peculiares

Episodios vigueses

Conocer de cerca a tipos humanos interesantes supone un enorme enriquecimiento personal

Landeira con Cunqueiro, Alberto Casal y Eligio en la taberna de éste.
Landeira con Cunqueiro, Alberto Casal y Eligio en la taberna de éste.

Mi larga estadía, de treinta años, en el ejercicio profesional del periodismo, me permitió el enorme enriquecimiento personal que supone haber conocido de cerca a tipos humanos interesantes. Uno de los más peculiares fue el intelectual, periodista y escritor José Landeira Yrago, director que fue de “Faro de Vigo” en los difíciles días de la llamada transición política. Landeira estaba llamado a ser el sucesor natural de Cunqueiro, tras la temprana renuncia de éste, pero declinó repetidamente la oferta de la empresa de los Lema para asumir la máxima responsabilidad del decano de la prensa nacional. En su lugar fue nombrado un granadino de mala sombra y peor recuerdo, Manuel Santaella, quien dirigió el rotativo en una de sus más sombrías épocas. Este Santaella era particularmente antipático; pero sufría la venganza, a veces cruel, de aquellos a los que maltrataba. Uno de los botones de “Faro de Vigo”, encargado cada tarde de llevarle el café, revolvía materialmente el brebaje con su atributo masculino (que debía ser resistente al calor). No es broma. La cosa se convirtió en rito. Era aquel un hombre desagradable de amargo recuerdo en aquella casa. “Este café sabe raro”, mascullaba entre nuestro disimulado regocijo aquel exponente “de la mala follá”.

El tal Santaella acabó mal (y en Magistratura) con la empresa, por lo que por fin fue nombrado Landeira (que era subdirector). Pero nuestro hombre quería borrar para siempre cualquier recuerdo de su antecesor y ordenó someter su despacho a una larga cuarentena, en tanto colocaba ristras de ajos y laurel por estantes y escritorios. Landeira tardó tiempo en considerar concluido el conjuro; pero mantuvo los cajones con laurel todo su mandato. Fui testigo de ello. Hombre singularmente culto, era uno de los pocos españoles que se había leído entero en Diccionario de la Real Academia, evento que ocurrió cuando andaba de soldado en el Peñón de Alhucemas, donde no había otra cosa que echarse a los ojos. Usaba Landeira palabras que nadie conocía y practicaba un excelente periodismo y crítica literarios.

Pero como periodista de actualidad era particularmente medroso. A sus subordinados nos advertía con frecuencia: “¡A ver qué escribides. Que a pluma é vosa, pero o cu é meu!”. Cuando abandonaba el periódico, cada noche, decía al redactor jefe de cierre: “¡Faginas, recorda que eu viñen a dirixir un periódico, non a alistarme nun banderín de enganche de la Legión!”. Otras veces cambiaba esta expresión por esta otra: “No meu contrato non dice nada de que me van fode-lo fígado”. Cuando Santiago Carrillo se presentó clandestinamente en Madrid nos hizo llamar a todos los periódicos y agencias donde teníamos contactos para ver cómo iban a enfocar ellos el asunto. Y no publicó nada. Incluso, siendo yo corresponsal en Vigo de Europa Press, al tiempo que redactor de “Faro de Vigo”, prefería recoger del servicio de la agencia la misma noticia que yo había pasado y que podía redactar, por tanto, de primera mano, en lugar de hacerlo como fuente propia cuando se trataba de temas delicados (cosa frecuente en aquellos agitados días).

Cuando se legalizó el Partido Comunista, la sección local en la que yo estaba dedicamos una plana, con abundancia de fotos, a la fiesta que los militantes de Vigo habían organizado en la calle del Príncipe; pero al día siguiente solamente se publicaron diez líneas y las fotos fueron sustituidas por un anuncio de relleno (“un robapáginas”) para disimular. Cuando, como responsable directo del contenido, le pregunté qué había pasado me dijo: “Mira, Ramos, estes creen que teñen algo e teñen merda debaixo do cu. Aínda non vexo eu esto claro”.

La cosa del mundo que más lo enfurecía era que los corresponsales de pueblo enviasen postales para ilustrar sus artículos, cosa que infringía el Copyright de “Paisajes Españoles”. Landeira tomaba la postal y se la remitía al gerente, Juan Baliño, con esta frase: “A ver si dejáis de contratar este tipo de burros”. Landeira acabó su vida profesional, gracias a Borobó, como jefe de prensa del Tribunal Constitucional. Estoy seguro de que entonces vería la cosa clara y que se convencería de que nadie pretendía meterse con su hígado. Lo recuerdo con gran cariño y gracias a su nieto, abogado y periodista tuve acceso a documentos de enorme valor de sus archivos.

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