El hilo del retorno: de Uruguay a las raíces de Vigo

Cada vez más gallegos retornados afincados, como María Rosario Gonda, de Montevideo y con orígenes en Gondomar

María Rosario Gonda, con orígenes en Gondomar.
María Rosario Gonda, con orígenes en Gondomar. | Atlántico

La relación entre Galicia y Uruguay constituye uno de los capítulos más intensos de la emigración atlántica, trazando una red de memorias y afectos que une de forma permanente a ambas orillas. A lo largo de los siglos XIX y XX, miles de gallegos partieron hacia el Río de la Plata en busca de trabajo y horizontes de paz, convirtiendo a Montevideo en una de las grandes capitales históricas de la galleguidad en el exterior. Con el discurrir del tiempo, la dinámica del flujo migratorio dio un vuelco y los descendientes de aquellos pioneros iniciaron el camino del retorno. Hoy en día, según los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), residen en Galicia alrededor de 8.000 personas nacidas en Uruguay, cifra que se incrementa notablemente si se considera a los ciudadanos que ostentan la doble nacionalidad por vía materna o paterna. Es el caso de María del Rosario Gonda Ferragine, de Uruguay a Vigo.

¿Cuáles son sus orígenes familiares y qué recuerdos guarda de sus primeros contactos con Galicia?

Mi padre nació en Morgadanes, en Gondomar. Cuando yo tenía cinco años viajamos toda la familia en barco a Galicia, y allí tuve mi primer contacto con la aldea y con mis tíos. Luego, a los doce años, volvimos de viaje durante casi ocho meses y recorrimos España y Portugal en un coche que compró mi padre. En ese segundo viaje, al ser más mayor, tomé mucha más conciencia de lo que era Galicia y Vigo.

¿Cómo surgió la decisión de dejar Montevideo e instalarse definitivamente en Vigo?

Muchos años después, una prima mía que vivía en Galicia volvió de visita a Uruguay y me dijo: «Rosario, tienes que venir, que no hay fisioterapeutas». Eso despertó algo en mí, la llamada de las raíces y de la sangre. Hice una reflexión interior: si voy, sabré cómo es vivir en Galicia; si no voy, me quedaré toda la vida con las ganas de saberlo. Como estaba divorciada, hablé con mi hija adolescente, ella aceptó acompañarme y emprendimos el viaje.

¿Cómo fue el impacto de la llegada y el proceso de adaptación a la ciudad?

El impacto visual fue enorme porque Montevideo y Vigo se parecen muchísimo: las dos tienen un puerto de gran importancia y una línea costera de playas a continuación. Sentí que era exactamente lo mismo, pero a menor escala, por lo que me sentí como en casa desde el primer momento. Además, nunca me sentí discriminada por el acento; al contrario, la gente me recibió siempre muy bien.

¿Encontró dificultades para ejercer su profesión de fisioterapeuta?

Ninguna. Al llegar en el verano de 1989 empecé haciendo sustituciones en clínicas privadas, ya que de aquella casi no había fisioterapeutas en la ciudad y la demanda era enorme. Envié toda la documentación al Ministerio en Madrid y, tras un año de espera, me indicaron que debía hacer un examen de convalidación. Decidí esperar a que se abriera la primera Escuela de Fisioterapia en A Coruña, donde hice la prueba oral y práctica, obteniendo la homologación definitiva.

Sabiendo que Uruguay es un país apasionado por el fútbol, ¿cuáles son sus equipos a ambos lados del océano?

En Uruguay soy hincha de Nacional de Montevideo y aquí en España, por supuesto, del Celtiña.

¿Qué balance hace de la evolución de Vigo?

Hoy estoy jubilada y disfruto muchísimo de la ciudad, viajando con el Imserso, yendo a las termas y haciendo senderismo por los montes de Vigo. La ciudad ha cambiado enormemente desde que llegué: ha crecido, se ha vuelto mucho más abierta y acogedora, y ha mejorado mucho en accesibilidad. Propondría el Museo de la Emigración Gallega, para recuperar, dignificar y mantener viva la memoria de tantos miles de gallegos y retornados que hemos cruzado el Atlántico.

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