A la fresca por una vivienda digna
Una treintena de personas acampan en la Alameda emulando la concentración en Sol: “Es esperanzador”
Son jóvenes, están indignados y a todos les afecta, directa o indirectamente, el problema del acceso a la vivienda. Todo esto une a la treintena de campistas que desde la noche del pasado lunes acampan en la Alameda en protesta por desahucios como el de Maricarmen Abascal, cuya vigilia celebrada en el Marco terminó derivando en esta concentración, autorizada por la Subdelegación del Gobierno, según pudo conocer este periódico.
En esta acampada están representados, según aseguran sus portavoces, “cada asociación, colectivo, centro social y movimiento político y social de la ciudad”. Ayer, en sendas asambleas, estaban definiendo no sólo “los principios básicos y los objetivos” principales de la protesta, sino también la organización interna de la misma, con el fin último de funcionar como una pequeña gran comunidad a imagen de la acampada de Puerta del Sol, en Madrid.
“Llevábamos organizándonos unos días, pensando si era útil o no empezar una acampada y creemos que sí, hemos visto que hay respuesta y la gente está ilusionada. Es esperanzador, la verdad”, cuenta Candela Martínez, una de las portavoces de la concentración.
La primera noche a la fresca fue “tranquila, sin altercados”, aunque con el ocasional “disruptor que pega algún grito”. Desde el primer momento los organizadores hicieron hincapié en el carácter “pacífico” de la acampada y en que lo último que quieren es molestar a los vecinos de Praza de Compostela.
Los campistas comentan que se vieron abrumados por la cantidad de personas que, desde que montaron el campamento, “se acercaron agradeciendo, diciéndonos que quizá en este momento no puedan estar con nosotros, pero sí dándonos apoyo, ofreciéndonos sus casas, servicios, dando aportaciones… Para nosotros es súper importante porque nos anima mucho a pensar que no estamos sólo nosotros aquí, que estos nos atraviesa a todos”, explica Martínez.
Arropados
Los gestos que los vecinos están teniendo con los campistas les hacen sentirse “totalmente arropados” por la comunidad, cuenta otra de las portavoces, Petra Iglesias: “Es muy esperanzador ver que una mujer que está a punto de ser desahuciada y en riesgo de exclusión social venga aquí y desde su situación de absoluta vulnerabilidad nos ofrezca un colchón plegable, una tienda y su total apoyo”.
No están siendo pocas las personas que se solidarizan con los manifestantes y acuden a la Alameda con material para donarles. En estos primeros días de acampada, indican que necesitan “materiales para prepararnos para la lluvia como lonas, plásticos grandes, bridas o capachos y útiles de higiene básica como papel, agua, compresas o servilletas”.
“Es indignante que con 32 años no pueda plantearme vivir sola”
Los campistas en la Alameda comparten la misma preocupación: ven el acceso a la vivienda como algo prácticamente inalcanzable con las condiciones socioeconómicas actuales. Aunque no todos están en la misma situación, la indignación es transversal. Por eso jóvenes como Paula Costas decidieron apoyar esta protesta: “Lo que más me molesta es que como persona de 32 años, independizada y con trabajo y un sueldo normal no pueda plantearme ni siquiera la idea de vivir sola. Me aprece indignante”. Paula comparte piso con su pareja y dos amigos, y aunque está asentada y no tiene problemas para llegar a fin de mes, no concibe que “no exista la opción de no compartir piso ni siquiera teniendo trabajo”.
Quien también comparte piso con otras tres personas es Juan Esteban. “Yo siempre viví de alquiler, primero con mis padres y ahora por mi cuenta. Y desde hace 2 o tres años noté un cambio total en los precios”, expresa este joven. Cuenta que en la última casa en la que estuvo con sus padres pagaban unos 600 euros de alquiler, mientras que ahora ese mismo inmueble “sin ninguna reforma ni nada” había subido a 1.400 euros mensuales “en menos de diez años”. Juan apunta que “se nota que es una burbuja que está creciendo y veo a mucha gente que no puede pagar los alquileres y tienen que juntarse cuatro o cinco para vivir en un piso en condiciones”. Y, aunque él convive con amigos, “muchos acaban viviendo en pisos con cinco o seis extraños, es complicado”.
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