Fernando Condés, el vigués del que nadie quiere acordarse
PÁGINAS DE LA HISTORIA
Capitán de la Guardia Civil, comandaba la camioneta que detuvo y asesinó al político conservador José Calvo Sotelo. Sobrevivió a aquella acción vergonzosa apenas diez días, y murió combatiendo en el alto de los Leones recién iniciada la Guerra Civil
El paso de los días ha acabado olvidándose de un personaje sinuoso y oscuro al que, a estas alturas del tiempo pasado desde el día en que se hizo un hueco en la Historia, nadie quiere tampoco recordar porque su recuerdo a día de hoy estorba y perturba. Un hombre alto y magro, de rostro anguloso y mirada profunda llamado Fernando Condés Romero, cuya presencia en la memoria colectiva apenas tiene hoy cabida a pesar del enorme significado que adquirió la actuación que le distinguió y de la que fue uno de sus más directos responsables. El asesinato del diputado conservador y ex ministro de la monarquía, el tudense José Calvo Sotelo.
Aceptado es que todas las formaciones políticas y todas las ideologías contienen en sus trasteros sucesos de los que no pueden en modo alguno sentirse orgullosos. Y en honor a esa verdad incuestionable, el PSOE encierra bajo llave unos cuantos de estos hechos que nadie desea rescatar del olvido porque son episodios vergonzosos que en nada contribuyen a reflejar los comportamientos de un partido político que durante la mayor parte del siglo y medio de existencia en que transcurre su trayectoria, ha dado sobradas muestras de honor y respetabilidad. Desgraciadamente, durante la II República todos los partidos y organizaciones sindicales, gremiales y políticas con todos sus componentes -los que estaban en la derecha, en el centro y en la izquierda- perdieron la cabeza y se sucedieron en este tiempo –un espacio tan breve como caótico que trascurrió entre 1931 y 1939- los momentos más vergonzosos y lamentables de nuestra reciente Historia. La mayor parte de los dirigentes republicanos en ese tiempo no cumplieron ni con su obligación ni con su oficio. El resultado fue una incalificable y onerosa tragedia.
Capitán de la Guardia Civil
Fernando Condés Romero fue un caso aislado de posicionamiento político si se compara con el que adoptaron gran parte de sus compañeros de cuerpo, muy reacios a distinguirse en la propagación ideológica. De formación militar y educado en la vida castrense como alumno de la Escuela de Infantería de Toledo era, en el momento en que se produjo el episodio que acabó con la vida del también gallego José Calvo Sotelo ex ministro de Hacienda de la Corona, capitán de la Guardia Civil. La Benemérita que fundó en 1844 el Duque de Ahumada, permaneció fiel a la autoridad política hasta el estallido de la contienda en la que sus componentes se dividieron entre los dos bandos litigantes sobre todo como consecuencia de las demarcaciones ocupadas por cada uno de ellos. El director de la institución, -por entonces el general Sebastián Pozas que acabó muriendo en el exilio- se mantuvo fiel a la República, y lo mismo hicieron en sus respectivas demarcaciones los responsables de Barcelona y Valencia. –el caso de Escobar ha suministrado abundante material literario- Por tanto, los guardias civiles pasaron la guerra a un lado y al otro de las trincheras y lo mismo defendieron junto a Moscardó el Alcázar de Toledo o se hicieron fuertes al mando de Cortés en el santuario de Santa María de la Cabeza, como sobresalieron en la defensa de Madrid, de Oviedo o Barcelona.
En la UMRA de Carratalá
Sin embargo, pocos se distinguieron con tanto ardor en la defensa de sus ideas como Fernando Condés, que desde sus primeros días como cadete de Infantería en Toledo en 1922, se mostró fuertemente identificado con la izquierda y más aún cuando conoció, -y probablemente se enamoró- de la diputada Margarita Nelken. Nacido en el barrio vigués de Lavadores el 14 de octubre de 1906, hijo de un teniente de Infantería y decidido a mantener la tradición paterna, una vez obtenida su graduación fue destinado, como muchos otros jóvenes oficiales recién formados en las academias militares, a las posesiones de ultramar en Marruecos donde el futuro oficial de la Guardia Civil hizo sus primeras armas e intervino en sus primeras campañas. Condés fue teniente del prestigioso y veterano regimiento Murcia 42, destinado en Melilla durante la Guerra de África desde 1921, donde se batió en acciones muy duras en Mis-Krela, Dar Akarrat o Xauen. En 1926, concluida la campaña de África, volvió a la península condecorado y dispuesto a encaminar no solo su carrera en la milicia sino su compromiso político cada vez más definido. En 1928, el oficial vigués ingresó en la Guardia Civil.
Sus iniciales destinos le llevaron primero a Oviedo y más tarde a Barcelona. En 1933, con el grado de capitán, estaba en Madrid cumpliendo empleo en su parque móvil. Ese mismo año, resolvió encauzar rigurosamente sus ilusiones políticas y se dio de alta en la UMRA.
Las siglas UMRA distinguían a la Unión Militar Republicana Antifascista, una organización clandestina formada por militares de la izquierda agrupados en torno a la figura de Ernesto Carratalá, un teniente coronel del arma de Ingenieros que acabaría tiroteado por su propia oficialidad en los días siguientes a la declaración de guerra en el distrito de Carabanchel, cuando organizaba la entrega de un contingente de armas a un sindicato socialista, una operación a la que se opusieron sus hombres hasta el punto de acabar con él y con el operativo a tiros.
Carratalá montó su organización para oponerse a la oficial UME (Unión Militar Española) conformada por oficiales del Ejército de matiz conservador. En 1934, el político que marcaba el paso en el borrascoso panorama nacional era Alejandro Lerroux, un personaje de difícil localización ideológica y fuertes contrastes en la aplicación de sus idearios políticos que descolocó profundamente a sus rivales y enconó a la izquierda, que había creído en sus primeras propuestas, para abominar de él en su segundo ciclo. La radicalización del bando socialista y comunista se enconó aún más cuando, tras un brevísimo periodo de interinidad asumido por Chapaprieta a la caída de Lerroux, el poder fue a parar a manos de un personaje de notable entidad. Un republicano liberal-conservador de notable prestigio intelectual nacido en Pontevedra y llamado Manuel Portela Valladares.
Portela Valladares, el gallego presidente
Manuel Portela Valladares forma parte del no tan reducido grupo de políticos gallegos que alcanzaron la jefatura de un Gobierno en España. El primero por orden cronológico fue José Ramón Rodil, un aristócrata licenciado en Derecho por Compostela, militar y masón nacido en Santa María de Trobo en Lugo en 1789, que ocupó brevemente el cargo de primer ministro en tiempos de la reina María Cristina de Borbón a la muerte de Fernando VII. El segundo fue, muchos años más tarde, Eugenio Montero Ríos, un brillante y controvertido abogado compostelano identificado profundamente con Pontevedra donde tenía su territorio político y sus posesiones, que asumió durante dos meses la presidencia entre junio y diciembre de 1905. Le sigue, José Canalejas, ferrolano, progresista y anticlerical, caracterizado por su bonhomía y su afabilidad, que ostentó la presidencia de la nación con Alfonso XIII, a partir de 1910 hasta que no más allá de las 12 de la mañana del 12 de noviembre de 1912, un anarquista llamado Manuel Pardiñas le disparara por la espalda mientras contemplaba el escaparate de la librería “San Martín” en la calle Arenal muy cerca de la Puerta del Sol. No mejor suerte corrió Eduardo Dato, el elegante abogado conservador coruñés, heredero directo de Cánovas del Castillo, y sucesor en el cargo de Romanones, que fue tiroteado el 8 de marzo de 1921 mientras rodeaba la puerta del Alcalá en coche oficial rumbo a su domicilio en la calle de Lagasca. Tres anarquistas catalanes en una motocicleta le acribillaron con ráfagas de metralleta y el político gallego murió horas después en la Casa de Socorro. Le sucedió asumiendo un complicado instante de interinidad entre aquel trágico 8 de marzo y el día 13, su amigo y paisano Gabino Bugallal, ponteareano monárquico y conservador, al que distinguieron sus largos y elegantes gabanes de corte inglés que él mismo puso de moda.
Nos quedan cuatro gallegos en estos desempeños. El más reciente es, no hace falta insistir, Mariano Rajoy, nacido en Santiago de Compostela en 1955 y presidente del Gobierno entre 2011 y 2018, al que muchos despreciaron en su día y muchos hoy añoran. Francisco Franco Bahamonde, nacido en Ferrol en 1892, asumió tras la guerra civil todos los poderes, todos los cargos, todas las representaciones y, por tanto, y además de la Jefatura del Estado, también la presidencia del Gobierno entre enero de 1938 y junio de 1973 en que depositó el cargo en manos del almirante Luis Carrero Blanco. Y antes de ambos fue presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, el abogado coruñés republicano y socialista al que los historiadores –especialmente los foráneos- no perdonan haber dimitido el mismo día 18 de julio de 1936 cuando la rebelión había saltado de Canarias a la península e incapaz de poner remedio en un ámbito por completo descontrolado, presentó su dimisión, cedió los trastos a Martínez Barrio y no paró hasta Francia.
El caballero de Barcelona
Portela, un hombre alto, enjuto, de gesto pícaro y pelo cano, había nacido el último día de enero de 1897 en Pontevedra, y se quedó huérfano de padre con diez años y bajo la tutela de su tía Juana, hermana de su madre y esposa del editor Juan Vilas. Estudiante de Bachiller en el colegio de Jesuitas de Camposancos, y licenciado en Derecho por Compostela, inició su vinculación con el periodismo en el “Diario de Pontevedra” como redactor, y su carrera política a la sombra de Canalejas al que se vinculó una vez instalado en Madrid donde obtuvo plaza de registrador, tras ejercer de juez y decano de jueces en Pontevedra, recién cumplidos los treinta años. Cuando Canalejas lo nombró gobernador civil de Cataluña, Portela se implicó profundamente en la sociedad de Barcelona. Allí se casó con una aristócrata llamada Clotilde Puig de Abaria, y allí se instaló definitivamente como personaje poderoso, gran maestre masón, rico, popular y afortunado. Ministro de Fomento con García Prieto, se retiró durante la dictadura de Primo en 1924, y ese mismo año fundó en Vigo el diario “El Pueblo Gallego” de carácter liberal e ideología suavemente galleguista, que aspiraba a constituirse en portavoz del centro político que su fundador aspiraba a liderar.
En 1935, con Lerroux en el Gobierno al que acabó sucediendo, Portela fue primero gobernador de Barcelona y luego ministro de Gobernación hasta que el presidente Niceto Alcalá Zamora le encargó formar Gobierno. Portela ganó las elecciones, aguantó hasta febrero de 1936 y se rindió ante el inapelable triunfo del Frente Popular que colocó el gobierno en manos de Manuel Azaña.
La noche que mataron a Calvo Sotelo
Por entonces, Fernando Condés estaba no solo separado de servicio en la Guardia Civil, sino preso en un castillo por sedición desde 1934, como integrante del grupo que intentó ocupar varias instituciones de la capital y poner en marcha un golpe de Estado contra el Gobierno de centro-derecha junto con sus amigos y camaradas de asonada el teniente José del Castillo y el capitán Carlos Faraudo. El ascenso al poder del Frente Popular no solo valió una amnistía para los tres sino la restauración de sus cargos, rangos y retribuciones. El oficial vigués, por ejemplo, se empleó en formar una brigada de civiles aguerridos para dar escolta y protección al líder socialista Indalecio Prieto llamada popularmente “La Motorizada”, de la que formaban parte otros dos gallegos: un coruñés vuelto de la emigración cubana, vividor aguerrido y radical llamado Luis Cuenca Estevas, y un ex guardia de asalto lucense llamado Aniceto Castro Piñeiro. A ninguno de los dos se les ponía nada por delante.
Razones de un asesinato
Entre primeros de mayo de 1936 y primeros de junio del mismo año, el capitán Faraudo y el teniente Castillo fueron asesinados a tiros en plena calle por pistoleros vinculados a la Falange creada por el joven abogado madrileño José Antonio Primo de Ribera, hijo del antiguo militar que implantó una dictadura con el rey Alfonso XIII. La indignación por la alevosa muerte de Castillo, ocurrida el 12 de julio, congregó una multitud al anochecer de aquel día en el parque móvil de la Guardia de Asalto en la calle de Pontejos. Fernando Condés se sentó al lado del conductor de la camioneta número 17 de las allí aparcadas y, amparado por su credencial de capitán de la Guardia Civil, organizó una patrulla para practicar la detención de quienes consideraba vinculados el crimen. Cuenca, Castro, Garcés y otros trece personajes inflamados por deseos de venganza -civiles en su mayor parte, pertenecientes a las Juventudes Socialistas e integrantes de la guardia personal de Prieto- se subieron con él al vehículo y se pusieron en marcha dispuestos a ir de caza.
Algunos historiadores, Gibson entre ellos, proponen que el grupo salió dispuesto a llevarse a Gil Robles, pero muchos otros expertos investigadores proclaman que fue un crimen calculado con antelación y premeditado. La realidad es que se personaron en el domicilio de José Calvo Sotelo y le conminaron a que los acompañara a la Dirección General de Seguridad, requerimiento al que el diputado monárquico se negó en redondo. Tras un largo tira y afloja, Condés enarboló su credencial, tranquilizó a su interlocutor, y le aseguró que no le iba a pasar nada. Más tranquilo, el tudense accedió a acompañarlos y subió a la camioneta sentándose en la tercera fila entre un militante socialista y un guardia de asalto. La investigación posterior, muy trabajosamente reconstruida porque los milicianos robaron a punta de fusil e incendiaron los documentos de la instrucción, acredita que poco después de abandonar el portal de la calle de Velázquez y con la camioneta en marcha, Luis Cuenca disparó por la espalda y en la nuca a José Calvo Sotelo que falleció instantáneamente victima de dos tiros de pistola de 9 milímetros a bocajarro. La expedición tomó el camino del cementerio del Este y depositó el cadáver del diputado conservador en una de las puertas de entrada del recinto que sus guardas encontraron al despuntar el día siguiente. Condés se personó a la mañana siguiente en la sede del PSOE y confesó su crimen. Habló con Prieto y le contó que todo se les había ido de las manos, que su intención no era matar a Calvo Sotelo sino secuestrarlo y que estaba pensando en suicidarse. Pero una vez identificados los responsables máximos del asalto, se instruyó un procedimiento mientras el vigués se refugiaba en casa de Margarita Nelken por orden expresa del dirigente socialista Juan Vidarte. Salió absuelto y volvió al servicio.
Fernando Condés Romero participó en el asalto a las posiciones rebeldes refugiadas en el Cuartel de la Montaña el 19 de julio de aquel año, y siguió siendo responsable máximo de “La Motorizada” de Prieto que no tomó medida alguna interna sobre el suceso. A mediados de julio, el vigués estaba en el frente, luchando en el Alto de los Leones de la sierra de Guadarrama donde fue gravemente herido. Según unas fuentes, falleció allí mismo, aunque otras afirman que fue trasladado a Madrid donde murió el 3 de agosto.
Luis Cuenca murió –según el testimonio de su propia familia- combatiendo en Somosierra el 22 de julio de aquel mismo año.
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