El drama del exilio desde Irán: “Aquí puedo ser libre, nunca pensé que Vigo sería mi casa”
Inmigración
Emigró desde Irán al ver en peligro su vida por no procesar el Islam: “Me duele la situación de mi país, pero no puedo hacer nada”
La libertad es un bien preciado para aquel que vivió situaciones donde no la tuvo. Es el caso de Mónica (nombre ficticio para salvaguardar su identidad), una mujer iraní residente en Vigo desde hace casi 5 años. Contaba con un buen trabajo, en las esferas administrativas más altas de las formaciones académicas de su país. Pero ni su posición social ni el dinero la salvaron de la animadversión del régimen iraní. Procesa una religión minoritaria, la fe bahá'í, perseguida por la autoridad de su país. Su fe cree en la igualdad de los hombres y mujeres, en la armonía entre la ciencia y la religión, y en la educación como base primordial del conocimiento. Un día, llegó a los oídos del régimen que era poseedora de un libro bahá'í. Empezaron a molestarla, con pequeños actos y recibió una carta del comité citándola para que se presentase en una especie del comité. En realidad, una excusa para torturarla y que abrazase el Islam o, directamente, ejecutarla. “Vi que el peligro estaba encima. Me aconsejaron salir del país ese mismo día que recibí la carta. Tenía que ser de forma clandestina y de la noche a la mañana”, confesó.
Puso rumbo a Turquía, único país fronterizo que podían ir sin visado y solicitó refugio a los organismos internacionales. Mientras no se resuelve la petición, podía mantenerse de forma provisional en suelo turco. Incluso, contando con un pequeño presupuesto aportado por Naciones Unidas y Acnur. Pero ese dinero nunca llegó a ella, perdiéndose siempre entre bolsillos del gobierno turco. Sin nada, tocaba sobrevivir como fuese, con trabajos en negro y sufriendo la “marginalidad” de un país que no ayuda a los que vienen de fuera: “Te ven como algo a quien despreciar. Sobrevives sin derecho a nada y nadie te ayuda”. Esa “pesadilla” duró seis años.
En un test de seguimiento de Acnur, le rogó un nuevo destino. Quería otro país de Europa o Estados Unidos. Pero en ese momento, la posibilidad que le ofrecieron era España. Un país del cual no sabía nada. Unas amistades en Turquía, también migrantes iraníes, habían recalado en Vigo por los mismos derroteros anteriormente. Y la convencieron. “Nunca pensé que Vigo sería mi casa. La gente es generosa, amable. Nunca me sentí discriminada. Y aquí puedo ser libre”, indicó. Tanto le ha gustado Vigo (y España) que se encuentra en papeleos para conseguir la nacionalidad. Pasó estrecheces, pero ve la luz al final del túnel.
De Vigo, lo primero que le llamó la atención fue la paciencia y la buena voluntad de la gente. La predisposición para ayudar a alguien en problemas, como le sucedió a ella con el idioma en sus primeros meses (ahora lo entiende, pero no lo habla de forma fluida). “En Irán, si vas a un banco y te ven en problemas, te apartan por detrás. Te hacen sentir un estorbo. Aquí, la gente se para a explicarte todo”, señala.
Echa de menos su cultura y su familia. Pero no piensa volver a pisar su país. No tendría sentido perder el nivel de vida que ha logrado y que tiene en Vigo: “Echo de menos a mi familia, pero no a mi país. Menos con la República Islámica en el Gobierno. Vine para quedarme". Indica que sigue con mucha preocupación todo lo que está sucediendo en Irán, con la caída de Al Jamenei. Con miedo a que su país nunca se levante de la desgracia. En pocas ocasiones, puede contactar con la familia, unos pocos minutos a través de un sistema pirateado. Eso la apena pero asumió que desde la distancia “no puedo hacer nada. Ni siquiera allí podría hacerlo. Solo acordarme de ellos, ese es el dolor que tengo”. Su voz se quiebra al recordar a sus seres queridos allí.
No entiende como llegó su país hasta el punto actual. En los primeros momentos del nuevo régimen, hubo una explosión de júbilo en el país. Pero se fueron recortando derechos, sobre todo a las mujeres. Vetos a las religiones que no concordaban con su idea. “En muchos papeles, tuve que decir que profesaba el Islam para acceder a unos estudios. Si no, era imposible”, confiesa. Era una especie de camuflaje por tener otra creencia. De no hacerlo, las puertas se cerraban. Ahora, puede ir al gimnasio en libertad. Puede bailar y vestirse como quiera. Actividades imposibles en Irán. Siente libertad y confía en que “llegue a mi pueblo. Es lo único que deseo”.
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