Curar el cáncer infantil con vistas al Cunqueiro

Bicos de Papel cuenta con una vivienda para alojar familias de fuera en tratamiento: “Si tiras una piedra, le das al hospital”

Enzo se asoma a la ventana desde su vivienda aportada por Bicos de Papel, con el Cunqueiro al fondo
Enzo se asoma a la ventana desde su vivienda aportada por Bicos de Papel, con el Cunqueiro al fondo | J.V.Landín

Vistas al hospital para tratar el cáncer infantil. Cuando Enzo enfermó, los Lorenzo descubrieron que curarse también podía significar marcharse de casa. Tenía 13 años cuando le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin y la atención que necesitaba se prestaba en el Cunqueiro, hospital de referencia para la oncología pediátrica del área sanitaria de Ourense. Para alguien de Verín, aquello significó trasladar durante meses buena parte de su vida fuera de la provincia y reorganizarla alrededor de un hospital.

La respuesta a una de las primeras preguntas prácticas apareció en una casa que Bicos de Papel tiene disponible en Vigo para familias que atraviesan procesos como el suyo. Durante alrededor de siete meses, Enzo y su padre, Óscar Lorenzo, dispusieron allí de una habitación que utilizaban según los tiempos que marcaba el tratamiento. Desde una de las ventanas se distingue el Cunqueiro al fondo. “Si tiras una piedra desde aquí, le das al hospital”, bromea Óscar.

Este viaje empezó con un bulto en la zona del cuello. Después llegaron los antibióticos, las pruebas y dos biopsias. Durante un tiempo, se manejó también la posibilidad de una tuberculosis y Enzo comenzó a recibir tratamiento mientras esperaban los resultados. Hasta que llegó el diagnóstico definitivo y, con él, la obligación de ir a Vigo.

Dos años después, Enzo recuerda aquel momento con bastante claridad. Todo sucedió tan deprisa que al principio ni siquiera consiguió encajar lo que significaba. “Estaba en shock, básicamente”, indica. La enfermedad terminó haciéndose real de una forma mucho más sencilla que cualquier explicación médica cuando comenzó la quimioterapia: “Cuando se te cae el pelo, lo asumes más”.

Óscar recuerda especialmente los cambios físicos que provocó el tratamiento. Durante las últimas quimioterapias llegó a comprarle ropa de 16 años cuando Enzo todavía tenía 14. Parte de aquella ropa sigue en casa y ahora, cuenta, incluso le queda grande.

Los ciclos obligaban a Enzo a pasar periodos ingresado en el Cunqueiro, pero el alta hospitalaria no significaba necesariamente regresar a Verín. Había etapas en las que podía salir del hospital, pero convenía permanecer en Vigo por si aparecía cualquier complicación. Padre e hijo se quedaban entonces en la vivienda. Cuando la evolución lo permitía, sí que regresaban a su hogar unos días antes de tener que retornar a Vigo.

La distancia hacía inviable convertir aquella rutina en continuos desplazamientos. “Te das cuenta de que es un viaje largo”, explica Óscar. La alternativa era buscar un alquiler en Vigo, asumir otro gasto y montar una segunda casa precisamente cuando todas las preocupaciones estaban dentro del hospital. “En ese momento tu cabeza no está para eso”, recuerda.

La vivienda que Bicos de Papel mantiene en Vigo funciona desde 2018 y tiene capacidad para cuatro familias. Cada una dispone de una habitación y comparte cocina y zonas comunes, en una casa preparada para que quienes llegan puedan instalarse prácticamente sin ocuparse de nada más. “No tienen que traer nada”, indica Beatriz González, delegada de la asociación en Ourense, que conoce también la vivienda desde el otro lado: pasó allí dos años mientras su propio hijo recibía tratamiento.

Una persona vinculada al CHUO conoció la situación de los Lorenzo y les habló de esta posibilidad. Había un lugar disponible y uno de los problemas que acompañaban al diagnóstico quedaba resuelto desde el comienzo. “La casa te da un aliento, es un respiro muy grande”, explica Óscar. Tenerla disponible les permitió centrarse en Enzo sin sumar otra urgencia a las que ya tenían.

Algo más que vivir

Beatriz explica que esa cercanía no responde únicamente a una cuestión de comodidad. Durante determinadas fases, los niños están inmunodeprimidos y los médicos recomiendan permanecer cerca del hospital. Ella misma pasó dos años allí con su hijo y conoce bien esa dependencia del Cunqueiro: “Cualquier urgencia tienes que estar en menos de 15 minutos en el hospital”. Recibir el alta, por tanto, no siempre significa poder volver a casa.

Óscar también tuvo que reorganizar el trabajo. Es guardia civil y dispuso de cierta flexibilidad, algo que él mismo reconoce que otras familias pueden no tener tan fácil. Aunque la casa nació ligada a la oncología infantil, Bicos atiende también peticiones que les trasladan desde el hospital cuando dispone de habitaciones libres. Este año, por ejemplo, ha acogido a tres familias de neonatos.

La labor de la asociación no termina en la vivienda. Bicos también trata de hacer más llevaderas las largas horas que muchos niños pasan en el Cunqueiro. Entre sus proyectos, está un parque infantil exterior junto al hospital de día, una iniciativa que tardó alrededor de cinco años en superar trámites y permisos. También instaló televisión y videoconsola en la zona de tratamiento. “Intentamos humanizar todo lo que podemos”, explica Beatriz.

Más allá de estas iniciativas, la familia guarda un buen recuerdo de su paso por el Cunqueiro. Óscar destaca el trato “muy humano” de los profesionales y asegura que no tienen “absolutamente nada que reprochar”. Enzo, con una mirada mucho más acorde a su edad, se queda con algo más sencillo: “La sala de juegos es muy divertida”.

Dos años después de que todo empezase, pueden contar su historia desde otro lugar. Enzo tiene 15 años, está en casa y continúa con parte del tratamiento sin necesidad de permanecer ingresado. Las cosas van “viento en popa” y la habitación ya pertenece a otra familia. Con el Cunqueiro en el horizonte.

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