Se cumple medio siglo del comienzo del fin de Álvarez

Episodios vigueses

"Todos los que han escrito sobre el declive de esta empresa lo atribuyen a un error de estrategia"

Restos de productos y moldes en una factoría de Alvarez.
Restos de productos y moldes en una factoría de Alvarez. | Atlántico

Ya saben todo el mundo, que en este tiempo se borran del mapa los últimos vestigios ruinosos y abandonados del que fuera uno de los buques insignia de la industria viguesa, un apellido sencillo y eufónico que dio trabajo a miles de familias en un tiempo feliz. Pero todavía hoy la loza, la porcelana y el vidrio de Álvarez son piezas codiciadas y valoradas de una época notable de nuestra historia industrial. Ya he contado que por ocuparme de asuntos laborales yo era uno de aquellos periodistas que visitaba la fábrica central donde siempre había buenas noticias. Por cierto, que en una ocasión casi se me cae de la mano una salsera del lote especial que se iba a enviar al palacio de El Pardo, residencia de Franco.

Repasando mis archivos de periodista encuentro docenas de noticias de todo tipo, desde conflictos laborales, a presentación de nuevos productos, las enfermedades que padecían sus trabajadores (la maldita silicosis), los artesanos envidiables que ilustraban las vajillas y toda una serie de personajes que fueron la historia viva de la empresa desde que empezó. En uno de los momentos esperanzadores, cuando adquirió la empresa el INI con SODIGA nos convocaron varias veces para exponer los programas de esperanza salvadora de aquella parte esencial de la historia industrial de Vigo. Estuve presente cuando un ejecutivo procedente Segarra, la fábrica de calzado, nos presentó el plan del Estado para salvar el grupo.

En no pocas ocasiones, los veteranos como yo entrevistamos a Moisés Alvarez. Pero la historia de aquella empresa la inicia, como tantas otras, su padre, un emigrante retornado con fortuna. Se llamaba Manuel Álvarez Pérez, un paisano de Gomesende (Ouerense). Con apenas 18 años marcha a Cuba, que entonces era el paraíso soñado para muchos gallegos. Allá se casa con Clara O'Farrill. Su vida era modesta. Su primer negocio fue un aserradero. Retornan a Vigo con su pequeño capital, tras la primera guerra mundial que es un momento de expansión. Cuenta la crónica de lo que sería una gran empresa, que en un viaje a Alemania su fundador descubriera las posibilidades de la loza, el cristal y la porcelana. Asociado con Manuel Rey, funda, la empresa Álvarez y Rey, S.L., que importa y vende productos de porcelana y cristal. Tras su separación surge Manuel Álvarez e Hijos, S.L. (MAH). El padre pone los fondos y sus hijos Manuel y Moisés serán los socios industriales. Con el tiempo, se abren mercados en el Reino Unido, Suecia, Holanda e incluso exportaba a Estados Unidos, Australia o Canadá.

Todos los que han escrito sobre el declive de esta empresa lo atribuyen a un error de estrategia. En lugar de dedicarse a fabricar y vender abrieron su propia red de tiendas, de las que se contaron treinta y seis. Pero no se dieron cuenta de que sus más destacados clientes, ante esta nueva competencia, en su propio espacio, dejaron de comprarles los productos fabricados. En casi todas las ciudades de Galicia, donde había una tienda de Alvarez, otros bazares y comercios ya no vendían la marca. Y las pérdidas fueron en escala, al perder las compras de los grandes almacenes. Fue un revés del que nunca se recuperarían. Los productos de Alvarez que, como digo, se sigue valorando hoy comprendían vidrio, cerámica, loza, con líneas que alcanzarán gran fama por su decoración. En ese sentido conocí a algunos de estos profesionales que eran verdaderos artistas.

La empresa era un compendio de historias, beneficiada especialmente por su buena relación con Franco. Todavía conocí a los últimos supervivientes de los prisioneros de guerra republicanos que Franco puso a disposición de la empresa a cambio de un salario mínimo. Todos ellos acabarían padeciendo la terrible silicosis, consecuencia de la escasa atención que se prestaba a las condiciones de los talleres en aquellos años de la posguerra civil. La empresa fue creciendo y creando nuevos centros y líneas de producto. En 1941 nace Porcelanas Santa Clara, dentro de las instalaciones de Cabral, con las marcas Royal China y Casablanca, y el complejo sigue creciendo hasta 1951.

Se ha escrito mucho sobre la mala gestión y endeudamiento de la empresa y de que gozaba de especial protección del régimen, sobre todo en cuanto al cumplimiento de las obligaciones ordinarias de toda empresa. En 1976, el Gobierno acuerda intervenir el grupo y el INI y SODIGA adquieren el 45 por ciento de las acciones, y el resto es asumido por varios bancos y la Caja de Ahorros Municipal de Vigo, si bien la familia conserva el 29 por ciento. Ni la sucesiva gestión de empresarios del sector ni la experiencia de la Sociedad Anónima Laboral salvará el desastre que concluye en 2002. ¿Hubiera sido otras la suerte de no haber hecho competencia a sus clientes con su propia red de tiendas?

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