Episodios vigueses
Aquella conferencia en Vigo del embajador Abella
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El otro día en una conferencia me preguntaron de todos los personajes de relieve que traté como periodista y luego en la Universidad, cuáles destacaría más y me brotó rápidamente el nombre de Carlos Abella, quien fuera embajador de España en Roma y al que los vigueses tuvieron ocasión de escuchar y conocer dentro de la serie de conferencias del centenario de la Asociación de la Prensa en 2009. Hombre de enorme cordialidad y sencillez, la conversación con él, dada su experiencia y trayectoria profesional como diplomático, fue una de las más enriquecedoras experiencias de mi vida. También tuve la suerte de tenerlo en los cursos de Comunicación Institucional que durante 18 años dirigí en la Universidad de Vigo.
Su trayectoria está resumida en dos libros: “Memorias Confesables de un Embajador en El Vaticano” (2006) y “Confesiones del Palacio de España en Roma” (2012). Aunque él recordaba especialmente su estancia en Roma (1997-2004), su historial profesional era amplísimo por todo el mundo. Era muy amigo de Alfonso de Borbón, duque de Cádiz, con quien sirvió como diplomático en la Embajada de España en Suecia.
Nuestra Embajada de España ante la Santa Sede tiene el honor de ser la más antigua del mundo, establecida por Fernando el Católico en 1482. Desde 1647 ocupa el lujoso Palacio Monaldeschi, comprado en costosa disputa con Francia por orden de Felipe IV. El edificio, con una escalinata realizada por Borromini y dos bustos de Bernini, da nombre a la Piazza di Spagna. Quien va a Roma y no visita esa plaza es que no ha ido a Roma, suele decirse. Juan Pablo II nombró a Abella Gentilhombre de Su Santidad; es decir, miembro de la llamada Familia Pontificia Laica, lo que le permitía el acceso a los secretos vaticanos. Su gestión fue determinante para que Juan Pablo II matizase el perdón que pidió en 1999 por la Inquisición española, advirtiéndole que inquisiciones hubo en otros muchos países y no solo aquí.
Tuve ocasión de preguntarle sobre la leyenda del fantasma que se dice vive en aquella embajada. De este asunto hablara mucho en su tiempo la periodista Paloma López Borrego, corresponsal en Roma. También hablaría el coruñés Paco Vázquez, que también, aunque no era diplomático, fue embajador en Roma. La leyenda de Fray Piccolo forma parte de la sede diplomática y algunos dicen haber hallado prueba de que sigue allí, castigado a vagar. Era un fraile calenturiento que hizo suya a la esposa del embajador de su época y otras damas, hasta que el diplomático burlado lo mató con su espada. Aparte, dado el lugar, se le impuso seguir allí como un fantasma y símbolo de que se debe ser casto y respetuoso de las señoras de los demás. Otra versión dice que sigue allí porque sus restos fueron emparedados en el palacio.
En realidad, lo del fraile este forma parte de los atractivos de la embajada. El embajador no, pero sí se cuenta de ruidos extraños, vientos interiores, movimientos de cortinas y otros hechos inexplicables. Incluso, con sentido del humor, se dice que Fray Piccolo no se atrevería a presentarse ante un embajador como Abella, que era gallego, ante el riesgo de repetir su experiencia anterior. Ya se sabe, de todos modos, que hay gentes que creen que los fantasmas existen, pero son más bien humanos que se conforman como tales. Claro que, pese a que el embajador Abella nunca se topara con él, hay quienes creen que Fray Piccolo seguirá paseando, como acostumbra, por las magníficas estancias de nuestra embajada en el Vaticano. Si lo hace, es porque Dios le permite hacerlo. Y, si lo permite, entonces es que su presencia, y que nosotros podamos percibirla, existe, creen algunos.
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