Cuando Castrelos fue el ‘Downton Abbey’ vigués

Descendientes de los empleados hablan de la vida con los marqueses

Descendientes de los trabajadores de los marqueses en Quiñones de León se reencontraron ayer en el pazo para compartir recuerdos. Arriba, Julio, Camila, Genoveva, Dolores, Amparo, Lolita, Felipe (marido de Dolores), Marina, Pepe (marido de Marina), Carmiña, Elena y Mónica posaron todos juntos ante el pazo.
Descendientes de los trabajadores de los marqueses en Quiñones de León se reencontraron ayer en el pazo para compartir recuerdos. Arriba, Julio, Camila, Genoveva, Dolores, Amparo, Lolita, Felipe (marido de Dolores), Marina, Pepe (marido de Marina), Carmiña, Elena y Mónica posaron todos juntos ante el pazo. | Vicente Alonso

Dolores, Marina y Carmiña, Amparo y Lolita son nietas de Dolores Pérez y José Rodríguez, ebanista del pazo de Quiñones de León cuando aún pertenecía al marquesado. Mónica, hija de Julio, y Camila, hija de Elena, también lo son. Su abuela fue Camila, otra hija del matrimonio, que se casó con Julio, el chófer del marqués. Ayer vivieron un emotivo encuentro en Castrelos, donde la exposición “Los últimos marqueses. Historia del Pazo de Castrelos, 1896-1934” dedica dos salas a su familia y recoge sus recuerdos en el documental “Voces de Castrelos”.

La familia del ebanista y del chófer Julio pasearon ayer por los jardines del pazo de Quiñones de León, donde los marqueses organizaban fiestas para los niños de la parroquia.
La familia del ebanista y del chófer Julio pasearon ayer por los jardines del pazo de Quiñones de León, donde los marqueses organizaban fiestas para los niños de la parroquia. | Vicente Alonso

“Gran parte de la parroquia trabajaba en el pazo. Aún en nuestra generación, el parque era una extensión de nuestra casa”, afirma Amparo Ramilo, bisnieta del ebanista. Ella, a partir de una colaboración con Ignacio Pérez-Blanco y Pernas, último marqués de Valladares, comenzó a investigar una historia que hasta entonces solo se contaba en casa, donde tenían enmarcada en un sitio destacado una foto del marqués de Alcedo. “Mis hermanos, Humberto y Javier, localizaron la pista de tenis en los 80 y fueron ellos los que la limpiaron con mi primo, Juan”. En esa misma pista, la primera que tuvo Vigo por encargo de la marquesa Maryanne Whyte, se estrenaron como recogepelotas Joaquina y Lidia, las dos hijas menores del carpintero, sus tías abuelas. “Eran las pequeñas y siempre andaban por los jardines. La marquesa las quería mucho, hasta les enseñó a contar hasta diez en inglés. Cuando venían amigas suyas a jugar al tenis, les ponía unas falditas blancas y allí las llevaba”, recuerda Lolita, hija de Lidia. Afirma que la “inglesa” era muy niñera. Les regalaba bombones y cada vez que un pequeño de la parroquia hacía la primera comunión organizaba una chocolatada en los jardines del pazo”. Había un vínculo tan grande que Whyte y su segundo marido fueron los padrinos de boda de Isolina, madre de Dolores, Marina y Carmiña. “Se preocupaban por sus trabajadores, también otorgaban becas para que los más aplicados continuasen sus estudios y cuando instalaron luz en el pazo, la compartieron con los vecinos”, añade Ramilo, quien en su investigación, encontró documentación que lo acredita. Era vivir en otra realidad, su madre recuerda cómo en casa se mantenía viva la impresión que les causó a las niñas cuando vieron el árbol de Navidad. “Colocaron uno enorme en el hueco de las escaleras y lo decoraron. Eso aquí no se veía, fue una tradición que trajo la marquesa de Inglaterra”.

Genoveva y su marido Julio, hijo del chófer, enseñan la tarjeta de condolencia que envió la marquesa cuando murió un hijo del trabajador.
Genoveva y su marido Julio, hijo del chófer, enseñan la tarjeta de condolencia que envió la marquesa cuando murió un hijo del trabajador. | Vicente Alonso

Como si se tratase de una trama de “Downton Abbey”, una de las hijas del ebanista, Camilia, conoció al chofer, Julio, ya que todos los días le traía la comida al padre. Se casaron y tuvieron hijos, entre ellos Julito: “Mi padre quería mucho al marqués joven. Viajaban mucho a Londres y traían garrafas de whisky; también iban a Francia y a San Sebastián. Se ponían de acuerdo en que contar a la marquesa, que a la vuelta siempre interrogaba a mi padre sobre lo que habían hecho”. Julito asegura que el marqués y el chófer eran muy amigos. “Pasaban mucho tiempo juntos, en ruta o aquí en el taller, al marqués le gustaba arreglar los coches con él. Fue una pena que muriese tan joven, en el último viaje ya vino enfermo para aquí”. Su hermana Elena recuerda el miedo que le daba bajar al panteón de los marqueses en el cementerio de Pereiró. “Papá quería que le llevásemos un ramo de flores con regularidad y que arreglásemos la tumba. Me abría el cura, al que llamábamos ‘Faltriqueira’, estaba todo tan oscuro, que me asustaba mucho”. La primera visita que hacía su tío Darío, que emigró a Cuba como polizón, también era a la sepultura del marqués.

Amparo Ramilo muestra al fotografía de sus bisabuelos e hijos, incluida en la sección dedicada a los trabajadores de la exposición del museo de Castrelos, "Los últimos marqueses de Quiñones de León".
Amparo Ramilo muestra al fotografía de sus bisabuelos e hijos, incluida en la sección dedicada a los trabajadores de la exposición del museo de Castrelos, "Los últimos marqueses de Quiñones de León". | Vicente Alonso

“Es que tenían mucha relación”, afirma Genoveva que muestra con orgullo la tarjeta de condolencias que envió la hermana del marqués cuando falleció uno de los hijos de Julio. “Mantenían contacto por carta. Ella le mandó un sobre con dinero cuando nació mi hija (la nieta del chófer)”. Era Antonia Micaela Quiñones de León, marquesa de San Carlos, que intentó recuperar la propiedad del pazo, donado al pueblo de Vigo por su padre, el marqués de Alcedo, en 1924, tras la muerte por gripe seis años antes de su heredero. Por ello, el alcalde Abel Caballero insiste en la importancia del legado y el deber de darla a conocer “entre los vigueses, en España y en Europa”.

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