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Siempre que llegan estas calendas de marzo se me remueven viejos recuerdos de periodista y me salen al paso, como si fueran conscientes de ello, viejos documentos y recortes de mis propios escritos. Estamos hablando de tiempos en que al alcalde de Vigo lo nombraba el ministro de la Gobernación a propuesta del gobernador civil, y la corporación la formaban, por tercios, dentro del propio esquema del Movimiento Nacional lo que se pretendía que fuera la representación popular, dentro de un orden.
Pero en aquellos días, había una curiosidad democrática. El año político, por llamarle de alguna manera, del Ayuntamiento comenzaba el 28 de marzo, en que, de manera teórica, pero oficial, la corporación municipal daba cuenta de su gestión y proyectos a un curioso Sanedrín, la asociación llamada “Hijos de Vigo, constituida cofradía de nombres ilustres de esta ciudad, Ellos protagonizaban un rito que se extinguió con la llegada de la democracia. Ellos, como guardadores de las esencias de Vigo, con ocasión de la conmemoración de la Reconquista, pasaban revista y examinaban en cierto modo la gestión del año realizada por la corporación municipal. Y los periodistas recogíamos y publicábamos sus dictámenes.
Esta manifestación democrática era evidentemente tolerada por la autoridad constituida, a cuya cabeza estaba el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, y se permitía otra. Siempre me ha interesado aquel sistema de los tercios, donde con el tiempo, aquí en Vigo, ya en la época de Ramilo se colaron concejales contestararios, cuyos nombres recuerdo con respeto: Cameselle, Alonso, Nieto Figueroa (Leri) y Pablo Padín, que eran como cuatro mosqueteros que rompían la monotonía de que, como una salmodia, los asuntos públicos se aprobaran “conforme el dictamen”, sin discusión posible.
Aquello de los tercios era muy peculiar y eran tres: en el Familiar, sólo tenían derecho a voto los llamados cabezas de familia. En el Tercio Sindical los concejales se elegían en un sistema escalonado basado en los sindicatos verticales y el Tercio de Entidades los asientos sólo cobijaban a gentes de orden del mundo social y empresarial. Las elecciones se celebraban cada tres años, pero sólo se renovaba la mitad de los mandatos. No existía obviamente campaña electoral ni nada parecido. Era un mero trámite que pasaba sin pena ni gloria.
Por eso, aunque siempre eran gentes de orden, a los periodistas nos llamaba la atención lo de los “Hijos de Vigo” que eran como una especie de senado de notables que examinaba y calificaba a los concejales, dentro obviamente de un orden riguroso. Todo este sistema corporativo franquista, aunque se materializó en la Ley de Bases de 1945, estaba inspirado en el Estatuto Municipal de 1924, del que fuera autor Calvo Sotelo. La legislación municipal introdujo algunos cambios durante el régimen y es curioso que la tercera versión de la Ley de Bases de Régimen Local fue adoptada el 19 de noviembre de 1975, pocos días antes de la muerte de Franco. Hasta 1948 los municipios estaban regidos por Comisiones Gestoras, órganos municipales enteramente designados por el gobierno y gobernadores civiles provinciales. Pero las apariencias de modernización eran ficticias, con el sistema de los famosos tercios, porque el gobernador civil conservaba la autoridad decisiva.
Lo de los “Hijos de Vigo” tenía un sentido jerárquico expositivo en cuanto a los personajes, entre ellos Enrique Lorenzo, que uno de sus mascarones de proa. Su papel no dejaba de ser una cierta ficción como guardadores de las esencias del viguismo, cuyo más relevante personaje era el Celta de Vigo. Pero al margen de todo, ocupaban su espacio en los papeles y trasmitían el sentimiento que, frente al aluvión de persona que llegaban a esta ciudad desde otros lugares de Galicia y de España, existía y preservaba un núcleo esencial que conservaba el carácter esencial de la ciudad, que convenía tener presente y respetar. Por eso eran los “Hijos de Vigo”.
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