Aquel calendario político que marcaban “Los hijos de Vigo”

Episodios vigueses

Una mirada nostálgica a las tradiciones políticas y festivas de Vigo antes de la democracia, desde los “Hijos de Vigo” hasta la Fiesta de la Reconquista

Los obreros de Barreras manifestándose en la calle del Príncipe.
Los obreros de Barreras manifestándose en la calle del Príncipe. | Atlántico

Un curioso fenómeno de la historia de esta ciudad, a la que alguna vez me he referido, es a su peculiar calendario político, que se iniciaba el 28 de marzo, en el que teóricamente una asociación privada denominaba “hijos de Vigo” examinaba y juzgaba la gestión del alcalde y la corporación. Como periodista responsable en una época de la información municipal he escrito yo mucho sobre el asunto y guardo completo archivo de aquella historia. Conviene precisar que esto era posible antes de la llegada de la democracia, cuando al alcalde, que era al tiempo, jefe local del Movimiento, lo nombraba y quitaba el gobernador civil. El resto de la corporación se repartía por tercios, conforme disponía el partido único (sindical, institucional y familiar).

Los hijos de Vigo era asociación de notables que se otorgaban reunir las esencias de la ciudad y eran reconocidos como tal. Uno de los más notables era el empresario Enrique Lorenzo. De manera oficial, el alcalde daba cuenta de gestiones y proyectos en una especie de informe general de la ciudad, y no recuerdo que le pusieran objeción alguna los notables revisores. Pero en todo caso, era una tradición que, como otras, se extinguió. Otro asunto son los premios instituidos ya por las corporaciones democráticas que, como acuerdos del pleno, no revocados, deberían seguir vigentes. Entre ellas destaca el premio “Luis Taboada”, a la mejor labor informativa sobre la ciudad, que otorgaba un jurado compuesto, aparte de por la corporación, por representaciones de todas las asociaciones vecinales, culturales, sindicales y empresariales. Entre los periodistas de aquel tiempo que lo ganamos, aparte de yo mismo (dos veces), destacan Segundo Mariño, Gerardo González Martín o Joaquín Rolland. Tenía una dotación de 150.000 pesetas, de la época, y un trofeo de Sargadelos.

Lo de los “Hijos de Vigo” era tolerado por el gobernador civil de turno, porque siempre se manifestaba dentro de unos límites. Que yo recuerde la última vez que se manifestó fue en tiempos del alcalde Ramilo, quien, por cierto, para anunciar su renuncia nos convocó a los periodistas en el pazo de Castrelos, de forma muy solemne. Dentro de mi experiencia como periodista, pocas sesiones tan interesantes recuerdo, dentro del marco del final del régimen aquellos plenos, con escasas intervenciones de los concejales, que mayoritariamente votaban a favor del dictamen de la alcaldía. Por eso siempre recuerdo con respeto a aquellos cuatro concejales contestatarios, que daban vida a las sesiones: Cameselle, Alonso, Nieto Figueroa (Leri) y Pablo Padín, con criterio propio y contra corriente, auténticos representantes de verdad de la ciudad.

En aquel tiempo, la Fiesta de la Reconquista, hoy gran acontecimiento de masas, se celebraba de modo más discreto y con menos medios, aunque como ya he contado con algunas curiosidades, como el que en la concatedral se guardan con honor las gloriosas banderas del Fragoso, verdadero asunto curioso del túnel del tiempo, ya que se atribuían a las gloriosas hazañas del 28 de marzo de 1809, prodigio notable, ya que fueran tejidas en 1810.

Insisto, pues, en que aparte de la historia de siempre, era especialmente destacado el uso de considerar que en municipio de Vigo el año político se comprendía entre el 28 de marzo del año corriente y el siguiente. En el ordenamiento municipal ordinario, curiosamente, casualmente, la víspera de la muerte de Franco, se dictó una nueva versión de la Ley de Bases de Régimen Local, luego modificada con la llegada de la democracia. Cabe preguntarse si aquella tradición de “Hijos de Vigo” hubiera podido sobrevivir a los notables que la constituían, que por imperativo biológico se fueron marchando. Pero, para quienes la conocimos, no deja de marcar un cierto recuerdo sentimental. La otra gran divisa de viguismo de aquel tiempo, al mismo nivel, era el Celta de Vigo, gran congregador de simpatías de propios y extraños.

Ciertamente, los discursos de Abel Caballeros, como el –excesivamente largo—con que cerró la entrega de las medallas de oro de Vigo y los galardones de vigueses distinguidos, como el de este año, evoca y recuerda aquellas peroratas de Ramilo y otros en aquellos lejanos tiempos, pero solo en contenido, porque los alcaldes de antes, cuando rendían cuentas, eran mucho más precisos, contenidos, con menos ditirambos conocidos y triunfales que alargan un acto ya acto de por sí del que evidente que el público se remueva en el asiento esperando a ver si acaba.

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