El arte de mudar de piel: de la pintura al lienzo humano
El colombiano Iván Javier Rodríguez se ha convertido en un referente en el tatuaje en Vigo, que concibe como un arte
Dejar las raíces nunca es un proceso sencillo, menos aún cuando se cambia el óleo y los museos europeos por la compleja realidad de empezar de cero en una tierra nueva. Iván Javier Rodríguez García, artista plástico nacido en Bucaramanga (Colombia), emprendió un viaje que comenzó con la aspiración de conocer el arte del viejo continente y terminó transformándolo en un reconocido tatuador en el corazón de Vigo. Tras pasar por Portugal, el amor lo trajo a Galicia. Hoy, desde su estudio en el 1 de Camelias (M Estudio), reflexiona sobre la dureza del arraigo, las barreras del circuito artístico gallego y el desafío de dignificar el tatuaje como la alta disciplina artística que es.
¿Cuál fue el principal motivo que lo impulsó a usted a dejar Colombia?
Inicialmente, creo que la gran motivación fue puramente artística: venía con la idea fija de conocer los museos europeos, que no los conocía y eran un referente fundamental para mi formación y mi pasión por la pintura.
Sus primeros pasos en el continente no fueron en España, sino en el país vecino. ¿Cómo fue esa primera experiencia?
Sí, entré por el lado de Portugal, concretamente por una invitación del embajador de Portugal en Lisboa, a quien conocía de Colombia. Estuve un mes allí haciendo retratos para la familia del embajador. Desde muy joven he estado profundamente vinculado a la pintura y al arte.
Colombia vivía épocas complejas. ¿Influyó de alguna manera la situación de inseguridad o violencia en su decisión de marcharse?
No, de eso nada, afortunadamente. Nunca presté el servicio militar, que allí es obligatorio, ni estuve en la llamada "zona roja" donde había fuerte presencia de la guerrilla. No me tocaron encuentros armados ni nada de ese estilo; mi viaje fue estrictamente por razones artísticas y personales.
¿Y cómo termina dando usted el salto definitivo a Vigo?
Llegué a Vigo porque mi esposa ya estaba instalada aquí. Ella había venido primero como turista y le gustó tanto la ciudad que me dijo: "Si te gusta, nos venimos para España". Ese fue el motivo real de mi llegada.
¿Qué impresión le causó la ciudad a usted al llegar?
La primera impresión fue la tremenda calidad de vida. En Vigo se vive muy bien. Recuerdo que me impactó mucho la riqueza del agua; ver fuentes y agua por todos lados me pareció un reflejo de esa abundancia y bienestar.
¿Le costó adaptarse e integrarse en esta nueva sociedad?
No fue fácil, me costó bastante. No es sencillo para nadie dejar su profesión, sus raíces y llegar a tierras extrañas para adaptarse y empezar de nuevo.
Como artista plástico, ¿cómo fue encontrarse con el panorama cultural e institucional de Galicia? Supongo que imaginaba que no sería fácil.
Fue complicado. Efectivamente, no es nada fácil. El arte es difícil en cualquier sitio, pero más aquí en Galicia, donde el círculo de artistas es muy cerrado. No le abren a usted las puertas así de fácil.
Lleva ya un tiempo asentado aquí, ¿qué es lo que más extraña usted de su país?
Ahora mismo ya no extraño nada. Quizás la comida, ahí es donde uno nota la diferencia de los sabores de la infancia. Pero ojo, que aquí se come increíblemente bien; como en Galicia, en ningún otro lado. Pero son los sabores de la propia cultura los que a veces se recuerdan. Si yo regresara a Colombia, iría básicamente a comer y ya está.
¿Cómo definiría su estilo artístico y qué técnicas domina usted?
Mi estilo se enmarca dentro del realismo y el academicismo. La técnica que más manejo es el óleo y el pastel. Este último es el que más me gusta por su enorme versatilidad. Uno de mis últimos cuadros es un cuervo que plasma muy bien esa línea realista.
Usted pasó de trabajar a tiempo completo en la pintura académica a volcarse en el tatuaje. ¿Cómo se asimila un cambio tan radical?
Ese cambio fue un proceso complejo para mí. Incluso hoy, en pleno siglo XXI, el tatuaje no está del todo bien visto en ciertos sectores y algunas empresas siguen exigiendo protocolos estrictos para ocultarlos. Para empezar, tuve que investigar a fondo y analizar la historia del tatuaje para lograr entenderlo, respetarlo y aceptar que podía vivir de ello. Hoy me gusta como arte, pero como oficio o negocio para vivir de él tiene sus caras amargas. Si usted lo mira artísticamente, puede hacer obras de arte hermosas y bellas sobre la piel.
¿Qué tipo de tatuajes le pide la gente del día a día?
Aquí hago de todo porque vivo de esto, pero la demanda comercial es muy variada. A veces les digo a los pocos colegas que conozco —porque no tengo mucha vida social ni me muevo en círculos del gremio— que si fuera un verdadero artista cotizado, vendería solo el trabajo que yo quiero hacer como creador, y no lo que la gente me pide. Afortunadamente, como uno trabaja bien y de forma minuciosa, no he tenido inconvenientes con clientes arrepentidos o que pidan modificaciones raras. Mi meta ideal sería poder crear piezas más originales y vender el tatuaje como arte.
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