Cuando el alcalde Soto ocupó la Casa Sindical y la Policía lo sacó en volandas

"UGT y el PSOE decidieron llevar a cabo una simbólica ocupación de los edificios que fueran sus sedes sindicales o en cuyos solares se levantaron las de los sindicatos verticales"

Manolo Soto repartiendo puros al regreso de Cuba.
Manolo Soto repartiendo puros al regreso de Cuba. | Atlántico

Ya he recordado en esta sección de la memoria la serie de curiosos incidentes, anécdotas, sucedidos y acontecimientos singulares que nos proporcionó la etapa de Manolo Soto, “o compañeiro Soto”, como le gustaba decir, durante su mandato como alcalde de Vigo (1979-1991). Los cronistas municipales de los años 80 fuimos testigos y relatores de aquellos episodios que tanto daban para escribir y comentar. Pero estos días me he encontrado con el recuerdo de uno de los más pintorescos, ocurrido poco después de que, pese a no haber ganado las primeras elecciones municipales, Soto logró la alcaldía gracias a los pactos con un ramillete de fuerzas diversas.

El caso fue que por entonces UGT con el respaldo del PSOE, se lanzó a recuperar, algo más que simbólicamente, locales y solares de su patrimonio, las antiguas “Casas del pueblo”, incautadas tras la guerra civil y que, indistintamente, fueron transferidas a los sindicatos verticales y a organizaciones del partido único, o sea, el llamado Movimiento Nacional o simplemente, Falange. En Vigo, en el solar de la antigua Casa del pueblo se levantó el edificio de la delegación provincial de sindicatos, un edificio mucho mayor que el precedente.

UGT y el PSOE decidieron llevar a cabo una simbólica ocupación de los edificios que fueran sus sedes sindicales o en cuyos solares se levantaron las de los sindicatos verticales. Los periodistas estábamos avisados de la ocupación prevista y allá fuimos. A todo lo acompañaban otros miembros de su corporación y cargos y militantes destacados del partido. Llegó la Policía Armada que, de modo expeditivo fue desalojando a los ocupantes de las diversas dependencias por donde se instalaran. Al llegar al lugar donde estaba Soto, ya alcalde de Vigo, los agentes le rogaron primero con especial cortesía e indicaciones como “Señor alcalde, tenga a bien abandonar este edificio”, cosa que repitieron una y otra vez, sin tocarlo.

Pero ahora viene lo mejor de la historia, de lo que fui testigo: Como Soto, que era también una autoridad local, persistiera, los agentes le repitieron el ruego, hasta el punto en que fue evidente que iban a intervenir de otro modo. ¿Y qué creen que hizo Soto en ese momento? Pues se tendió en el suelo tan tranquilo. Era una escena insólita e increíble. Cuatro agentes lo tomaron espatarrado como estaba, por brazos y piernas, y de esta guisa lo sacaron a la calle, sin que la escena produjera no sólo el asombro, sino la inevitable carcajada de los presentes. Cumplido el objetivo de su misión, Soto se levantó y recompuso y se fue a la casa consistorial a cumplir con su deber como si nada hubiera pasado.

Es evidente que el acto tenía un carácter simbólico y respondía a una estrategia global de la UGT, pero el problema radicaba en que su reclamación no podía dejar de tener en cuenta a los otros sindicatos, como Comisiones Obreras, USO y los nacionalistas y anarquistas que también contribuyeran a la formación del conjunto del patrimonio que ahora reclamaba UGT. Todo lo cual originó un nuevo debate sobre el reparto equitativo al conjunto del movimiento obrero de aquel patrimonio que afectó a miles de organizaciones sindicales y partidos políticos. La incautación de estos bienes fue llevada a cabo por comisiones provinciales y se convirtió en un método de represión que afectó a la vida económica y social de las comunidades afectadas. Luego de los actos de ocupación como el protagonizado por Soto, la restitución de estos bienes se inició con la Ley 4/1986, de 8 de enero, que estableció la cesión de bienes del patrimonio sindical acumulado a los sindicatos de trabajadores y a las asociaciones empresariales. Se tuvo en cuenta a estas últimas como parte de la propia estructura del Estado franquista.

Pero lo cierto es que, pese a su aspecto algo pintoresco, en su momento, actos como el protagonizado por Manolo Soto que, de modo más serio por lo general, se extendieron por el conjunto del país, pusieron de manifiesto la necesidad de solventar una cuestión que merecía ser reparada, del modo en que se hizo. Pero hay que reconocer que Soto, con, su teatral gesto, al tenderse en el suelo, aportó un elemento a la escena. Y es inevitable que al recordarla a uno se le encienda de nuevo la risa. Pese a lo serio que era el asunto.

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