Miguel Costas: “Me habría gustado que la despedida de siniestro hubiera sido en Vigo, pero no tenía poder de decisión”
El exintegrante de Siniestro Total presenta junto al biógrafo Renato Landeira una obra que mezcla memoria, humor y anécdotas de medio siglo de trayectoria artística
Miguel Costas (Vigo, 1961) visitó AtlánticoTV con su biógrafo Renato Landeira (Vigo, 1975). Juntos sacaron a la luz un libro, “¡Esas palmas, coño! Memorias supervivientes de un siniestro total”, el primero recordaba y el segundo escribía. “Miguel no quería un libro y, efectivamente esa no era nuestra intención, queríamos ver qué pasaba si escribía el recuerdo que tenía de una conversación con él. Cumple 65 años y lleva desde los 15 en el mundo de la música, 50 años de carrera discográfica, ese es un buen motivo para celebrarlo con un libro”, apunta Landeira. Asegura que no hubo broncas entre los dos y que en realidad, “Miguel es muy tímido”.
Compositor, cantante, guitarrista y productor, Miguel Costas es un personaje imprescindible de la Movida viguesa. En su trayectoria destaca su militancia en Siniestro Total y Aerolíneas Federales, aunque también estuvo en Los Feliz y ahora tiene un proyecto personal, Costas. Algo retraído, aunque dispuesto a contestar a todo lo que se le preguntase, se sentó en el set. El resultado fue más una charla desordenada y algo caótica que una entrevista que justificase el formato pregunta-respuesta.
Su libro aborda desde su nacimiento hasta un día cualquiera de la actualidad. “Tuvimos que cortarlo porque la editorial ya no nos permitió más páginas, no íbamos a hacer una minienciclopedia”, afirma. Recuerda que jugaba en la calle, en la rúa do Cristo en O Calvario, donde todo era tierra. “El día que murió Franco estudiaba en el instituto y no hubo clase, ¡qué maravilla!”. También hace memoria sobre cómo comenzó en el mundo de la música. “Había un grupo de Bouzas, Var, que empezó todo, creo que fue la primera banda de rock que hubo aquí. Vigo era una ciudad pequeña, íbamos a tocar a Murcia y no sabían dónde estaba; sin embargo, llegó a tener seis bandas, Semen Up, Golpes Bajos, Siniestro Total, Var, Os Resentidos o Aerolíneas Federales. Es lo que llamaban la Movida. Venía la gente de fuera y preguntaban ‘¿dónde está la movida?’ y respondíamos 'por ahí, a la derecha”.
Costas mantiene ese humor que siempre reflejó en sus letras. “La gente ahora no entiende la ironía, a mí me han recriminado que cante ‘¿qué tal homosexual? Pues hombre, no me va mal’. Hay mucho ofendidito. También le pasó a David Summers con ‘voy a vengarme de ese marica, voy a llenarle el cuello de polvos picapica’. Yo nunca me corté, pero ahora parece que todo molesta o la gente se aburre más de lo que parece”.
Con todas la vivencias que cuenta, con todos los músicos vigueses que pasan por las páginas de su libro, es consciente de que lo que genera más morbo es su relación con Julián Hernández, el otro líder de Siniestro Total. “Es una preocupación mundial, creo que Putin y Trump deben estar debatiéndolo, porque es la clave. Todo el mundo me pregunta por eso, pero no voy a hacer espoiler, la gente que lea el libro, sabrá lo que pasó”. Aunque en la biografía de Landeira se explaya sobre su participación en el grupo más emblemático de la movida viguesa, ante las cámaras solo admite que habría preferido tocar el último concierto en su ciudad. “Me habría gustado que la despedida de Siniestro Total hubiera sido en Vigo, pero no tenía poder de decisión”. La última vez que se subieron en un escenario fue en una doble cita, el 6 y 7 de mayo de 2022 en el WiZink Center de Madrid. Conmemoraban los 40 años del grupo y convocaron a los antiguos integrantes, reuniendo a Miguel Costas y Julián Hernández, los alma máter de la banda. Precisamente, Julián Hernández es el nombre que aparece más citado en el libro. “Es normal, salvando las distancias, éramos como Lennon y McCartney, componíamos las letras y las músicas de las canciones. Éramos la base del grupo”. El segundo más nombrado es Germán Coppini. Da la sensación de que le quedó una deuda pendiente. “La última vez que hablé con él fue tres días antes de que muriese, estábamos preparando un disco y cuando lo llamé estaba en el hospital. Fui yo quien anuncié su muerte en las redes, era normal porque teníamos mucho contacto”. El disco póstumo de Coppini acabó saliendo, aunque no cómo lo habían planeado. No se incluyeron todas las canciones de Costas.
Afirma que esta mirada atrás es subjetiva. “Algunos hechos son exactamente así, pero también puede haber errores, pasaron muchos años y hay cosas de las que me iba acordando por algún dato que me daba Renato, como el número de teléfono de mi casa. Si no hacemos este libro no volvería a pensar cúal era”. Costas habla mucho de su infancia, de las amistades y de cómo eran los chavales entonces. “Teníamos una forma más sana de relacionarnos, más cercana”. Mira con nostalgia su época de estudiante, con el team de O Calvario y el team de Bouzas. “Éramos los polos opuestos de la ciudad, los sábados había guateques en el instituto de Coia, íbamos allí y siempre acabábamos a tortas. Bouzas nos quedaba un poco más lejos, allí estaba Teo Cardalda que formó Golpes Bajos con Coppini. Ahora somos amigos”. Con cinco décadas de trayectoria musical, Costas reconoce que tardó en considerarse profesional. “Empezamos por pura diversión, no teníamos ninguna idea de hacernos ricos, pero de repente estábamos dedicados a esto porque no podías hacer otra cosa. Al principio sonábamos fatal, no sabíamos tocar, pero a base de ensayos lo conseguimos. En el último disco que grabé con Siniestro, ‘Made in Japan’, es el disco que mejor suena técnicamente. Luego, cuando me fui, en vez de seguir como Miguel Costas hice un grupo que se llamó Los Feliz con discográficas pequeñitas, la gente me perdió la pista. Ya lo daba todo por perdido y me convencieron para volver y aquí sigo, tocando cuando me contratan”.
La música siempre estuvo ligada a su vida y a la de su familia. “Yo fui el primero. Hice un grupo (Aerolíneas) con Silvino, de Var, y mi hermana Rosa se hizo su novia. Venía a los ensayos con la novia del batería, Coral, así que les dijimos que hiciesen los coros y después pasaron a vocalistas. Mi hermano también se dedicó a la música, por casualidad, nació aquí en Vigo y andaba con esta gente. Mis hijos tienen banda, The Riggos, lo mismo que mi sobrina Daniela (Dani). Somos una saga”. Ante la pregunta de qué consejo daría a sus hijos, puntualiza que ellos tienen sus carreras. “Tocan de vez en cuando porque les gusta mucho, pero no tienen el apoyo de las discográficas. Hacen canciones buenísimas, pero no tienen 300.000 likes in Instagram. Ahora no hay conciertos, hay espectáculos”.
“¡Esas palmas, coño!” no es solo una historia de música. Su protagonista reconoce que intentó hacer “el libro más sincero posible”. Habla de momentos duros, de sus accidentes que le dejaron dolores crónicos en la clavícula y en el pie; de cuanto estuvo a punto de morir de peritonitis; de los fallecimientos de su padre y de su mujer; de la depresión y de los altibajos tanto económicos como anímicos. “Dentro de poco me jubilo y no me van a dar nada porque a los autónomos nos dan muy poquito”. En este periodo de su vida se declara contrario a la acumulación. Vende los discos de su colección particular en su web y tras la muerte de su mujer donó todos sus libros para crear una biblioteca pública en Escairón (Lugo), donde se fue a vivir. Miguel Costas fue músico y lo sigue siendo. Asegura que tiene un disco prácticamente hecho, pero que no encuentra el momento para lanzarlo. “No quiero sacarlo si no lo va a tener nadie, si no logró un apoyo fuerte. Para colocar otro disco en la estantería, no merece la pena”.
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