Máximo Huerta: “Uno nunca llega de verdad a conocer a sus padres”

Máximo Huerta presentó en Vigo su última novela “Mamá está dormida”, publicada en la editorial Planeta

Máximo Huerta: “Uno nunca llega de verdad a conocer a sus padres” | Vicente Alonso

El periodista y escritor, y también exministro, Máximo Huerta lleva cinco años cuidando a su madre, que padece demencia. A partir de esta experiencia nace su última novela, “Mamá está dormida”, publicada por la editorial Planeta.

¿Hasta dónde se dibuja la barrera entre la experiencia propia con la ficción?

Todas las novelas, al final, son novelas de ficción. Da igual la inspiración del escritor, siempre, todas las novelas de este siglo y de otros siglos, aunque ya no sabemos de dónde vino la inspiración o qué estaba viviendo en ese momento el escritor. En este caso, yo sí que he utilizado las armas y las herramientas de algo que sí que estoy viviendo. Y eso me ha servido para componer la novela. La realidad en la que vivo me ha servido para crear una novela de ficción, en la que el cuidado, el amor, la entrega de todo ese viaje lleno de ternura, es “Mamá está dormida”.

Trata temas de actualidad, como la dependencia o la soledad. ¿Cómo se vive la tarea de los cuidados?

Con las herramientas que puedes, con las herramientas que vas aprendiendo sobre la marcha. Ninguno tenemos instrucciones, ninguna persona tiene manual de instrucciones, manual de uso, con lo cual, cada uno lo hace como puede. No somos ni enfermeros, ni sanitarios… Entonces, quien lo hace, lo hace con su mejor intención. Y afectando a todo. “¿Y cómo estás?” Pues depende. Ahora, en este momento que estoy contigo aquí, nervioso, estaba pendiente del teléfono, de qué pasaba y, de hecho, me he sentado con cierta inquietud, porque tengo que, en cuanto llegue, arreglar una cosa. Eso es común a cualquier cuidado.

¿Quién cuida al cuidador?

Nadie, nadie. Te dejas cuidar por los mimos que tú mismo te das, o con una caña, con unos vinos, con amigos. Pero no, el único cuidado que tiene el cuidador es cuando se olvida un poco de las circunstancias. Y eso no depende de ti.

Del contexto en el que esté…

Que estés en una terraza, que estés en tu habitación leyendo, que una novela de pronto te lleve a pensar en otras cosas, o un programa de televisión, o un cine que te has ido si has aprovechado y tienes libre… Es la circunstancia de alrededor lo que a ti te libera. Y liberarse es quitarse peso de la cabeza, quitarse pensamientos, mortificarse. Creo que es el único cuidado que existe. Cuando de pronto, por casualidad, no piensas en nada, o no piensas en eso, eso es lo único.

El libro está escrito en primera persona, con escritura muy fluida, que nos sitúa en la mente del protagonista. ¿Salió de dentro esta redacción o detrás hay un trabajo arduo de escritura y reescritura?

Escribir es un trabajo laborioso, complicado. Es oficio. Son correcciones, volver atrás, borrar el capítulo y volver a empezar, esa arquitectura ya depende de la edad, las lecturas, tus ganas y las necesidades que requiera la novela. Esta novela tiene que tener una temperatura que sube y que baja de emociones, más allá del misterio que acompaña toda la novela, existe o no existe ese hermano. Entonces, eso ya es en la temperatura a la hora de escribir, cómo lo gestionas, la atmósfera, la velocidad, que a veces todo se rompa y haya algo que descoloque, eso tiene que ser muy pegado a la forma de la vida real.

Esa pregunta sobre el hermano, que casi abre el libro, surge precisamente en una conversación con su madre…

Sí, la frase “olvidé contar una cosa, un día a finales de agosto, mamá soltó una frase de infinito poder intrigante: y tu hermano, ¿dónde está?” ‘Y tu hermano’, eso me lo dijo. Yo no tengo hermanos. Entonces, ahí empecé a gestionar cómo debía responder. Yo le dije: “mamá, pero no tengo ningún hermano”. Pero yo no sé cuándo ni en qué día vi que era una buena idea de novela. También era una manera de huir de la realidad, escribiendo otra.

¿Casi como hacer terapia?

No. Terapia, no. Porque si fuera terapia, seguiría escribiendo, la novela no la habría acabado, sería de mil páginas, como Ken Follet. Terapia es cuando lo lees, lo noto en los lectores que vienen, que para el lector sí que reconforta, es abrigo, es encuentro, es espejo, es misterio, es respuesta a muchas cosas que también están viviendo.

Cuándo el protagonista habla con su madre, parece que la ‘torea’ para sacarle información….

Lo de sacar información a los padres, en este caso en la novela, es fundamental, porque nunca llegas a conocerlos. Uno nunca llega de verdad a conocer a sus padres. Hay muchos secretos guardados, más importantes o menos. Pequeñas anécdotas de la vida de cada uno.

Estando inmerso en los cuidados, como periodista, ¿sigue pegado a la actualidad diaria?

Estoy muy desconectado. Creo que es mejor ver lo justo, escuchar lo justo y leer lo justo. Lo necesario. Hay tanto ruido, una saturación de información que me bloquea.

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