Manuela Riobó: “De pequeña en el bar familiar escuché barbaridades que me marcaron”
Escritora de Domaio autoeditada
Manuela Riobóo comenzó a escribir porque tenía mucho que contar. Nacida en Domaio, ha escrito la saga “El Mensajero”, compuesta por los libros “Garras y furia”, “Aves de rapiña”, “Princesas blancas” y “No hay trato”; además de su último libro, “Patitas de araña”.
¿Cómo influye esa infancia en el bar a la hora de escribir una novela?
Cuando yo tenía 12 años Domaio era muy pueblo, y con lo pequeño que era, había como seis bares en dos kilómetros de carretera general. Venía gente de Moaña, de San Adrián, de Vilaboa… Yo recuerdo las conversaciones, como algo durísimo. Hubo mucha ignorancia e incultura, era muy duro oír comentarios de hombres que decían sobre algunas mujeres que veían pasar, como “aquella no hay hombre que le rompa las bragas”. Suena duro, horrible, y fíjate 12 años tenía yo, era una cría, bastante inocente y como yo muchas niñas de mi edad. No había comentario bonito. Eran bastadas, barbaridades, y no era agradable. A mí me marcó, de alguna forma, me dolía.
Esa sensación queda guardada, hasta que un día decides escribir…
Sí, suelo escribir mucho, con personajes que reflejan esas actitudes, porque es lo que yo quiero mostrar: que hay un mundo de vulnerabilidad. Pero con dos vertientes. Una persona que se está comportando de una forma tan basta, tan bruta, no implica necesariamente que sea así. A lo mejor es que no sabe hacerlo de otra manera. Pero a la vez hay recursos, opciones. Yo no quiero pensar que sea la única opción que tiene. Me gusta volver ahí, porque es el ambiente que conozco, porque no todo el mundo era igual y porque si yo me he criado en un ambiente como ese y me he desenvuelto en un ambiente como ese y he visto gente así, he visto a muchas otras personas que no lo eran. Estamos llenos de opciones.
Todos somos complejos, y tus personajes también lo son, llenos de contradicciones.
A veces le estoy dando más vueltas a un personaje hasta que digo: “bueno, me freno porque me paso”, porque no necesito darle tanta chicha. Para la saga, que son cuatro novelas, en cada libro hay una historia, y en el último, dos. Hay un hilo conductor, que avanza en cada libro hasta el desenlace. A veces no vale la pena meterle tanto contenido ni tanta carga a un personaje, porque el lector tiene su propia carga.
El lector reconstruye el personaje desde su propia experiencia…
Exactamente. Justo el otro día estaba dándole vueltas a un detalle. Cuando yo empecé a escribir en serio, recuerdo que iba como deseando que me validaran. Recuerdo que lo leyó un amigo y me dice, “pero es que tú das muchos datos, tú explicas todo aquí, a mí me gusta imaginármelo”. Me valió mucho, porque yo en el momento pensé, doy muchos datos, porque son los que a mí me interesa que el lector recuerde y lleve a lo largo de la historia.
Entre las dificultades para escribir, me contabas que estaba ponerle nombre a los villanos.
Con la primera novela empecé a escribir por las noches. Fui preparando y elaborando una historia y me encontré con ciento y pico páginas, en año y medio. Un día le dejé la novela a una prima mía, y recuerdo que me dijo: “oye, esto está muy bien, pero ¿y el malo solo aparece al final o qué?”. Yo toda chulita con mi novela de ciento y pico páginas, y digo, “claro”. Cuando efectivamente empecé a darle forma, dije, el malo no puede aparecer al final. Y ya ahí empezaron mis hijos en el colegio, y un día yo ya tenía al malo de la primera novela, se llamaba Antón. Llego a recoger a los niños al comedor, contenta y feliz, y delante de mí había una mamá, sale la encargada del comedor y dice “Antón, ha venido mamá a buscarte”. Le puse Antón porque no conocía a ninguno. Cuando vi a aquella criatura,que era un año mayor que los míos, pura inocencia, dije “no puede ser”.
También te impactó estudiar Derecho…
Hice la prueba de acceso para mayores de 25 años a través de la UNED, y luego hice primero, segundo y tercero de derecho. Cuando llegué al Derecho Penal, fue complicadísimo, me generó una sensación profunda de impotencia. Que la justicia sea tan lenta y se castigue el delito de falsificación más que un homicidio, me parece brutal.
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