Alberto Domínguez: “Es buen momento; no quería que el fútbol me dejase a mí”
“Lo primero que tiene que hacer el portero es parar; a veces les pedimos cosas que ni a los mediocentros”, señala el portero del Coruxo que se retira del fútbol
Tranquilo, relajado, bromista. Así se sienta Alberto Manuel Domínguez (Santiago, 1988) en el set de Atlántico tras poner fin a una carrera de 20 años que empezó en la cantera del Espanyol, pasó por los filiales de Deportivo y Getafe, además de por el Albacete y la Ponferradina. Pero, sobre todo, pasó por el Coruxo, en donde militó doce años en dos etapas y al que agradece lo vivido de una forma especial. “Lo mejor que me ha dado es quedarme a vivir en Vigo”, proclama.
¿Aún se siente futbolista o ya se nota exfutbolista?
Es una pregunta que me hago cada día. Y más ahora con el Mundial, que me fijo en lo que pasa en los partidos, pero también fuera, con la gran cantidad de exfutbolistas que siguen ligados. Me gustaría verme como unos, pero como otros no. Espero, por lo menos, no coger el peso que tiene alguno. Es un miedo que tengo porque sigo teniendo la misma hambre que si entrenara. De momento, no lo echo de menos, pero supongo que en algún momento lo haré.
¿Cuándo toma la decisión?
Está meditada hace tiempo y compartida con mi mujer. Ya tengo una edad y alguna dolencia física que me impide estar con normalidad. Y tengo el problema de que no me sé regular. De ahí, alguna lesión. Llevaba años sabiendo que quedaba poco y que no quería alargarlo mucho más. Con el nacimiento de los dos niños, quería que ellos supieran que su padre jugó y no que se lo contaran. Este fue el primer año en que el pequeño fue consciente. Me voy con la tranquilidad de que me hayan visto y se hayan hecho una foto conmigo. Este año no jugué mucho, pero también han entendido que a veces a su padre no le toca divertirse, sino estar en otras facetas. Eso es importante para ellos.
Se despedió en el play-off.
Íbamos con la eliminatoria bastante mal. Veía imposible pasar, pero cuando nos pusimos por delante, creí que podía despedirme con una victoria. Lo estaba deseando. Muchos habrán pensado en su último partido que no se acabe nunca. Yo fui todo lo contrario. Con el 0-1 solo pensaba que si pita en el 70 no pasa nada. Ellos contentos porque pasaban y nosotros, también. Lo disfruté y lo sufrí. Que es lo bonito del fútbol. El sufrimiento interno te da esa competitividad y yo lo tuve siempre. Hasta el punto de echarme en cara ponerme nervioso habiendo jugado tantos partidos.
¿Cuál es su mejor recuerdo?
Sería egoísta decir solo uno. Han sido muchos porque son muchos años. Lo mejor que me ha dado el Coruxo es quedarme a vivir en Vigo. Luego, ver O Vao lleno muchas veces. Si tuviera que quedarme con algo, serían los dos play-offs y, sobre todo, el play-out. Porque jugar por subir es importante, pero no trascendental. Sin embargo, aquella promoción fue muy importante y logramos mantener la categoría contra un rival muy poderoso como el Mérida, con el campo a reventar. Esa comunión con la afición nos dio la salvación.
¿Ese play-out puede ser también el menos bueno?
Fue positivo por el resultado. Y si le preguntas a mi mujer, te dirá ese también porque nos casamos a la semana siguiente y no hubo ningún preparativo. No tenía la mente puesta en nada que no fueran los partidos. De hecho, probablemente se habría tenido que buscar otro novio si no hubiéramos ganado. Y aunque la sensación fue bonita, aquello fue incómodo para todos. Andábamos nerviosos, nos sentíamos responsables, hubo un cambio de entrenador faltando muy poquito... Sucedieron muchas cosas que te llevas en la mochila y sirven de aprendizaje, pero aprendes mucho mejor ganando.
¿Qué Coruxo encontró en 2010 y qué club deja ahora?
Para empezar, entrenábamos por la noche con muy poca luz. Por eso los porteros andábamos muy finos. Veíamos tan poco, que cuando jugábamos de día todo era mejor. Luego, la profesionalización total del club. De tener que volver en coche con un directivo para poder trabajar al día siguiente a que ahora todos vivamos del fútbol. La reforma de O Vao nos dejó uno de los mejores campos de Segunda Federación. En general, es un club mucho más estable. Cuando llegué eran sus primeros años en Segunda B y no se sabía cuánto iba a durar porque había trasatlánticos. Hoy, con la bifurcación de las categorías, es mucho más sencillo que el Coruxo permanezca en 2ª RFEF e incluso pelee por subir algún año.
Ha compartido vestuario con grandísimos futbolistas. Elija tres.
Me quedaría con más. Pero por lo mucho y bien que les he visto dentro y fuera del campo, diré Antón de Vicente, Mateo Míguez y Borja Yebra. Además, los tres son muy buenos.
¿Cómo recuerda su ascenso a Segunda con el Albacete?
Es otra de las cosas que me dio el Coruxo: llegué a un club como el Alba después de mi primera etapa aquí. Tuve la oportunidad en un mal momento, como le pasó recientemente al Dépor. El equipo llevaba tres años en Segunda B y conseguimos el ascenso. Fue impresionante cómo se enganchó la gente, con 12.000-14.000 en el estadio. Además, en una eliminatoria rocambolesca porque nos pusimos por detrás en los dos partidos y tuvimos que remontar. Recuerdo salir del campo sin tocar el césped. De una portería al vestuario, en volandas por la gente. Fue algo indescriptible. Vivir un ascenso es lo más bonito del fútbol.
¿Cuánto ha visto evolucionar la posición de portero?
Mucho. Pero menos de lo que la gente cree. Escuché a David Raya decir que su ídolo fue Iker Casillas. También tengo ese sentimiento. Lo primero que tiene que hacer el portero es parar. Iker era especialista en esto. Siendo el mejor, le fallaban otros conceptos y quizá en el fútbol de hoy sería más corriente. Pero nos olvidamos de la esencia de la posición. Es verdad que nos tiene que sumar, pero a veces le pedimos cosas que no le pedimos a nuestro mediocentro. En este juego, el resultado suele ser corto. Por eso, un error del portero va a suponer, probablemente, perder el partido. Sin embargo, es muy raro que te dé un pase de gol.
¿Siempre quiso ser portero?
Empecé de jugador. Pero un día me puse en la portería y no lo debí hacer mal porque allí me quedé. Pero sí, era muy pequeño.
¿Por qué un puesto tan ingrato?
Yo también me hago esa pregunta. Creo que aporta mucho a tu vida diaria el tener que soportar la tensión, que tus aciertos no tengan la repercusión de los de un delantero o que tus fallos sean mucho más marcados. En general, los porteros soportamos bien la presión. También fuera del campo. La portería te enseña a convivir con ella y a saber estar en un segundo plano. Pero cada día se le da más importancia al puesto y se habla de Courtois, de Neuer y de otros. Es importante ponerlos en el foco porque es una figura fundamental. Sin portero no se puede empezar el partido.
¿Qué planes tiene en su nueva vida?
Tengo una escuela de porteros con sede en Vigo y en Pontevedra. Queremos hacer otra en O Salnés. Hasta ahora, era un poco incompatible entrenar muchos días a niños si te decicas a entrenar tú. Hacía dos tardes con bastante ayuda. Intentaré que ahora sea algo más y en distintos sitios. La tengo centralizada en Fragoselo por comodidad y porque es nuestro núcleo. Pero si vives en Vigo es complicado. Por eso estamos tratando de cerrar acuerdos con clubes para tener dos o tres lugares más.
¿Le deja algo a deber al fútbol, se lo deja él a usted o se va en paz?
Por eso también tenía la duda de cuándo retirarme. Lo que no quería es que el fútbol me abandonase a mí, ni yo abandonar al fútbol. Este momento es bueno. Siempre di todo, especialmente en el Coruxo, y por su parte es de agradecer que siempre me lo ha dado a mí. Me ha dejado escoger y no me ha puesto pegas ni me ha presionado, o bien para que te vayas o bien para que sigas. Por eso doy las gracias por poder hacer las cosas cuando tú quieres.
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