El terrón de azúcar 6: La mujer y el pelo del monstruo

La periodista y escritora polaca, viguesa adoptada, Grazyna Wasiak Maxwell comparte su historia 'La mujer y el pelo del monstruo'

El terrón de azúcar 6
El terrón de azúcar 6 | Atlántico

Hace mucho tiempo, en un verde bosque de eucaliptos, vivía una joven mujer. Su esposo, reclutado a la fuerza para el ejército del Emperador, llevaba ya siete inviernos lejos de casa. La joven esposa sufría mucho y extrañaba a su joven y amoroso marido. Eran una pareja extraordinaria: su sola presencia alegraba los ojos de la gente, los árboles susurraban canciones sobre su amor, las aves pregonaban su belleza en lo alto del cielo y el agua se transformaba en espumosas cascadas en su honor.

Finalmente, un día llegó la noticia de que él había sido licenciado del ejército. La joven casi enloquece de alegría, y lágrimas de felicidad corrieron a raudales por su rostro. Comenzó los preparativos para dar la bienvenida a su esposo; sacó del baúl un quimono completamente cubierto de flores de cerezo de color rosa pálido, y trenzó su cabello color azabache en un alto y ornamentado tocado que resaltaba la esbeltez de su rostro y sus ojos brillantes como carbones. Cubrió la mesa con vasijas repletas de platillos que recordaban a un banquete de bodas.Cuando el esposo, consumido por la guerra, entró en la cabaña, ella lo miró con un inmenso amor en el corazón, a pesar de que apenas lo reconoció, pues era la sombra del hombre cuya imagen guardaba en su memoria. Con una sonrisa tímida, se inclinó ante su esposo y lo invitó con la mirada a la mesa. El hombre, con un grito salvaje, dio un salto, tiró de la mesa las vasijas llenas de hermosas comidas y, con la locura en los ojos, salió corriendo al exterior.—Déjame en paz, no te acerques a mí —dijo, y le dio la espalda.La mujer se asustó por su ira y sus palabras afiladas.

Tenía miedo de acercarse y de hablarle, porque él le clavaba una mirada asesina sin muestra alguna de afecto. No quería comer ni quería estar en casa; prefería dormir en el pajar sobre el heno, y pasaba los días enteros sentado bajo un árbol en la misma posición, mirando al suelo con ojos vacíos.

La mujer no lograba establecer ningún contacto con él y, por si fuera poco, temía por su propia vida. No pasó mucho tiempo antes de que su tristeza y preocupación se transformaran en enfado, ira e incluso impaciencia. Empezó a mirar con nostalgia a otros hombres y a devolverles los saludos que expresaban interés. En su última desesperación, acudió al Sabio Curandero, que vivía en una cueva a las afueras de la aldea. Llevó consigo un gran tazón de arroz con chuletas de soya blanca y una botella de sake.—Mi esposo está traumatizado por las terribles experiencias de la guerra y está enfermo. Grita constantemente, se agita, huye al pajar y no se acerca a mí. Quiero que me des una poción mágica que lo cure —exigió la mujer.—Puedo hacerlo por ti, pero me falta un ingrediente. ¡Debes traerme un cabello de plata de la barba del Oso Negro de la Luna Crescente! Solo entonces te daré lo que necesitas, tu esposo recuperará la salud y la felicidad volverá a habitar en tu hogar —dijo el sabio, saboreando con aprobación el tazón de comida.

Cualquier otra mujer se habría aterrorizado ante una tarea tan imposible, ya que el Oso de la Luna Crescente vivía en lo alto de las montañas nevadas y estaba rodeado por la leyenda de ser un monstruo devorador de hombres. Pero ella era una mujer enamorada, y la esperanza de curar a su esposo le dio alas y un coraje sobrehumano.

Junto a la fogata nocturna, quemó hierbas, pronunció conjuros, pintó su rostro con signos geométricos y bailó, como en un trance, una danza frenética invocando a los ancestros.Por la mañana, preparó un saco de comida y emprendió el camino. Al pie de las montañas, se adentró en un espeso bosque y pronunció en voz alta: "Arigato", inclinándose para agradecer a los árboles, que apartaron y levantaron sus ramas para que pudiera pasar y encontrar el sendero. Escaló más y más alto; las rocas afiladas y las espinas de los arbustos herían sus delicadas manos y pies, y rasgaban sus ropas hasta dejarlas hechas jirones.

Ella solo se inclinaba ante las deidades de la naturaleza y repetía: "Arigato". Agradeció a los vientos y a las nieves por no haberla sepultado, y al caer la tarde llegó a las cumbres cubiertas por un manto blanco de nieve. Buscó señales del Oso y dio con unas huellas de garras gigantescas que conducían a una cueva. Colocó el tazón de comida en la entrada y se alejó a una distancia segura. El oso salió, olfateó la comida y la devoró con avidez. Era espantosamente grande y rugía de forma monstruosa, tanto que hacía temblar la tierra y el cielo.

Durante muchas tardes, la mujer colocó pacientemente el tazón de comida ante la cueva del Oso, y cada noche se acercaba un poco más a la bestia.Hasta que un día, cuando el oso salió por su tazón de comida, la mujer no se alejó y se paró frente a él. Él la miró, se levantó sobre sus patas traseras de modo que sus diez garras colgaban sobre ella como un abanico de cuchillos afilados y relucientes. La mujer, sin embargo, no huyó, incluso dejó de temblar de miedo; el Oso rugía con las fauces abiertas como si quisiera tragársela entera, pero pensó en que ella lo había alimentado durante muchos días y que la comida le había gustado mucho. Levantó aún más la cabeza, y la mujer arrancó rápidamente el cabello de plata de la marca de luna creciente bajo la garganta del Oso, quien rugió de forma ensordecedora, no sabemos si de dolor o de sorpresa. Ella se lanzó a correr a ciegas para escapar, agradeciendo en el camino a las deidades de la naturaleza. Sus pies casi no tocaban el suelo. Aturdida por la felicidad, corrió hacia la cueva del Curandero, que estaba sentado calentándose junto al fuego.—¡Lo tengo! —gritó la mujer—.

Te he traído el cabello de plata de la barba del Oso de la Luna Crescente.—Oh, qué bien —respondió tranquilamente el Sabio. Tomó el cabello de plata en su mano, lo examinó cuidadosamente y lo midió—. ¡Sí, este es un verdadero cabello del Oso de la Luna Crescente!Acto seguido, arrojó el cabello al fuego, que siseó, se retorció en una llama naranja y se esfumó en el humo.—¡No! —lamentó la mujer—. ¿Qué has hecho? ¿Por qué?—Tranquila, todo está como debe ser —replicó el Curandero—. ¿Recuerdas cada paso que diste al subir a la cima de las montañas? ¿Recuerdas cada gesto que hiciste al intentar acercarte al Oso de la Luna Crescente? ¿Cuánta paciencia y perseverancia te costó? ¿Recuerdas lo que sentías, lo que oías y lo que pensabas?—Sí, lo recuerdo todo muy bien —respondió la mujer con incertidumbre. El viejo Sabio sonrió con ternura, con un profundo conocimiento de las cosas, y dijo:—Ve sin temor a tu casa y actúa exactamente de la misma manera con tu esposo.En la base del mundo visible yace una inteligencia invisible que es el genial arquitecto de este mundo. Los sueños y la fe hablan el mismo idioma, y las oraciones no son otra cosa que petición y agradecimiento.

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