El terrón de azúcar 22: Estrella de mar en la orilla

El terrón de azúcar 22
El terrón de azúcar 22

Un hombre caminaba por la orilla del mar, a lo largo de la playa, sumergido en reflexiones sobre su destino y en los largos años de esfuerzos en vano, gastados para nada.

Desde su juventud, siempre había querido cambiar, ayudar y asistir al mundo que lo rodeaba y a la naturaleza. O bien escuchaba comentarios piadosos de que era solo una gota en el océano, que para qué, que no valía la pena, que era una pérdida de tiempo... Todo lo que poseía era su deseo ferviente y profundo de hacer algo por el mundo, y caminaba con tristeza llevando dentro una canción jamás cantada: "Si yo gobernara el mundo, cada día sería el primer día de la primavera, cada ser humano sería libre como un pájaro, cada voz sería escuchada. Si yo gobernara el mundo, sería un lugar feliz, el hombre llevaría en su rostro una sonrisa más grande que la luna y viviría en amistad con ella. Cada persona llevaría la cabeza alta con orgullo y el sol brillaría en cada cielo. Si alguna vez amanece un día así, cuando yo gobierne el mundo...".

De pronto, sintió que pisaba pequeñas conchas de cinco puntas y las aplastaba con sus botas. Hasta donde alcanzaba la vista, en ambas direcciones, miles de diminutas estrellas de mar cubrían la playa como una alfombra persa; unas de color miel, otras rojizas y algunas más azules como soldaditos en uniforme. Las embravecidas olas del océano y la marea las arrojaban sin piedad contra la orilla. El hombre se sumió aún más en sus pensamientos sobre la injusticia de la naturaleza y su crueldad. ¡Qué le habrán hecho a alguien estas pobres estrellas de mar! Antes de que el día ceda ante el atardecer, todas morirán de todos modos. Y ante testigos. Siguió caminando y vio a una mujer mayor que permanecía en la orilla con el agua hasta los tobillos, arrojando incansablemente las pequeñas estrellas de mar de vuelta al océano. El hombre le preguntó qué estaba haciendo exactamente, pues no entendía el sentido de aquel trabajo de Sísifo.

—Siempre quise hacer algo por el mundo, por mi entorno, para dejar tras de mí alguna huella de mis intenciones y de mi esfuerzo. Y decidí que hoy era un buen día para empezar.

El hombre volvió a mirar a su alrededor, contemplando el destino desesperanzador de millones de estrellas de mar, y añadió con incredulidad:

—¡Por cada una que devuelves al agua, las olas arrojan inmediatamente tres más! ¿Qué clase de diferencia supone eso?

La mujer lo miró detenidamente durante un largo instante, contemplando tal vez sus propios pensamientos, tomó en su mano una diminuta estrella de mar y la lanzó de nuevo al océano.

—¡Para esta de aquí, supone una gran diferencia! —Y le sonrió con la sonrisa más radiante que él jamás hubiera visto en su vida.

Todos los seres humanos sueñan. Pero no todos de la misma manera. Algunos sueños se transforman en un gran movimiento que, haga o no avanzar al mundo, no lo sabemos, pero basta con que lo conmueva. ¿Y qué haría el ser humano si tuviera la certeza de que no va a fracasar? La vida es una excelente oportunidad para crear, cooperar y descubrir. Cada cual lleva en un dedal el agua de la vida con la que puede reanimar a los desmayados. No esperes a recibir una invitación para un curso de milagros. Ve y planta hoy un árbol. Es un buen momento. Visita el árbol y salúdalo cada día con entusiasmo, sin saber si alguna vez podrás sentarte bajo su sombra.

Grazyna Wasiak Maxwell, periodista y escritora polaca.

Contenido patrocinado

stats