El terrón de azúcar 21: El pintor

El terrón de azúcar 21
El terrón de azúcar 21

En los inicios de su carrera como pintor, Leonardo da Vinci quiso pintar un retrato de Jesús. En lugar de crearlo a partir de su imaginación y de interpretaciones religiosas, se empeñó en demostrar que entre la gente encontraría un rostro que reflejara exactamente las características que la figura y la visión de Jesús evocaban en la conciencia colectiva de los creyentes.

—¿Y dónde piensas buscar un rostro así? —preguntaban sus discípulos, aprendices, y artistas más y menos importantes del arte del pincel.

Eso ni el propio Leonardo lo sabía. Visitaba los salones de la aristocracia espiritual, escuchaba a trovadores, cantantes callejeros y poetas cortesanos, con la esperanza de que sus ojos encontraran aquel rostro especial. Viajó al campo apacible, fue a los Alpes y al mar… Hasta que un día entró en su taller un joven de extraordinaria belleza física y perfecta simetría, que sin ceremonias se ofreció como modelo por treinta liras. Y de esa manera tan sencilla, Leonardo encontró aquel rostro extraordinario para su imagen de Jesús.

Pasaron muchos años y el maestro Da Vinci alcanzó fama como pintor, arquitecto y verdadero “hombre del Renacimiento”. Sintió que por fin estaba preparado para pintar el retrato de Judas. Adoptó el mismo método: buscar un rostro real que reflejara las características del traidor y del vendido.

—¿Y dónde piensas buscar un rostro así? —preguntaban nuevamente los aprendices y estudiantes del arte de la pintura.

Eso tampoco lo sabía Leonardo. Recorrió de noche las calles de Florencia, frecuentó tabernas y puertos pesqueros. Incluso observaba a los condenados a galeras con la esperanza de encontrar aquella fisonomía perfectamente traicionera de Judas. Hasta que un día, en el mercado, vio a un hombre de aspecto repulsivo y con un aura aún más oscura y maligna envolviendo toda su persona.

—¡Lo tengo! —se alegró Da Vinci y se acercó al sombrío individuo. Lo más inquietante eran sus ojos, hundidos profundamente en oscuras cavidades.

—Quiero que poses para mi pintura. Te daré cincuenta liras —dijo Leonardo.

El hombre miró al maestro desde debajo de sus cejas fruncidas y respondió:

—No me recuerdas, pero yo sí te conozco. Hace muchos años fui yo quien posó para ti para el retrato de Jesús.

El ser humano no puede olvidar que, con cada paso que da al servicio activo de la vida, se acerca o bien al cielo o bien al infierno. El amor es el cielo; el miedo es el infierno. Y el ser humano se encontró en una situación parecida a la de Cristóbal Colón: no sabe ni hacia dónde se dirige, ni qué descubrirá… ni tampoco qué consecuencias traerá ese descubrimiento.

Grazyna Wasiak Maxwell, periodista y escritora polaca.

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