El terrón de azúcar 17: Tal vez
En el clima actual de acumulación de hechos, estadísticas, incertidumbre y desorientación general, quizá sería un cierto alivio leer y contar la realidad de manera alegórica, sin la insistencia de tomar partido por un lado u otro.
Hace mucho tiempo, en la provincia china de Guangdong, un campesino cultivaba la tierra, como antes que él lo hicieron su padre y su abuelo, en consonancia con las fases de la luna y las estaciones del año. Tras años de malas cosechas, en su campo creció un grano exuberante y las espigas doradas susurraban al viento y brillaban al sol. Sus vecinos, con admiración o con envidia, nadie lo sabe, le decían qué hombre tan afortunado era y le daban palmadas en la espalda.
—Tal vez —respondió brevemente el campesino. Y lentamente se preparaba para salir y comenzar la cosecha. Pero por la noche, una manada de caballos salvajes pisoteó todo el campo; de los frondosos sembrados solo quedó la triste imagen de espigas caídas en batalla. Los vecinos vinieron y con alegría contenida o con compasión, nadie lo sabe, lamentaban la desgracia que le había ocurrido.
—Tal vez —respondió gruñendo el campesino.
Al día siguiente, su joven hijo, enojado y decidido, salió de casa con un lazo de gruesa cuerda que, como una órbita, ceñía su robusto cuerpo. El muchacho decidió capturar al alazán que lideraba la manada. Cuando conducía al semental por el camino a través del pueblo, la gente entrecerraba los ojos, pues la impresionante belleza indómita del animal, con su larga crin brillante, les parecía una revelación y nada menos que obra de un ángel. Los vecinos se reunieron a su alrededor y lo felicitaban con envidia por tal conquista y repetían una y otra vez qué suerte lo había favorecido.
—Tal vez —respondió el agricultor con voz impasible.
Con el primer amanecer el joven hijo se puso a la tarea de domar al caballo salvaje. Tras varios intentos de montarlo, el caballo se encabritó sobre las patas delanteras y con fuerza impresionante lo arrojó con estrépito al suelo. El orgullo del muchacho sufrió terriblemente, pero la pierna rota dolía de verdad. Los vecinos llevaron al muchacho a casa en unas parihuelas improvisadas apresuradamente. Empezaron a consolar al viejo campesino, moviendo la cabeza con tristeza y compasión por la desgracia de que su único hijo se hubiera roto la pierna y no pudiera ayudar en la granja.
—Tal vez —respondió aún más tranquilo y en voz más baja el campesino.
Al día siguiente, al amanecer, todo el pueblo fue despertado por el redoble de tambores que anunciaba la llegada del gran ejército del Emperador, que debía enfrentarse al enemigo que los amenazaba en una batalla al pie de las montañas. Todos los descendientes varones fueron brutalmente reclutados en las filas del ejército imperial. El hijo del campesino no fue llevado debido a su pierna rota. Los vecinos se reunieron alrededor del campesino felicitándolo con incredulidad y envidia, nadie lo sabe, por la suerte que lo había favorecido al evitar su hijo un destino tan cruel.
—Tal vez —respondió el campesino y rítmicamente, sin prisa, siguió cortando leña.
Grazyna Wasiak Maxwell, periodista y escritora polaca
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