Martínez Campos, el árbitro en la sombra
PÁGINAS DE LA HISTORIA
Nadie puede negarle al general Arsenio Martínez Campos Antón (Segovia, 1831-Zarauz, 1900) un papel de verdadera trascendencia en el desarrollo de los hechos que desembocaron en el llamado periodo de la Restauración y el posterior de la Regencia.
El atractivo militar de perilla frondosa, elevada estatura, aires marciales y encanto personal irresistible, es una de las figuras más notables de la milicia española del siglo XIX, un tiempo en el que se dieron cita muchos militares de probado protagonismo, algunos de los cuáles incluyendo el segoviano, ocuparon puestos políticos y sociales de indudable repercusión y muy alta responsabilidad en aquel tempestuoso periodo. Martínez Campos es de la generación posterior a los grandes "espadones" curtidos en América y en la primera guerra carlista –Narváez, Espartero, O’Donnell, Prim, Topete- que coparon la actividad parlamentaria durante el reinado de Isabel II, y su irrupción plena en el primer plano del panorama nacional coincide con el final abrupto de ese periodo de nuestra historia que acabó con la revolución de 1868 llamada popularmente la Gloriosa de septiembre por la que la soberana reinante fue obligada a resignar su corona, renunciar a sus derechos y abandonar el país rumbo al exilio. El joven oficial inició su brillante carrera militar y política precisamente con el Gobierno de la I República sustituto del efímero paso del rey Amadeo y efímera a su vez, pues fue el propio Martínez Campos quien, en los últimos días de diciembre de 1874, protagonizó con carácter unilateral y saltándose los preceptos que había trasmitido el ala civil del movimiento restaurador encabezada por Cánovas, el pronunciamiento que devolvería la corona a la dinastía Borbón esta vez en las sienes del joven príncipe Alfonso. En todo caso, y si bien ha de considerársele incitador de una sedición militar que le hubiera costado el paredón si hubiera fracasado, la verdadera trascendencia de su intervención en los sucesos políticos y sociales del tiempo han de buscarse en su papel de habilísimo mediador en los acuerdos entre Cánovas y Sagasta que facilitaron el llamado "Pacto de El Pardo" con el que se garantizaba la necesaria estabilidad a la reina viuda María Cristina nombrada para la regencia hasta la mayoría de edad del hijo que esperaba.
El general se levanta
Arsenio Martínez Campos, de cuyo fallecimiento se cumplen en estas fechas ciento dieciséis años- nunca fue estrictamente un político pero sí fue uno de los militares que jugó un papel más fundamental en acontecimientos políticos y especialmente los que otorgaron carácter definitivo el rumbo de la segunda mitad del siglo XIX. Nacido en Segovia y sin grandes antecedentes castrenses en la familia, a los veintiún años había ingresado en el Estado Mayor, y con veintiocho estaba haciendo la campaña de África como oficial a las órdenes de Prim. Con el bravo general catalán hizo también la famosa campaña de México de 1859 en la que España, junto con Gran Bretaña, renunció a seguir los designios impuestos por Napoleón III y abandonó el campo.
El candidato impuesto por los galos que se convertiría en el emperador Maximiliano I, fue fusilado por los rebeldes mejicanos en Querétaro en 1862 cuando nuestro protagonista ya estaba en la península embarcado en una fulgurante carrera. Era uno de los altos oficiales jóvenes más prometedores del escalafón durante los últimos años de reinado de Isabel II, y siempre cumplió con admirable perfección las encomiendas en que se solicitaba su concurso. En los días finales de 1868, la reina Isabel II perdió su trono y se iniciaba un vertiginoso periodo conocido como el "Sexenio Revolucionario" en el que, desde principios de octubre de 1869 cuando tomó posesión el primer Gobierno provisional hijo de la Revolución, hasta los primeros días de enero de 1875 en los que Alfonso XII regreso a España para sentarse en el trono, se sucedieron en tropel acontecimientos de indudable dramatismo y signo cambiante: Una regencia desempeñada por el general Serrano, el reinado de un monarca elegido por primera y única vez por las Cortes como Amadeo de Saboya, una República a la que sustituyó un llamado Ministerio-Regencia con el que esperar la llegada del heredero y el regreso de éste para rescatar la perdida monarquía. A pesar del cuidado de Cánovas y en contra de sus designios, el heredero recibió sin embargo su trono gracias a una nueva asonada militar. La que protagonizó el propio Martínez Campos una fría mañana del 29 de diciembre de 1874 en un robledo de Sagunto cerca de Valencia. Allí, el militar segoviano leyó su manifiesto por el que nombraba al príncipe Alfonso rey de España ante un contingente de soldados formando el cuadro que pertenecían principalmente a la brigada de Segorbe mandada por el brigadier Luís Dabán, un amigo íntimo y fiel que no tuvo inconveniente en prestárselos para otorgar carácter oficial y convenientemente marcial al acto. Cánovas conoció iracundo la noticia del golpe en la prevención del ministerio del Interior donde había sido conducido junto con el duque de Sesto y un periodista amigo y cómplice de la trama restauradora de la que el político malagueño era directo responsable. Los acontecimientos fueron tan vertiginosos que Cánovas y los otros dos huéspedes pasaron de pedir una olla de lentejas a una cantina próxima para almorzar a hacerlo como invitados en casa del mismo Gobernador Civil que había mandado detenerles por sediciosos. Allí bosquejó el Ministerio Regencia que recibiría al deseado monarca siendo aún presidente de lo que quedaba de república –la llamada República Unitaria que sin Cortes ni representación popular era en realidad una dictadura- el general Serrano quien, una vez certificada la rendición de las Cantorales, se marchó a pacificar el Norte dejándole el mochuelo al general Zavala quien, a su vez, se vio forzado a dimitir a favor de Sagasta y el poder civil. Fue Sagasta por tanto quien el 29 de diciembre de 1874 estaba en Madrid y fue él quien recibió un telegrama del propio Serrano rogándole que no presentara resistencia. De hecho, una vez leído su manifiesto, Martínez Campos telegrafió a Sagasta para referirle la situación y rogarle que no se opusiera y evitara un derramamiento de sangre. Sagasta contactó con Serrano en Bilbao y le refirió la situación tras comprobar cómo respiraban los cuarteles en Madrid.
La respuesta de Paco Serrano desde el Norte no se hizo esperar abriendo las puertas al nuevo monarca. Paradójicamente, Arsenio Martínez Campos no formó parte del nuevo gobierno sino que fue enviado a su vez al Norte para acabar con los arraigados focos de rebelión carlista en Cataluña y una vez resuelto este primer escollo se dirigió a tomar Navarra. El joven Alfonso XII –que a punto estuvo de caer prisionero de una guerrilla carlista unos días antes- entró triunfal en Pamplona en febrero de 1876 y recibió el sobrenombre de "El Pacificador". A Martínez Campos le nombró capitán general y le mandó a Cuba.n
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