Doscientos años de los Cien Mil Hijos de San Luis

Publicado: 14 may 2023 - 00:12 Actualizado: 14 may 2023 - 12:57
Los "Cien mil hijos de San Luis" a su entrada por el Bidasoa.
Los "Cien mil hijos de San Luis" a su entrada por el Bidasoa.

Los historiadores que se han ocupado de estudiar con el rigor necesario la figura de Rafael del Riego, no tienen del militar asturiano una opinión tan cariñosa y rendida como aquellos que convirtieron al insurgente del levantamiento gestado en la localidad gaditana de Las Cabezas de San Juan, en un generoso adalid del liberalismo español. Rafael del Riego Flórez era un joven apuesto y orgulloso, hijo de una familia antigua e hidalga con casona familiar situada en el concejo de Tuña, y estudios universitarios no concluidos en la Universidad de Oviedo que le otorgaron, sin embargo, una muy razonable formación intelectual en Leyes y Cánones antes de abrazar la carrera militar que lo llevó a Madrid. Muy joven aún, ingresó como cadete en la guardia de Corps, y destinado en Aranjuez le sorprendió primero el motín que acabó con Godoy y con el reinado de Carlos IV, y más tarde y allí mismo, el propio levantamiento del 2 de mayo de 1808 porque en Aranjuez estaba cumpliendo castigo por haber desobedecido las órdenes administradas por Murat gobernador militar francés.

Doce años más tarde, en los albores de 1820, era ya un oficial con popularidad entre la tropa, y permanecía acantonado en el municipio de Las Cabezas de San Juan al mando del 2º Regimiento de Asturias, presto a partir hacia América para participar en la pacificación de las colonias de Ultramar. El primer día de aquel año, sublevó las tropas bajo su mando contra el recién entronizado monarca Fernando VII, y se convirtió en adalid y figura señera de la revolución liberal del año 20.

Las crónicas del tiempo suelen coincidir en la definición del personaje como un militar incompetente y un hombre caprichoso y dubitativo cuyo carácter mudaba con excesiva frecuencia. Pero sea o no sea así, lo cierto es que Rafael del Riego cambió con su levantamiento el rumbo de la Historia. El triunfo de su asonada promovió un periodo de monarquía falsamente liberal que obligó al rey Fernando a salir a un balcón de la Casa de la Panadería para adoptar la Carta Magna redactada por los doceañistas de Cádiz, -“vayamos francamente y yo el primero por la senda de la Constitución” musitó con lágrimas de rabia en los ojos y gesto prieto el soberano en su comparecencia- y por encima de todo, y ese es el punto culminante del cambio histórico, convenció a las monarquías europeas de que si el espíritu de la revolución emprendida por Riego triunfaba y se corría por la Europa posterior a Napoleón, todos los reyes y reinas del continente estaban en peligro cierto de perder la corona.

Del Riego pagó con su vida aquella aventura y su final fue simplemente dantesco porque la venganza del indigno rey Fernando se desató sin piedad en el mismo momento en que se aseguró el trono y percibió el respaldo incondicional de sus colegas, las testas coronadas europeas, pero para ello hubo de producirse otra invasión del territorio nacional por soldados franceses. Esta vez, una expedición organizada y pagada con el dinero de las grandes potencias para sofocar a cañonazos los anhelos liberales de los españoles deseosos de mudar la monarquía vieja por una nueva, convertirla en parlamentaria y pasar de súbditos a ciudadanos de pleno derecho como aprobaron las Cortes de Cádiz. La expedición fue llamada popularmente “Los Cien Mil Hijos de San Luis”, y tras su paso y una vez cumplida su sagrada misión y una vez entronizado sólidamente Fernando VII como “rey completo”, del movimiento y del espíritu de Las Cabezas de San Juan no quedó más que un amargo recuerdo. Todo lo demás fue dolor y miseria, lágrimas de frustración y añoranza de un texto constitucional aprobado a la luz de las bombardas que arrojaban sobre Cádiz los artilleros de Napoleón, y que de nuevo una expedición francesa se encargaba de laminar por idéntico procedimiento. “Los Cien Mil Hijos de San Luis”, al mando del duque de Angulema entraron por el Bidasoa a mediados de abril de 1823, y el 13 de mayo del aquel año tomaban posesión de Madrid sin que el ejército constitucional español pudiera impedirlo. Veinte años y poco después de la primera invasión del ejército francés, España era de nuevo invadida por franceses aunque en esta ocasión el invasor tenía como misión conservar al rey y no sustituirlo. Luis XVIII, monarca francés, mandó para cumplir la misión a su par favorito que era además su sobrino y segundo en la línea dinástica para sucederlo. Louis Antoine de Borbón, que tiempo después sería el último delfín de la Corona francesa con el nombre de Luis XIX y al que el monarca otorgó el título de duque de Angulema en la misma pila del bautismo, fue el hombre designado para mandar la expedición. Los cien mil soldados que definen su nombre pudieron ser 90.000 o 110.000 según las fuentes manejadas que tanto da, y entraron en España acompañados por un contingente de 30.000 voluntarios españoles realistas y partidarios de Fernando VII a quienes el triunfo de los doceañistas y el Trienio Liberal habían enviado al exilio. Evaristo San Miguel, un veterano militar compadre y amigo personal de Riego para el que se supone compuso un himno que acabaría siendo utilizado con peregrinas modificaciones de música y letra por la II República, y entusiasta defensor de la Constitución del 12, fue el encargado de tratar de organizar una respuesta castrense a la invasión francesa. Doblados en tropas, artillería y medios, los constitucionalistas españoles apenas resistieron el empuje de los invasores algo más de medio mes. El día 13 de aquel mayo florido, hace ahora por tanto doscientos años justos y cabales, las tropas francesas que había entrado a finales de abril por San Sebastián –tres cuerpos de infantería del Ejército más uno auxiliar, unos 22.000 jinetes y cerca de doscientas piezas de artillería todo ello al mando de experimentados oficiales casi todos veteranos de las guerras napoleónicas- tomaron posesión de Madrid. Y el 23 entró en la capital, con repiques de campana y gran jolgorio popular, el propio duque de Angulema. Se da la paradoja de que una buena parte de los expedicionarios realistas españoles que volvieron a casa con el francés se habían batido a fondo contra esos mismos gabachos en la pasada Guerra de la Independencia.

La expedición de “Los Cien Mil Hijos de San Luis” surgió bajo la inspiración de la llamada Santa Alianza, un pacto establecido por las monarquías europeas más poderosas como argumento de defensa para la conservación del espíritu tradicional, la consolidación de los diferentes tronos y la permanencia de las dinastías que los ocupaban. Se conformó en 1815 en torno a la invitación lanzada por el zar Alejandro de Rusia que aceptaron los monarcas de Austria y Prusia en una Europa que trataba de reponerse del dominio del imperio napoleónico finalmente aplastado en los campos de Waterloo y por eso el compromiso se firmó en París. En el posterior Congreso de Verona, la Santa Alianza acordó facultar al rey de Francia, Luis XVIII, recién recuperado el trono francés tras el paréntesis de Bonaparte, para erigirse en defensor de los principios monárquicos frente a los aires de igualdad, libertad e innovación especialmente distinguidos en la España fernandina sobre todo, tras el levantamiento de Rafael del Riego en Andalucía.

La llegada de la expedición francesa cambio por completo el signo de los tiempos. El Gobierno legal aunque sumamente debilitado por sus enfrentamientos internos, fue laminado y Fernando VII volvió a imponer a sangre y fuego el absolutismo que en 1823 comenzó a escribir la “Década Ominosa”, uno de los periodos más sangrientos y oscuros de la moderna historia de nuestro país: diez años de persecuciones, arbitrariedades, juicios sumarísimos, terror y exilios practicados por el ya intocable rey Fernando VII. El sombrío periodo no acabó hasta la muerte del soberano en 1833 dejando como herencia una guerra civil.

Rafael del Riego fue capturado y devuelto a Madrid cargado de cadenas. Sus últimos días fueron terribles y se encuentran reflejados con todo su dramatismo en el tomo correspondiente de los “Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós.

Vencido, solo por las deserciones y huyendo, fue traicionado y capturado en Arquillos, provincia de Jaén, por voluntarios realistas que le dieron una enorme paliza. Trasladado a Madrid descalabrado y cargado de cadenas en septiembre de 1823, se le recluyó en la cárcel de Corte y fue sometido a proceso y condenado a muerte en la horca con posterior desmembramiento. Una vez en capilla, sufrió un último engaño vejatorio. Alguien le convenció de que si pedía públicamente perdón se le conmutaría la pena y Riego, en un estado anímico y físico deplorable, escribió una carta abjurando de todo lo hecho anteriormente. Naturalmente el perdón no se produjo y el militar constitucionalista fue arrastrado hasta el patíbulo en un serón, sufriendo las iras populares durante este último y aterrador trecho. Se le colgó en la Plaza de la Cebada de un palo que, por mandato del propio rey, era considerablemente más alto que el normalmente usado para el ahorcamiento, y su cuerpo fue desmembrado. La cabeza se remitió, también por deseo expreso de Fernando VII, al pueblo de Las Cabezas de San Juan donde permaneció expuesta al público. Otros pedazos se enviaron a Sevilla, Madrid e Isla de León, lugares identificados con el pronunciamiento.

Rafael del Riego fue rehabilitado por el Real Decreto de la reina María Cristina, en 1835 siendo Mendizábal presidente del Gobierno.n

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