Adiós al Casa Pozas, el merendero que nació como furancho

La jubilación de sus propietarios y la falta de relevo familiar obligan a echar el cierre al único merendero de Cabeiro

De derecha a izquierda, Elena Castro junto a Beatriz Lago, su cuñada, y Dori.
De derecha a izquierda, Elena Castro junto a Beatriz Lago, su cuñada, y Dori.

El merendero Casa Pozas, en Cabeiro, abrirá hoy sus puertas por última vez. Será el último servicio de un merendero que durante 17 años ha formado parte de la vida de vecinos y visitantes y que ahora echa el cierre por la jubilación de sus propietarios, Elena María Castro y Avelino Lago Lago, y, sobre todo, por la falta de relevo.

La despedida pone punto final a una historia que, en realidad, comenzó mucho antes de que Casa Pozas fuese un merendero. Primero fue un furancho, nacido de una necesidad tan sencilla como dar salida al vino que elaboraban, como pasa en muchas viviendas de Redondela. “Teníamos vino de sobra y pensamos en abrir el furancho para despacharlo”, recuerda Elena. Aquella idea inicial no tardó en crecer gracias a las peticiones de los clientes. “La gente nos pedía que siguiéramos abiertos más tiempo”, explica. Lo que empezó como un lugar para servir el vino de casa acabó dando paso a un establecimiento en el que el taperío y la comida fueron ganando protagonismo.

De esta forma pasaron 17 años de mesas llenas, fines de semana de trabajo intenso y clientes que, con el tiempo, pasaron a ser familia. La carta, caracterizada por ser cocina tradicional elaborada en casa, fue el gran reclamo para quienes se acercaba hasta el Casa Pozas: tortilla, zorza, empanada, calamares, jamón asado o croquetas.

Entre todo ese repertorio, sin embargo, hay una elaboración que se ha convertido casi en la seña de identidad de Elena. “La empanada se vende muchísimo”, asegura. Tanto que sus empanadas terminaron viajando mucho más allá de Redondela. “Yo creo que hice empanadas para toda España ya”, bromea. Parte de sus clientes se encargaban de llevarlas consigo después de pasar por el local, haciendo que el nombre del merendero llegase a lugares mucho más lejanos que su entorno.

Porque por Casa Pozas no pasaban únicamente vecinos de las proximidades. La clientela llega desde Vigo y distintos puntos de su área, desde Candeán, Cabral, Bembrive, Chapela o Redondela, pero también desde el otro lado de la Ría y desde otros puntos de Galicia. A Pobra do Caramiñal es uno de los lugares que Elena recuerda entre sus clientes, además de personas que acudían durante sus vacaciones. “La verdad es que por aquí pasaron personas de todos los lados de España”, resume.

Además, el cierre tiene un componente especialmente emocional. Elena no esconde que, si dependiese únicamente de sus ganas, seguiría al frente del negocio. “Yo quiero seguir”, admite. Le gusta su trabajo y reconoce que continuaría si las circunstancias lo permitiesen.

El Casa Pozas abría de jueves a domingo, además de festivos y vísperas, pero los días de mayor afluencia exigían contar con ayuda tanto en cocina como en sala. “Es un trabajo muy sacrificado”, reconoce Elena. Sin una segunda generación dispuesta a continuar, la jubilación termina marcando el final en el calendario.

Elena se queda así con la pena de cerrar una etapa que estuvo muy ligada a su vida. Especialmente por esos clientes que acudían semana tras semana y que acabaron formando parte de la casa. “Hay gente que viene todas las semanas. Algunos incluso acudían los cuatro días que abrimos”, cuenta.

Por eso, aunque hoy sea el último día, el adiós de Casa Pozas no se vive como una despedida sencilla. Elena sigue recibiendo peticiones para que continúe preparando sus empanadas y reconoce que le gustaría encontrar alguna fórmula que permitiese prolongar, de algún modo, la actividad. Porque cerrar un negocio puede ser cuestión de bajar una persiana, pero despedirse de 17 años de historias compartidas es bastante más difícil.

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