Luis Del Val
Odio, no: aversión y repugnancia
No es que Castilla y León se haya quedado sin gente de izquierdas; es que han votado al PSOE. La debacle electoral de las llamadas izquierdas a la izquierda del partido de Pedro Sánchez pudiera no explicarse tanto por el agotamiento de sus tradicionales mensajes, o de sus no menos tradicionales divisiones, como por la circunstancia de que el PSOE, amortizado ya el felipismo absolutamente, representa hoy los valores y propósitos de la izquierda en muchas de sus diferentes gradaciones.
Se especula con que la recuperación electoral del PSOE, en caída libre hasta los comicios del domingo por los batacazos en Extremadura y Aragón, pudiera deberse en parte a su firme oposición a la enloquecida guerra de Trump y Netanyahu, pero sin excluir la probabilidad de algunos votos ganados por ello, también cabe señalar al PP como beneficiario del mismo "No a la guerra", que es, como se sabe, mayoritario y transversal en la sociedad española. Se tratarían, éstos del PP que le han proporcionado dos escaños extra, de votos robados a Vox, frenado en seco por su rendida adhesión a esa guerra y a los indeseables que la han desencadenado. No es descabellado suponer que entre el electorado potencial de Vox haya personas que por muy reaccionarias que sean no comulguen ni con los genocidios de Netanyahu ni con la barbarie y la indecencia en todas sus formas de Trump, y éstas nunca votarían al PSOE, pero sí al PP.
Al PSOE de Castilla y León le ha votado la gente de izquierda, incluida gran parte de la de la izquierda a la izquierda. Al acierto de centrar su campaña en la despoblación, en los remedios para combartirla, y al de contar con un candidato con bastante más fundamento que los presentados en Aragón y Extremadura, hay que añadir ese de la recuperación de los valores de izquierda que el aparato del partido abandonó en su día. Por lo demás, que un zugarramurdi como Se Acabó la Fiesta haya obtenido el doble de votos que el desnortado Podemos, no hace sino reforzar esa ambición del PSOE de constituirse en la casa común de la izquierda, por mucho que por higiene política ésta deba conservar sus segundas residencias.
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