Victoria Lafora
El secreto de las joyas
La pregunta suena brutal, pero es honesta. Y conviene hacerla así, sin anestesia. ¿Somos cada vez más tontos? No me refiero a si sabemos menos cosas de memoria que nuestros abuelos. Me refiero a algo más serio. A si estamos utilizando nuestros cerebros de forma menos eficiente que antes. A si estamos perdiendo potencial intelectual. A si estamos perdiendo la capacidad de leer un argumento largo, sostener la atención, consolidar memoria y pensar con cierta profundidad antes de opinar.
Mi impresión es que sí. Y lo inquietante es que ya no se trata solo de una impresión. Durante años nos vendieron que vivir rodeados de pantallas, búsquedas inmediatas, resúmenes automáticos y estímulos constantes nos haría más listos, más conectados y más eficaces. La trampa estaba en la palabra eficaz. Porque una cosa es acelerar ciertas tareas y otra muy distinta fortalecer la mente que las ejecuta. Buscar más deprisa no equivale a comprender mejor.
Dicho de otro modo, estamos produciendo una sociedad con mucha información disponible y muy poco conocimiento sedimentado. La información no es conocimiento. El conocimiento necesita procesar esa información, darle un contexto conforme a nuestras experiencias previas, integrarla en un ecosistema de conexiones de ideas que construimos a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, la lectura profunda exige una disciplina que el entorno digital castiga. Un libro, un ensayo o una buena columna obligan a permanecer dentro del argumento, a demorar la recompensa, a seguir una idea hasta el final. Las redes sociales, en cambio, nos entrenan para lo contrario. Fragmento, reacción, estímulo, olvido. Y así durante horas cada día.
Esto no es una anécdota cultural. Es una modificación del aparato mental. Es una reprogramación del hardware de nuestro cerebro. La avalancha de información inmediata, de píldoras cortas, está cambiando la forma en la que nuestra mente trabaja. Piénsenlo, ¿no les da ya pereza una película larga, un libro muy extenso? ¿Por qué creen que triunfan las series de 25 minutos? ¿Por qué triunfan los vídeos de 30 segundos en redes sociales? Fíjense en los adolescentes, incapaces de no mirar el móvil ni siquiera viendo un capítulo de una serie. Incapaces de focalizar la atención en casi nada.
La memoria a largo plazo no se construye sola. Necesita atención sostenida, repetición, tiempo sin interrupciones y una cierta fricción con la idea. Pero nuestro ecosistema digital está diseñado precisamente para impedirlo. Todo compite por romper la continuidad y se premia la respuesta instantánea. Al final el cerebro aprende lo que practica.
La realidad parece confirmar esta hipótesis. Un estudio noruego encontró que el viejo efecto Flynn (el aumento sostenido del cociente intelectual a lo largo del siglo XX), no solo se había frenado, sino que se había revertido en algunos grupos en ese país. El punto importante del estudio no es solo la caída, sino que los autores la atribuyen a factores ambientales, no genéticos. Es decir, no nacemos así. Nos estamos fabricando así.
Si bien los datos sobre inteligencia son complejos y no todos los países muestran exactamente el mismo patrón, la señal es demasiado seria como para obviarla. Más aún cuando coincide con otra alarma. La OCDE muestra en sus informes PISA un desplome récord en matemáticas y una fuerte caída en lectura en los países de la OCDE. El propio informe añade un detalle decisivo, alrededor del 30% de los alumnos declara distraerse con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de matemáticas.
Tenemos más tecnología educativa, más pantallas, más acceso, más conectividad y, al mismo tiempo, peores resultados académicos. Probablemente el problema no era que faltaran herramientas. Quizá el problema era creer que las herramientas podían sustituir al esfuerzo mental. Cuando externalizamos casi todo a buscadores, nubes, vídeos de un minuto o respuestas prefabricadas, descargamos trabajo. Sí. Pero también descargamos entrenamiento. Y una inteligencia que deja de entrenarse acaba atrofiándose.
Por eso el deterioro no se nota tanto en las tareas simples como en las complejas. La gente puede encontrar un dato en tres segundos, pero cada vez le cuesta más encajar cuatro ideas en un razonamiento propio. Puede consumir horas de contenido, pero recordar muy poco de lo consumido. Ese es el gran fraude de nuestra época. Hemos confundido estar expuestos a información con creer que esto nos da algún tipo de criterio. Si una máquina nos resume libros que nunca leeremos, redacta textos que no pensaremos y ordena ideas que no hemos interiorizado, el resultado no será una humanidad más sabia, sino más asistida.
No se trataba de darnos más conocimiento. Se trataba de capturar nuestra atención. No se trataba de ayudarnos a pensar mejor. Se trataba de hacer más rentable nuestra distracción. Y cuando una civilización organiza su entorno mental alrededor de estímulos breves y recompensa inmediata, no debería sorprenderse de acabar fabricando ciudadanos menos capaces de juicio profundo. En definitiva, más mediocres.
Nos estamos volviendo más tontos porque hemos aceptado un ecosistema mental que destruye las condiciones del pensamiento serio. Menos memoria interior. Menos atención sostenida. Menos lectura profunda. Menos silencio. Menos demora. Menos esfuerzo. Ciudadanos sin criterio ni capacidad de discernimiento. ¿A dónde creen que nos lleva esto?
Contenido patrocinado
También te puede interesar