Pilar Falcón
El espectáculo de las expectativas
Tiene el gallego el dolor del salir y el de quedarse. A menudo los vientos nos han llevado lejos. Hemos tenido el honor de surcar los mares y el orgullo de echar de menos el barrio. Tener que irse a veces es un fastidio, pero la vida no espera. Feijóo tuvo que partir, como tantos, a hacerse Madrid, que de todas las opciones es quizá la más propicia para la aventura foránea, porque no hay nadie allí de allí, y eso la hace tierra abierta y hospitalaria. Todo en la capital parece estar de paso, hasta la Cibeles, montada en su carro, como si esperara un semáforo en verde para escaparse.
Hay un proceso de adaptación en el aterrizaje en la villa y corte. Feijóo no debería haberlo necesitado, que ya por sus cargos llegó viajado, pero aún así se le concedió, que la política nacional se parece a la regional como un huevo a una castaña. Y muy a pesar de quienes claman por una oposición firme, encalla de cuando en vez en los extraños terrenos de la inadaptación, causando a veces desánimo en los propios, y regocijo en el sanchismo, mordido hasta el tuétano por el animal salvaje de la corrupción.
Dicen que al líder del PP podría haberle pasado con las gafas como a Sansón con el pelo. El desconcierto en la dirección del partido es preocupante, pero nunca tanto como en los últimos días. A Sansón lo enredó Dalila, y a Feijóo parecen estar enredándolo los semperes, mientras abandona la labor de auténtica oposición en las manos de Vox.
La aparición estelar de Feijóo en el acto de UGT, el sindicato del trinque, la gamba, y el progresismo, es de una miopía política difícilmente superable. Su sollozo mendicante, rogando al pieza de la pasmina que le apoye para echar a los socialistas, que es como pedirle al león que se muerda su propia pezuña, fue una suerte de exhibición de inmadurez impropia de alguien con su crédito. Tuvo tiempo también de guiñarle un ojo al PNV, el partido más traidor de España, y yo ya no sé qué tiene que pasar en Génova para que comprendan con quién sí y con quién no. Pero así logró superar la errada horas después, recriminando al Gobierno que no haya renovado el pacto de Estado contra la violencia machista, descomunal truño wokista, cien por cien ineficaz para su propósito, mercancía averiada de la izquierda para acomplejados de poco fuste, y fuente inagotable de despilfarros, como demuestra el informe de la asociación Contra el Borrado de las Mujeres, que ha publicado un mapa detallando en qué se dilapidan en realidad los millones destinados a tal causa: bancos de colores, talleres de artesanía, charlas LGTBI, conciertos por la igualdad, y una interminable ristra de bobadas que causan ira y sonrojo al contribuyente.
Da la impresión de que Feijóo pretende ganar España como ganó Galicia, con la vieja teoría de ensanchar el partido hacia la izquierda y hacia el norte nacionalista, ensoñación de un tiempo en el que tal vez fue posible, en un escenario político noventero del que no queda nada en la España de hoy. Feijóo debe mirar a Ayuso, mirar a Abascal, mirar cómo los conservadores de todo Occidente están desterrando las ideas averiadas de la izquierda posmoderna, y dejar el titubeo timorato para otra ocasión. Feijóo, debe, en fin, abandonar Galicia, y comprender que está en Madrid, y que en frente no tiene a los advenedizos del bipartito, sino al felón de la Moncloa, y a un partido -otrora el PSOE- convertido en una trituradora al servicio de “Su Persona”, su sanchidad.
No sé si hace falta que recuerde que a Sansón, mordido en la debilidad del amor, después de perder la fuerza por dejarse pelar, lo capturaron los filisteos y le sacaron los ojos.
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