Malvinas, Falkland, Vigo

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Opinión. | Atlántico

Para Argentina las Malvinas lo son todo, la parte central de su identidad nacional. Una herida que sangra, una meta definida y un objetivo común. Argentina es las Malvinas. Para el recuerdo, el alegato del Diego antes del partido ante Inglaterra en el Mundial de 1986, con el brindis de los jugadores por los caídos en la guerra por las islas y dos goles para la historia que sonaron a venganza. Incluso en el reciente Mundial los futbolistas argentinos exhibieron una pancarta con la reivindicación.

Para el Reino Unido las Falkland son unas islas perdidas con más pingüinos que personas y condiciones de vida extremas. Son también un recuerdo, el de la última batalla ganada por el extinto imperio británico, con la participación por vez primera de un submarino nuclear en combate. Y es además un agujero económico por el enorme despliegue disuasorio para garantizar que Argentina no vuelva a intentarlo. Su mejor baza es su población hiperbritánica y con el nivel de renta más alto del mundo y eso tiene una explicación.

Y ahí entra Vigo y su flota, que faena en un caladero excepcional explotado en exclusiva gracias a los acuerdos con las empresas locales -que a cambio reciben millones- y que proporciona hasta cien mil toneladas de calamar al año, el veinte por ciento de toda la pesca industrial anual de Vigo. Un producto de enorme rentabilidad que inunda el mercado europeo. Supone la presencia de 16 buques de última generación, un millar de marinos a bordo y la constatación de que la gestión correcta de una pesquería es posible, garantizando su mantenimiento de forma indefinida. Un éxito, porque también da trabajo al sector naval vigués, en su mejor momento. Para los armadores es también un reto permanente: equilibrar sus intereses en las islas con los que mantiene en Argentina, con factorías, zonas de pesca y bases de trabajo. Y la prensa argentina está siempre atenta a la flota. Un mismo lugar, tres visiones.

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