Manuel Orío
Un devenir histórico
El historiador griego Plutarco escribió, entre los siglos I y II de nuestra era, una serie de biografías emparejadas por alguna similitud de personajes ilustres, griegos y romanos, estableciendo una comparación entre ellos; por ejemplo, entre Teseo, el héroe fundador de Atenas, y Rómulo, el fundador y primer rey de Roma. El título de esta obra es “Vidas paralelas”. Cuando se habla de líneas paralelas se dice que mantienen la misma distancia entre sí en todos sus puntos. Plutarco parece emplear el término “paralelas” en el sentido de trayectorias existenciales semejantes. Sí puede establecerse un cierto símil entre una biografía y otra, pero difícilmente las vidas de los seres humanos permanecen en una perfecta equidistancia entre ellas, sino que, más bien, suelen entrelazarse unas con otras.
Un ejemplo de estas relaciones mutuas que van surgiendo a lo largo del proceso vital lo proporciona la biografía de fray Juan de Navarrete – nacido en Navarrete (Logroño) hacia 1488 y fallecido en Sanxenxo (Pontevedra) en 1528 -. La huella dejada por san Diego de Alcalá (c.1400-1463), hermano lego franciscano fallecido en la ciudad complutense donde se conserva su sepulcro, animó, por su santidad misionera y caritativa, al joven Juan de Navarrete para profesar en Alcalá de Henares como religioso franciscano y ser ordenado sacerdote.
Otro lazo, la devoción eucarística que fray Juan promovió incansablemente, lo vincula como padre espiritual a doña Teresa Enríquez de Alvarado (1450-1529), a quien el papa Francisco declaró “Venerable”, reconociendo sus virtudes heroicas, en 2023. Doña Teresa es conocida con el sobrenombre de “La Loca del Sacramento”. Viuda de Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de León y figura clave del entorno de los Reyes Católicos, esta dama dirigió en 1510 una súplica al papa Julio II solicitando la confirmación de la cofradía del Santísimo Cuerpo de Cristo en la iglesia de san Lorenzo in Damaso de Roma y su proyección en los reinos hispánicos. Fray Juan fue también director espiritual de las Concepcionistas de Torrijos, a donde doña Teresa se retiró y donde murió con fama de santa.
Fray Juan destacaba como predicador, como orante y como humilde penitente, rasgos que llamaron la atención de don Alonso III de Fonseca y Acevedo (c. 1476- 1534), arzobispo de Santiago y, posteriormente, de Toledo. Fue este destacado prelado renacentista – y surge así otro lazo – quien ordenó a fray Juan en 1525 que acudiese como misionero a Asturias y a Galicia. En una “Breve semblanza biográfica” de fray Juan, editada por la Archidiócesis de Santiago de Compostela en 2026, se recoge su labor desarrollada en Pontevedra, una tarea que se vio acompañada por la realización de diversos milagros o favores, así como el grave accidente sufrido en la aldea de Pedrouzos, en la parroquia de Santa Eulalia de Nantes, en Sanxenxo, al que siguió, tres días después, el fallecimiento del fraile. Su cuerpo fue trasladado al convento franciscano de Pontevedra.
En ese convento, la figura de fray Juan de Navarrete se vincula hacia 1590 con la del franciscano gallego san Francisco Blanco. Este, gravemente enfermo, había sido destinado por sus superiores al convento de Pontevedra, donde se encomendó a fray Juan, quedando completamente curado. Fue así como pudo dirigirse como misionero a Japón, donde encontraría el martirio en 1597. Vidas, pues, más entrelazadas que paralelas.
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