José Teo Andrés
La estatua de lago
Parece que ahora sí, que Iago Aspas va a tener una estatua a la entrada de Balaídos que le inmortalice como el jugador más importante de la historia del Celta, hecho incuestionable. Sin Iago a bordo, el club lo habría pasado realmente mal y quién sabe si su destino no habría sido el que sufrió el Deportivo Coruña en los últimos años hasta su resurrección bancaria, o el del histórico Zaragoza ahora, hundido en la antigua Segunda B con una deuda enorme y un porvenir oscuro, pese a tener detrás la cuarta ciudad de España y varios títulos, dos ganados al Celta y otro al Arsenal.
Es seguro que Aspas salvó al Celta de descender en varias ocasiones y con eso queda dicho casi todo sobre su trayectoria. Que haya completado la mayor parte de su trayectoria en el Celta y no en un equipo más potente se debe no solo a su amor por el club, innegable sobre todo en su segunda etapa, sino a una concatenación de circunstancias que incluyen su falta de adaptación al Liverpool y las escasas oportunidades que tuvo en el Sevilla.
Antes que Iago, el título oficioso de mejor jugador de la historia celeste se lo llevaba con seguridad Mostovoi, a quien también se le quiso erigir una estatua que nunca pasó del mundo de los deseos. Mostovoi era un perro verde y un jugador asombroso que acabó en el Celta por su mala cabeza: tenía fútbol y talento para regalar y poder haber jugado en clubes Champions. Incluso sonó en algún momento para el Real Madrid, donde sí acabaron dos de sus compañeros de entonces, Michel Salgado y Makelele, dos genios en lo suyo pero muy lejos del ruso, que acabó saliendo por la puerta pequeña cuando el Celta bajó a Segunda División el mismo año en que jugó la Champions. Luego llegó el proceso concursal del Celta y su salvación gracias a las gestiones de Mourinho I, y con el mismo banco por el medio, aunque entonces, todavía con su denominación histórica.
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