Cuídate, España, de los idus de marzo

Publicado: 28 feb 2026 - 01:10
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España es un país tan peculiar que, de cuando en cuando, para mirar al futuro, otea y se recrea en el pasado. Y entonces llega a conclusiones sorprendentes, como abrir una polémica acerca de si el hombre que fue jefe del Estado durante cuarenta años debe o no regresar de un peculiar 'exilio', que jamás lo fue, para, dicen impúdicamente, morir en su patria y no en una tierra extraña ajena a la 'Cristiandad'. Un país tan curioso que alguien que no hace ni tres años se proclamaba 'próxima presidenta del Gobierno', sale ahora, con las orejas gachas, del movimiento político que ella misma creó, rumbo a la niebla. Un país tan sorprendente que su líder todo lo fía a un hombre que es un fugitivo y que tiene agarrada por salva sea la parte la gobernación del Estado al que quiere destruir.

No sé si, con estos mimbres, el Estado, cuya forma monárquica depende en el fondo de un puñado de diputados que, de momento, sostienen el 'statu quo', pero quién sabe hasta cuándo, puede pervivir mucho tiempo tal y como hoy lo conocemos. Con una Constitución que constantemente se incumple, con un Gobierno cuya transparencia es nula -no me hablen de la desclasificación del 23-F, por favor- y con una oposición que, acosada desde su extremo, no acaba de levantar cabeza para convertirse en la alternativa lógica y deseable.

¿No cabría, acaso, aplicar a España la célebre frase, acuñada por Shakespeare inspirado en el asesinato de César, 'cuídate de los idus de marzo'? Los idus, en el calendario romano, tenían un carácter de buen augurio, hasta que, como cuenta Plutarco, un vidente advirtió a César del peligro que corría. Yo creo que, cuando el Plutarco de dentro de unos años, nos historie lo que está sucediendo hoy en nuestro país, podrá resaltar que, ante los idus de marzo, el gobernante estaba pleno de advertencias y, como César, las despreció, creyéndose intocable por tener siete vidas políticas (de las que seis ya se han consumido).

Sé que vivimos tiempos convulsos a escala planetaria. El mundo está, definitivamente, regido por locos, por decirlo suavemente. Pero eso no puede atenuar las graves incongruencias que pesan sobre la vida pública -y, por extensión, también la privada- española. Donde incluso los cimientos de las instituciones más señeras están socavados, y no me refiero ahora a la Monarquía, representada por alguien que, al menos en la actualidad, parece suscitar bastante confianza en una ciudadanía por definición desconfiada de sus representantes.

Hace tiempo que pienso que esta España, tal y como la estamos reconociendo, necesita un profundo golpe de timón. Reforzar las estructuras, las políticas de los partidos -todos, aunque con balbuceos de aprendices, lo están asumiendo, con excepción del partido gobernante-, consolidar una legislación que refuerce al Estado, su unidad, su democracia. Irnos preparando para la España de Leonor I.

Sobre todo, asentar la democracia. Y eso necesita una política audaz, revolucionaria a su manera. La apatía ciudadana por la cosa pública -véase el escaso interés por la campaña castellano-leonesa, llena de no-ideas- tiene mucho que ver con la falta de un impulso de gobierno. La primavera que ya apunta, y recordemos que los idus son en marzo, en mayo, en julio y en octubre, anuncia un camino que no va a estar sembrado de florecillas silvestres precisamente, me parece. Sobre todo, tal vez, para César.

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