Manuel Orío
Lo más complicado
Llega septiembre y España hace lo que mejor sabe después de quejarse del calor, y es perderse, sin navegador y, a veces, incluso con él. Literalmente lo digo.
Coja el coche, salga de la autovía, intente encontrar un pueblo. El GPS le dirá "has llegado" en un cruce con tres carteles donde uno está tapado por un chopo sin podar desde 2019, otro oxidado que pone "VLLA...OSA" y otro con flecha dudosa. Y usted sin saber si está en Villanueva de Arriba, de Abajo o del Medio.
Hemos vuelto con el cartel de "cerrado por liderazgo". Por eso nos acordamos de Daoiz y Velarde, capitanes que se sumaron al levantamiento contra los franceses. El 2 de mayo de 1808 no esperaron a una comisión interministerial ni a que el cartel de "Parque de Monteleón" estuviera homologado. Vieron que había que hacer algo y lo hicieron. Entonces se llamaba liderazgo. Hoy se llama temeridad y conlleva expediente.
El pueblo necesita líderes, no gestores de incidencias y mucho menos de quien trabaja a favor del que invade España porque sino le desvelan negocios familiares ilícitos. Se busca a alguien que vea un cartel tapado por una higuera y lo corte. Sin decir "eso es de Fomento", y Fomento "eso es de Diputación", y Diputación "es que el árbol es autóctono".
Mientras, el turista se va sin dejarse 200 euros en la casa rural porque no encuentra el pueblo. Tenemos radares que multan por pocos km/h, pero no somos capaces de pintar un cartel para que pueda ser leído o reponerlo. Y vivimos, además, en un país necesitado de evaluación continua. Nada se evalúa, no se hacen previsiones para evolucionar y sí para sobrevivir, nadie duelve el dinero robado. Todo necesitaría ser observado con lupa. La única evaluación continua va a ser la de la Princesa de Asturias, que ahora empieza Ciencias Políticas en la Universidad. Primer día de clase y ya le va a sonar familiar el hecho de que España lleve años examinándose a sí misma y suspendiendo en el mantenimiento. Hasta el presidente Sánchez difunde 20 años de reinado de Felipe VI cuando son 12. Lo quiere hacer viejo y decadente. No disimula su falta de respeto a la Monarquía parlamentaria y el pueblo lo sabe. Mucho BOE y poca brocha, ni en las carreteras con niebla segura destaca la raya blanca que muestra el camino.
Los letreros ilegibles son el retrato perfecto de un país que si no cuida ni el nombre de sus pueblos difícilmente cuidará el futuro de su gente. Daoiz y Velarde no murieron por un cartel. Murieron porque cuando todo se cae, alguien tiene que dar un paso al frente. Aunque no le toque. Aunque le cueste.
Septiembre es buen mes para volver. Y, sobretodo, para volver a señalizar la buena senda. Para saber dónde estamos y hacia dónde vamos.
¿Alguien con unas tijeras de podar, un bote de pintura y ganas de liderar? El puesto se presenta, cada vez con más urgencia, a ser ocupado.
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