Fermín Bocos
Las promesas que serán olvido
Como si un beso entre cónyuges con muchos años de casados tuviera algo de imposible o de incestuoso, el habido entre Pedro Sánchez y Begoña Gómez ha encocorado, al parecer, a un montón de gente, no así, desde luego, a los entusiastas afines a la pareja que asistieron a él en vivo y en directo en la 'performance' socialista de Fuenlabrada.
Es cierto que el rapto amoroso público del presidente del Gobierno pudiera inscribirse en la inquietante esfera de esas súbitas pedidas de matrimonio en estadios deportivos, restaurantes, estaciones de metro y en toda suerte de lugares concurridos que tanta grima dan, pues, aparte de la inicua extorsión de que es víctima la persona requerida de nupcias, generalmente una mujer, la propia publicidad del acto desmiente su autenticidad al trasladar su espacio natural íntimo a otro absurdamente tumultuario. Sin embargo, al contener el 'te quiero' y su correspondiente beso entre estos casados un mensaje político, no puede chirriar tanto su ejecución ante la 'polis' congregada en un mitin.
En todo caso, cualquier matrimonio oficializado ante un juez, un cura, el capitán de un barco, un alcalde o un concejal de parques y jardines conlleva un mensaje político, el de una coalición física y jurídica lograda, al menos en principio. Así, el matrimonio Sánchez-Gómez, que adolece de una doble identidad política, puede besarse, abrazarse, declararse y hacerse arrumacos tranquilamente, con todas las de la ley, en público, si bien en el apartado específico del beso, según se pudo apreciar en Fuenlabrada, encontramos ese punto de tórpida rareza de los besos entre cónyuges, tanta más cuando llevan juntos una pila de años.
Mas, sea como fuere, ¿cómo pudo ofender a nadie ese beso por muy antisanchista que se sea o la manifestación de lealtad ante la adversidad del 'te quiero'? Hombre, algo cursi sí que pudo quedar, pero en medio de un ambiente político salvaje y despiadado como el que nos asfixia, la cursilería es un pecadillo menor. Uno, que peca a lo grande de sentimentalismo, no es quién para censurar esa expansión político-amorosa, ni cree que lo sea nadie.
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