Las galerías se reinventan para captar un nuevo cliente
Mientras un modelo se mantiene gracias a la fidelidad, otros apuestan por la innovación
Las galerías comerciales de la ciudad son en su mayoría un reflejo del pasado, del Ourense más noventero, tanto en su diseño como por muchos de los carteles que todavía están colgados en algunos de sus antiguos -y cerrados- negocios. Al recorrer estos espacios -tan icónicos en la ciudad a finales del siglo XX- parece que el tiempo no fluyó a la misma velocidad que fuera, que todavía sus pasillos están congelados en otra época, generando en los más jóvenes una sensación de “anemoia” -nostalgia o melancolía por un tiempo, lugar o época que nunca se ha vivido o conocido personalmente- difícil de encontrar en otro lugar.
Pero la realidad y el presente de los negocios que perduran en estos espacios es mucho menos romántico y resulta verdaderamente complicado. Sobrevivir en las desfasadas galerías depende de tener un buen emplazamiento -especialmente a pie de calle-, llevar un largo recorrido con clientela fiel, no depender de la atención al público o saber reinventarse en un contexto complicado.
Los hasta 30 centros comerciales que hay en la ciudad suman la cantidad de 660 locales desocupados, una media 22 locales clausurados por galería. El modelo, que surge en la década de los sesenta, va en crecimiento hasta los años noventa, cuando alcanza una treintena de galerías repartidas por toda la ciudad, un completo exceso para Ourense, que provocó la sepultura al éxito de estos espacios, con una oferta comercial superior a la demanda.
A partir de ahí comenzó la caída en picado, no se construyó ninguna más y las que había comenzaron a ver cronológicamente el cierre de sus locales, devorados por el mundo online y de las grandes marcas, e incluso la desaparición de algunas, como fue el caso de las ubicadas en avenida de As Caldas.
Barreras de accesibilidad
Uno de los principales obstáculos a los que se enfrentan las galerías hoy en día es su propio diseño. Concebidas en una época con normativas menos estrictas, estas estructuras de varias plantas se han convertido en trampas arquitectónicas. Jorge Fernández, que administra las Galerías Roma, señala que este modelo no convence ni a clientes ni a comerciantes “por las incomodidades que ofrecen, tienen muchas escaleras, tienes que dar muchas vueltas para acceder de unos lados a otros, a diferencia de la calle que haces un paseo directo”.
Esta barrera física castiga a la clientela más fiel, cada vez más envejecida. En el Centro Comercial Sol, Blanca Machado, de La Costura, lo vive a diario: “Tengo clientela que empezó aquí siendo joven, pero ahora tienen 75 años, no dan subido las escaleras, y me llaman para que baje yo a atenderlas”.
Además, la normativa actual asfixia el relevo. Los locales ubicados en entreplantas no consiguen licencias de apertura al carecer de rampas o ascensores. Para la mayoría de los propietarios, asumir el enorme gasto de instalar un elevador no compensa, por lo que prefieren dejar los locales morir.
Abandono e inseguridad
Las galerías de la ciudad y su pérdida de vida en las últimas décadas traen consigo un abandono, realmente visible con un simple paseo por sus pasillos, apoderados por el polvo y la suciedad, pudiéndose apreciar en muchos casos incluso latas de refresco que llevan tiradas décadas.
El vandalismo también se apodera de estos espacios vacíos, cuyas paredes cada vez está más llenas de pintdas que de carteles de negocios. “Pintas la pared y al cabo de dos días vuelves a tener un grafiti”, criticó Ana López Otero, de Confecciones Otero, situada en las galerías entre el Jardín del Posío y la rúa Pena Trevinca.
En el Centro Comercial Xesta ya han solicitado la instalación de cámaras, debido a la falta de seguridad. Daniela Mendes, de la tienda y taller Mister Lolo, lamenta la falta de acción para evitar que grupos de jóvenes utilicen los pasillos para beber o fumar. “Da mal rollo, deja en muy mal lugar a las galerías y genera sensación de abandono”, se queja, obligada a escoltar a sus pequeñas alumnas al baño.
Hasta hace año y medio su local se encontraba en el Centro Comercial Sol, donde la situación comenzó a ponerse peligrosa por los robos. Después de que usurpasen ordenadores y saqueasen una librería en poco tiempo, los comerciante empezaron a poner cadenas en sus puertas tras el cierre. “Empecé a cerrar a las siete porque en invierno se pone oscuro y me quedo sola, a un poco de miedo”, confesó Blanca Machado de la costura.
Oportunidades de mercado
Estos espacios se convierten también en grandes oportunidades para aquellos negocios que no necesitan exposición al público o que sepan atraer a través de redes sociales, al tener precios de alquiler cada vez más bajos que parten de los 150 o 200 euros, contraponiendo la pérdida de escaparate a los mucho menores costes.
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