Aldeas gallegas: las distintas maneras de vivir confinados

Galicia

El trato cercano hace mucho más llevadero el encierro forzoso, tanto para jóvenes como mayores

ana martínez
Publicado: 12 abr 2020 - 04:46 Actualizado: 13 abr 2020 - 03:48
Adelina entrega un pastel de pascua a su vecina Geni, en la aldea de Guisande.
Adelina entrega un pastel de pascua a su vecina Geni, en la aldea de Guisande.

n n n Una se trata de una aldea joven en la que las familias hacen una especie de parte diario para seguir sus avances y han empezado además una suerte de cadena de favores. La otra, es de gente mayor: sus supermercados están en la huerta, se hablan por las ventanas para alentarse y ver cómo van.

La primera se llama Guisande y se encuentra en el municipio de Brión, en A Coruña. En casa de Andrés, empleado de banca de 41 años; y de su mujer Adelina, del sector turístico y de 39, tocan diana en forma de gritos. Imposible llegar a esos agudos.

Alex, que es el mayor de sus tres hijos, ha cumplido ya los doce; Lucía, diez, y Dani tiene dos. Les ponen las pilas cada media hora, más o menos. De su ventana, cuelga una lona con un arcoiris y muñecos. "Todo irá bien", "yo quedo en casa", y que el sitio en el que residen "se sale" son las frases de la pancarta.

"Aquí el sentimiento de comunidad está muy instaurado", cuenta esta madre de familia. Lo corrobora su vecina, Geni, de 49 años, una compostelana que se estableció allí hace dos. Es población de riesgo y no conseguía encontrar una mascarilla. La incombustible Adelina, que estaba al tanto, y tiene maña para todo, vio en la red cómo se confeccionaban y se puso a ello. Se la entregó rápidamente.

El detalle tuvo una correspondencia inesperada. Un pequeño jardín de plantas crasas. Geni tenía una librería, con fotocopiadora y unas cosas preciosas para niños. Se quedó en el paro. "Estoy sin trabajo pero tengo los mejores vecinos del mundo, la verdad. Me emociono incluso", dice.

Susana, de 47 años, y Ernesto, de 45 son el matrimonio que se dedica a la hostelería. "Ánimo" y "Yo quedo en Guisande" rezan sus sábanas. Sus hijas Cristina, de 20, y Carolina, de 15, están estudiando. Las de ambas son las edades heroicas de la exploración. "En familia, la cuarentena es más entretenida", coinciden.

Óscar, de 39, carpintero; Pili, de 36, repartidor de pan, y Javi, de 9, poseen otro escaparate que provoca felicidad, con corazón y un mensaje de aliento. ¿Sobre la reclusión? "Aquí se hace más amena". Julio, que se dedica a la energía y tiene 38 primaveras, y Caty, a la sanidad, y una menos, 37, van a un pareado que casi actúa hoy como bálsamo: "El encierro no es tan grande si vives en Guisande".

eiroa de arriba

A veinte minutos, en la misma provincia, se encuentra Eiroa de Arriba, alejada como la anterior de los tópicos que persiguen los turistas. Hay un puente, pero no es monumental, que conduce a Noia, el pueblo. Y un sabor añejo y sentimental. Sus moradores cultivan y tienen suficiente acopio para combatir al enemigo llamado COVID-19.

Josefa ya ha soplado 72 velas y su esposo Antonio 75. Uno y otro son "viajeros empedernidos". Para ellos no era ni de lejos una mala idea tener equipaje preparado, que algo podría surgir. En el caso de ella, además, una referente en la recomendación de estar activo, la agenda reventaba: zumba, cantos con su coral, gimnasia, y mucho más.

Con frente arriba y ánimo en pie pese a las patologías

Avelina, trabajadora nata, atesora 86 años y una fértil tierra en la que está plantando repollos. No para ni con el decreto de alarma. Pepe suma 83 y su mujer Lola es octogenaria, como él. Son los padres de Isabel y María José (higienistas dentales), Loli (ligada a la industria de la automoción) y Dani (a la recogida de residuos).

El historial de Pepe muestra patologías tales como diabetes, hipertensión y otras, las cuales no humillan su frente ni su ánimo. "Me gusta dar paseos y adentrarme en caminos", expone. Y eso quiere volver a hacer. Como su hermano Paco, con el que cohabitan, aunque éste último sea más de desplazarse en moto.

Álvaro y Marisa son de 66 años, los dos. Él pasea a su perro, Xil. Los jueves solían ir a un mercadillo y el domingo a tomar algo a Eiroa. Ya no. "Es el cambio que percibimos", subraya ella. Por lo demás, su amplio jardín sigue dándoles el respiro necesario. Son los padres de Roberto, cuya novia trabaja en un súper, y de Marcos, que está en un gimnasio, como su pareja. En la reclusión: separados.

Ramón, de 72, viudo, acaricia a su peludo Milco. Tres plantas para ellos. Sus hijos Mon y Ana y su nieta descuelgan el teléfono a todas horas para contactar. No hace mucho, aunque parezca que sí, que coronó la cima del cercano monte de San Lois: "Fue increíble".

En estos lugares, en los que la primavera anda revuelta y pinta de blanco el paisaje, también temen un contagio y, por qué no decirlo, un mal desenlace. Sobre todo, los que han doblado el mapa. Pero ahí siguen, burlando a la parca, como el título de la novela de Josh Bazzel. El día que Moncho ascendió por esa montaña gallega, a esa personificación del destino... le entró mal de altura. n

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