Las incógnitas de un accidente que no debería volver a suceder

La Guardia Civil y la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios investigan las causas

Estado en el que quedó uno de los vagones del Alvia.
Estado en el que quedó uno de los vagones del Alvia. | EP

Como sucedió con Angrois hace casi trece años, Adamuz ha pasado del anonimato de una pequeña localidad a encabezar las portadas de los periódicos e informativos nacionales e internacionales por un trágico accidente ferroviario. Las circunstancias fueron distintas en uno y en otro. En Angrois se apuntó a un fallo humano, acentuado por la falta del respaldo de seguridad de mecanismos como el ERTMS. Pero en Adamuz, dentro de la incertidumbre que todavía persiste pasadas las primeras 24 horas del accidente, el fallo humano quedó descartado desde el primer momento.

Sobre el terreno trabajan investigadores de la Guardia Civil y de la CIAF, la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios. Unos y otros tendrán que encontrar las pistas que lleven a determinar cuál ha sido la causa del fallo de seguridad causante de un accidente en el que los últimos coches de un tren, el Iryo con destino a Madrid procedente de Málaga, descarrilasen invadiendo la vía contraria, unos segundos antes de que un Alvia de Renfe procedente de Madrid con destino a Huelva pasase por ese mismo punto, sin dar tiempo a que actuase el sistema de seguridad que bloquea una vía cuando se encuentra invadida por un obstáculo.

Se sabe que el tramo es recto, con una velocidad máxima señalizada de 250 kilómetros por hora que ninguno de los dos trenes había superado. La línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, inaugurada hace casi treinta y cuatro años, la más veterana de las españolas, se encuentra en fase de renovación y el tramo concreto en el que se produjo el siniestro había sido modernizado el pasado mes de mayo, incluyendo el desvío que conecta ambas vías paralelas en ese tramo de la línea.

El tren de alta velocidad de la compañía Iryo, un ETR 1000 Frecciarossa de menos de cuatro años de antigüedad, acababa de pasar hacía unos días su última revisión de seguridad. El servicio Alvia de Renfe estaba al cargo de un tren de la serie 120, cuyas primeras unidades comenzaron a circular con gran éxito hace dos décadas. Un siniestro azar hizo que el descarrilamiento e invasión de la vía contraria de los últimos coches del Iryo se produjese veinte segundos antes del paso del tren de Renfe que fue el que salió peor parado del accidente.

Descartado el fallo humano, solo cabe pensar en que la causa del accidente está detrás de algún fallo técnico que tendrá que salir a la luz de las investigaciones que se están realizando. Pocas horas después del siniestro se han escuchado voces que señalaron la existencia de incidencias ocurridas en ese tramo en los últimos meses, lo que ha puesto el foco de atención en la infraestructura. Pero, hay que subrayarlo, las incógnitas solo podrán ser despejadas por la exhaustiva investigación que ya ha comenzado.

Que éste haya sido el primer accidente ferroviario en la línea en casi 34 años, y el primero con víctimas en una línea de alta velocidad en España (el de Angrois se había producido en una vía convencional, en una curva señalada para circular a menos de 80 kilómetros por hora) indica que como modo de transporte la alta velocidad es un sistema con muy baja siniestralidad. Pero con una lista de fallecidos que ya se acerca a 40 y más de un centenar de heridos, el accidente de Adamuz también pone de manifiesto que los sistemas de seguridad y prevención frente a fallos, sean humanos o técnicos, de los trenes o de la infraestructura, no han sido lo suficientemente efectivos como para evitar una tragedia. La investigación de la CIAF no solo tiene que aclarar las causas, tendrá que proponer las soluciones para que un hecho como éste no se repita.

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