Bildu, un cartucho de dinamita al PSOE

España

El acuerdo que se trabajó personalmente Pablo Iglesias para que Bildu votara a favor del PSOE en el debate sobre las enmiendas a la totalidad a los Presupuestos, ha conseguido lo que hasta ahora no habían conseguido iniciativas muy polémicas del Gobierno Sánchez: que el presidente extremeño Fernández Vara fuera inmisericorde con el pacto con Bildu, confesara públicamente que tenía una sensación dolorosa, que el acuerdo con Bildu le producía náuseas y que consideraba que para España suponía “un fracaso como país”.

Publicado: 15 nov 2020 - 01:46 Actualizado: 15 nov 2020 - 01:47
Pedro Sánchez, en una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados.
Pedro Sánchez, en una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados.

Antes de que Pedro Sánchez recuperara la secretaría general del partido de la que había sido expulsada por sus propios compañeros, y ganara las primarias a Susana Díaz, cuatro dirigentes regionales de larga trayectoria en el PSOE se mostraban absolutamente críticos con Pedro Sánchez: el manchego Emiliano García Page, el valenciano Ximo Puig, el aragonés Javier Lambán y el extremeño Guillermo Vara. Una vez que Sánchez ganó las primarias y el Gobierno, solo García Page y Lambán se mostraron abiertamente críticos con el presidente cuando tomó decisiones que iban en contra de sus principios, la mayoría provocadas por el acuerdo de coalición con Podemos. Los silencios de Vara eran atronadores, inexplicables para muchos socialistas que ya no ocultaban su preocupación por la deriva del Gobierno.

Ese silencio se ha roto ahora, y ha sido como un aldabonazo que en Moncloa no se escucha –Sánchez hace oídos sordos a todo lo que le incomoda- pero sí ha causado desazón en destacados socialistas que llevan días con el teléfono en la mano preguntándose qué se puede hacer para impedir que el Gobierno siga tomando posiciones que forman parte de lo que siempre ha defendido Podemos… pero no de lo que siempre ha defendido el PSOE. Estos días se han reproducido hasta la saciedad comentarios y declaraciones de Pedro Sánchez, José Luis Ábalos y Carmen Calvo en las que abominan de posiciones que sin embargo ahora no solo aceptan sino que promueven, pero es sabido que a Sánchez no le importa nada la hemeroteca, le tiene sin cuidado. Cuentan sus allegados que cada vez que escucha aquello de que jamás pactaría con Podemos porque le quitaría el sueño tiene que disimular la risa.

EL VIAJE A LA PAZ

Tres han sido las iniciativas que han supuesto un cartucho de dinamita en el PSOE. Cartucho, el PSOE de hoy es sanchista a machamartillo porque ya se ha ocupado Sánchez de deshacerse de posibles dirigentes incómodos –su próximo objetivo es Susana Díaz- y de promover figuras de pasado irrelevante hasta que Sánchez los ha elevado a puestos ejecutivos o ha promovido en las listas al Congreso y Senado.

Esas tres iniciativas han sido de Pablo Iglesias, y Sánchez las ha abrazado. No se sabe si con entusiasmo, pero las ha abrazado. Una, la eliminación del castellano como lengua vehicular en la enseñanza; dos, que Pablo Iglesias acompañara al rey Felipe en su visita a Bolivia para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente; tres y la causante de la mayor irritación, acordar con Bildu el apoyo a los Presupuestos.

Como era previsible Iglesias no se comportó en La Paz como debe hacer un miembro del Gobierno que forma parte del séquito oficial que acompaña al jefe de Estado. Organizó un programa propio de entrevistas y además firmó un manifiesto de ex presidentes -la mayoría de ellos del populismo de izquierdas- alertando sobre los peligros de la extrema derecha. La eliminación del castellano como lengua de obligado conocimiento no solo ha revolucionado a la clase política, sino también a la educativa y cultural, pero ha sido el acuerdo con Bildu lo que ha provocado movimientos internos en el PSOE, y en el gobierno, de imprevisibles consecuencias.

Ex dirigentes como José Luis Corcuera, Nicolás Redondo o Paco Vázquez, todos ellos muy activos en medios de comunicación, podrían estar detrás de un grupo amplio de socialistas de amplia trayectoria que quieren promover un movimiento, o al menos un manifiesto, en el que se marquen distancias con el Gobierno de Sánchez por traspasar líneas que jamás traspasaría un socialista. Pactar con el partido que tiene como origen una banda terrorista que ha asesinado a casi mil personas, entre ellos destacados dirigentes y militantes socialistas, ha revuelto sus conciencias.

Además de estas iniciativas que no se sabe qué recorrido tendrán, o siquiera si iniciarán algún recorrido más allá de las palabras de alerta sobre la falta de sensibilidad de Pedro Sánchez y su entreguismo a Podemos, en el gobierno ya suenan voces que hasta ahora estaban calladas aunque sí se sabía que sus silencios eran incómodos porque no estaban de acuerdo con decisiones del Ejecutivo, la mayoría de ellas promovidas por Pablo Iglesias. Finalmente ha sido Margarita Robles, la que ha decidido sacar lo que llevaba dentro: frente a la versión de Moncloa de que Pablo Iglesias tomó decisiones en Bolivia a título personal, la ministra de Defensa explico que cuando se forma parte de una delegación oficial no se habla a título personal. Robles además entró en otra cuestión que centraba el debate político en ese momento, cuando todavía no se había concretado el acuerdo con Bildu: la creación de una “comisión de la verdad” en Moncloa para detectar noticias falsas o informaciones inconvenientes. Explicó la ministra que “A ningún gobierno le corresponde velar por lo que dicen los medios” y que “deben ser los propios medios de comunicación los que desde su responsabilidad , vigilen y valoren su lo que están publicando está contrastado y es cierto”.

ECHAR A PEDRO SÁNCHEZ

A Pedro Sánchez le ha tenido sin cuidado la polémica sobre el control de las informaciones, que por otra parte era algo que Podemos defendía desde sus inicios; en ese sentido Iglesias no engañó a nadie, aunque sí lo ha hecho el presidente socialista pues pertenecía a un partido que defendía la libertad de expresión. Sí le han afectado en cambio las arremetidas que ha recibido por el acuerdo con Bildu, así que Moncloa se apresuró a elaborar un argumentario para defenderse de las acusaciones que le llegaban desde todos los medios de comunicación, incluidos los más afines, y desde algunos de sus miembros más destacados que no han tenido empacho, esta vez sí, en criticar abiertamente un acuerdo que les parecía especialmente grave y doloroso.

El argumentario recogía que para el Gobierno, que piensa en lo mejor para los españoles, era fundamental aprobar los Presupuestos Generales del Estado para luchar contra la pandemia y contra la crisis económica; segundo, que Bildu es un partido legal, con representación parlamentaria cumpliendo los requisitos para tener esa representación, y por tanto se puede pactar con ellos como con cualquier otro partido.

Fácil de desmontar ese argumento, como han hecho el PP, Ciudadanos y otros partidos de la oposición: no hacía falta pactar con Bildu, porque Sánchez contaba ya con los votos suficientes, entre ellos los 10 de Ciudadanos; segundo, Bildu es un partido legal, pero su origen es una banda terrorista y es obligado actuar teniendo en cuenta esas premisas. Para ahondar más en el rechazo que ha provocado de forma muy mayoritaria el pacto con Bildu, uno de sus parlamentarios ha declarado en el Parlamento vasco que Bildu quiere ir a Madrid “para tumbar definitivamente este régimen”.

La situación que inquieta a tantos españoles, entre ellos a tantos socialistas, solo podría reconducirse con unas elecciones generales, que Sánchez no tiene ninguna intención de convocar. Y aun en el caso de que las convoque, la división de la derecha prácticamente le garantiza que volvería a ganar las elecciones. Un análisis en el que coincide todo el mundo, incluidos esos socialistas que se mueven para intentar el relevo de Pedro Sánchez.

No lo tienen fácil incluso si fueran capaces de crear un Psoe dentro del PSOE para recuperar las esencias y principios del partido: los que pueden hacerlo no tienen ganas de ir más allá de declaraciones de denuncia. Los que más claman por crear plataformas para deshacerse de Sánchez no cuentan con suficiente influencia para conseguirlo. A Pedro Sánchez solo puede hacerle cambiar de rumbo el propio Pedro Sánchez, y solo le puede echar el propio Pedro Sánchez. Lo segundo ni se le pasa por la cabeza, y lo primero está por ver si lo tiene en mente.

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