Sueño y desengaño americano
fútbol internacional
Pablo Valverde, universitario y futbolista vigués en Carolina del Sur, se abre por completo
Emigrar en busca de oportunidades a América es una realidad que une a muchos gallegos. A diferencia de tantos que le preceden, Pablo Valverde (Vigo, 2006) no tiene en juego el pan de su familia. Su amor por el deporte, en primera y tercera persona, le hizo subirse a un avión hace dos años, cruzar el Atlántico y hacer una apuesta personal por su vida deportiva y académica en Carolina del Sur. Por espectacular y maravilloso que se pueda entender desde Vigo, verse solo ante las hostilidades de la vida y con sus seres queridos a más de 6.000 kilómetros es una experiencia impropia de un joven universitario.
Pablo se crió en el barrio de Navia y cursó toda su vida estudiantil en Jesuítas. En lo escolar, solo vistió la camiseta del Santiago Apóstol; en lo deportivo, el central debutó en el Alertanavia, creció en el Areosa y terminó su paso por España en el Coruxo. Desde la adolescencia, la idea de irse a Estados Unidos a probar suerte en el mundo del fútbol le fascinaba al ser consciente de que las posibilidades de prosperar en el balompié nacional son mínimas. Estados Unidos, tierra prometida de las oportunidades, y un joven con un expediente impecable y el sueño de prosperar dentro y fuera del verde. Una simbiosis tan beneficiosa como imperfecta.
El sistema educativo-deportivo y la forma de vida estadounidenses son muy diferentes a los españoles. Los dos primeros años posteriores al bachillerato, las carreras universitarias tienen asignaturas troncales comunes para todos los estudiantes. Los dos años siguientes, tramo en que se encuentra Valverde, tienen la especialidad temática, en su caso en Ciencias de la Salud, para acabar siendo fisioterapeuta tras tres años más de estudio. Siete años estadounidenses para obtener la carrera, que en España se obtendría en un cuatrienio, de los que Pablo acaba de comenzar el tercero.
Sobre el césped, la importancia del fútbol universitario no tiene punto de comparación con la UVigo, USC o UDC. La característica visión conjunta americana de la formación y el deporte, en la que los méritos futbolísticos pueden acarrear becas académicas, dista mucho de los partidos entre universitarios resacosos curtidos en la noche de los graduandos de toda la autonomía. “Si tengo un examen en día de partido, obviamente me lo cambian. Tengo ayudas si no puedo ir a una clase porque tengo un partido o un entrenamiento. Tengo la opción de recibir ayuda con lo que me perdí para avanzar”, confiesa el veinteañero.
Durante sus dos primeros cursos en el fútbol surcarolino vistió la camiseta del USC Union, donde tardó poco en ser una pieza fundamental del vestuario y del juego, ya que fue reconvertido de central a pivote, demarcación en la que nunca había jugado en el Manuel Pahiño, Fragoselo o A Xunqueira. Con su promoción en el sistema educativo, también tuvo que cambiar de club, ya que las ligas universitarias van unidas al centro de estudios, y se unió al North Greenville University de la localidad de Tigerville. Un salto en sus carreras y el instante en que se volvió más frágil y vulnerable.
Comerse Estados Unidos es el sueño y aspiración vital de muchos. La vida te prepara para poder hacerlo solo. Cuando es la nación de las cincuenta estrellas la que se le vino encima, afloró el niño que correteaba por el césped de Navia y tuvo que hacerle frente con entereza y lágrimas en los ojos. Solo. A un océano de sus seres queridos.
“El principio de año fue muy jodido. Llegué bajo de forma, me bajaron al segundo equipo y se me vino el mundo encima. Llamaba a mi novia llorando todos los días y les decía a mis padres que estaba superado y no podía más”, un testimonio telefónico que quiebra a cualquiera. Con el abrazo más cercano a 6.000 kilómetros se recompuso física y mentalmente y ahora habla de ello con perspectiva, emoción y unas cicatrices que se ve que están frescas. "Cuando algo no va como debe ir te das cuenta de que no tienes en quién apoyarte y que eres vulnerable. Es una suerte que lo que pasó no fuese un accidente grave, no me quiero imaginar cómo sería en ese caso.
En paralelo a las diferencias en las aulas y los campos, Valverde sigue sin familiarizarse el idiosincrasia de la sociedad que le rodea. La tierra de las oportunidades mira por sí misma, no entiende de la conciencia colectiva mediterránea, un aspecto que le descoloca y le sigue generando incomodidad pese a ser su tercer curso allí. “Son muy individualistas y quieren todo para ya. Cada uno con sus cosas, pero buscan la inmediatez. Además, no tienen la costumbre de socializar, cada uno tiene su vida y es inconexa con la de los demás”, verbaliza. Acciones triviales de todo universitario como ir a la compra, aprovechar una terraza al sol o hacer recados a pie son vistos con extrañeza en Estados Unidos y chocan frontalmente con la educación que le dieron en su casa.
La vida es así. Arriesgar, disfrutar, caer, aprender e intentar de nuevo. Pablo está cumpliendo el “sueño americano” y con él, el desengaño estadounidense. Una realidad amarga escondida entre los éxitos estudiantiles y futbolísticos que Valverde se niega a ocultar.
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