El día termina con la familia del balón oval
Rugby
El equipo femenino del Vigo Rugby fomenta la amistad y el deporte con un grupo en constante renovación en el que hay veteranas y jugadoras que se inician
Quedarse por el grupo. Disfrutar del tercer tiempo. Ayudar a las que empiezan. Descubrir el rugby en un vídeo. Entrenar como goce. El conjunto femenino del Vigo Rugby vive un presente continuo de renovación constante que nunca es suficiente, mientras que las jugadoras encuentran en el colectivo “más que un equipo, una familia”, aseguran cinco de sus integrantes, que combinan su actividad diaria, laboral o estudiantil, con los entrenamientos y los partidos. Un lugar de desconexión, de amistad, de conocer otras realidades y, sobre todo, de mucho disfrute.
Una de las veteranas es Irene Francés, de 34 años, que llegó a la entidad en la etapa del bachillerato y sigue como una de las dos más longevas. “Empecei cando estaba miña irmá alí, era o meu referente”, y se quedó. Ahora, casi dos décadas después, “son avogada. Levantome, vou ó despacho ou ós xuízos, a reunións… E, ó final do día, a adestrar. As xornadas de grupo, co grupo, e os outros, intento facer preparación física pola miña conta”, expresa la jurista. Es una de las muchas profesiones que se pueden dar en un equipo en el que “cada unha ten a súa e as súas realidades. Dentro das diferencias e das idades, temos un conxunto que é un equipo. Cada unha de nós ten a súa vida coas peculiaridades propias, pero o bonito é que no campo non existe. Supéranse todas as barreiras”.
Un presente realmente diferente vive Norjelis Velasquez, de 25 años, que lleva poco tiempo en Vigo tras pasar antes por tierras lucenses tras llegar de Venezuela. “Yo jugaba el fútbol y estuve en el Friol, pero después, por motivos logísticos, me vine a Vigo”, explica. Intentó entrar en el balonmpié, incluso afrontó una prueba con el Sárdoma, pero no entró porque “estaba físicamente mal, llevaba tiempo parada”. Así, sin deporte, “una amiga me dijo si quería probar en el rugby y esta ya es la segunda temporada en el equipo. Empecé con la idea de recuperar el físico para volver al fútbol, que es lo que me gusta, pero ahora estoy motivada por progresar en este deporte. Es un reto", afirma.
Y sí, su caso es como otras compañeras, porque “no conocía nada de rugby. En Venezuela se juega al fútbol y al béisbol, que también tiene mucho tirón. Vi un vídeo y a entrenar”. Así comenzó y se quedó. Más allá del deporte, como sus compañeras, destaca la parcela extradeportiva. “Me ayuda a conocer gente y hacer amistades. Es algo que me incentivó mucho a seguir en el equipo. Al llegar a Vigo, se me hacía complicado hacer amistades y el rugby me ayudó mucho. Jugamos, salimos, hacemos cosas… Y al llegar el fin de semana, hay un partido, y todo cambia”, explica la jugadora, que como buena exfutbolista ocupa una de las posiciones de la línea de tres cuartos.
Más cerca del oval, en las trincheras de la delantera, se encuentra la santiaguesa Alexandra Oreiro, de 20 años. “O que coñecía do rugbi era que cando estaba no instituto, vin a unha muller deportista que me impresinou tanto que fun a ver a súa mochila para comprobar o deporte que facía”. Era el rugby, pero tardó más en entrar. Se decidió a poco de llegar a Vigo porque “nas xornadas que fan ó comezo do curso, había un stand dos deportes e había unha xogadora alí. Foi o momento de dar o paso. Asistín a un adestramento e xa quedei. Agora levo tres anos”. Al igual que otras compañeras, antes de llegar al campo, “vin un vídeo coas normas básicas. Sabía que se pasaba para atrás e pouco máis. ”. Por eso, el comienzo llega con miedos, con incertidumbres, pero “as compañeiras fixeron moi sinxelo todo. Os primeiros adestramentos eran complicados, pero coas compañeiras, saiu todo ben”. Argumentos para recomendar practicar este deporte a cualquier mujer, independientemente de su edad y condición: “Por moito que se poida ver como un deporte agresivo, non é así. É moi bonito e crea moitos vínculos, que son moi chulos. Aparecen no campo e fóra del”.
En más ámbitos que el rugbístico están unidas la veterana Carmen Mariño, de 33 años, y la estudiante Ayla Núñez Martínez, de 22. Profesora y alumna dentro de la universidad, también comparten equipo. La mayor es la segunda en edad del equipo tras Irene Francés. En su caso, comenzó “cuando entré en la universidad. Vi que había un equipo y me anoté. Después, estudié, empecé a trabajar con el doctorado, tuve una hija, vino el covid, tuve otra… Así hasta hoy, que sigo”, explica. Un verdadero ejercicio de voluntad porque “en todo este tiempo, sólo paré dos años, que fueron los del covid y cuando nació mi hija más pequeña. A día de hoy, soy la única madre en los equipos sénior, tanto del femenino como del masculino. No hay ningún otro jugando”.
Y, desde el punto de vista de la experiencia, admite que jugar con un grupo joven es “una rotura de la rutina maravillosa porque el grupo es increíble. Es gente que tiene ganas, muy acogedora, muy de unir”. Mariño no para de describir las virtudes del colectivo: “El grupo funciona fantástico. Todas las que podemos estar, estamos muy contentas. Y se nota en que la evolución fue mucho más rápido de lo que se podía esperar. Para el tiempo que llevamos juntas, avanzamos mucho”.
En el caso de Ayla, llegó al equipo “en el tercer año de universidad. Había escuchado algo, pero vi un cartel de unas jornadas de captación y nos animamos una amiga y yo”. Como otras muchas, “vi un vídeo y nada más. Tenía miedo de que tuvieran un nivel muy alto, casi profesional". Son los temores del desconocimiento, pero aquella primera sesión resultó más que satisfactoria, ya que “pese a que no me enteraba de nada, me enganchó. Las compañeras fueron muy amables. Resultó que era dinámico y divertido”.
Por cuestiones personales, Ayla siguió, pero no así su amiga. Una pena, pero en el Vigo Rugby encontró el lugar perfecto porque “te permite conocer otras culturas, otras realidades y formas de pensar”. En la actualidad, se encuentra en la fase final de su ingeniería biomédica, en la que sólo queda el trabajo fin de grado. Hay que organizarse".
En un colectivo grande, de más de una veintena de jugadoras, cada una de ellas tiene una dedicación. En este grupo hay profesoras, estudiantes, una abogada y, en el caso de Norjelis, una diseñadora gráfica que va camino al mundo del metal. “Hago un curso de fabricación de tubos y lectura de planos isométricos", explica. Lo realiza en las instalaciones de Barreras para, al igual que el rugby, “afrontar una actividad que desconocía. Es totalmente nuevo para mí. Estoy rodeada de hombres, pero son muy amables, me ayudan con cualquier duda y el profesor también”. Así, en el campo de los planos avanzó rápido y, poco a poco, con otros elementos: “Cuando me decían coge el soplete y enciende, necesitaba ayuda, pero después de varias veces, ya lo cogí”, indicó la jugadora, ahora de rugby: “Quiero dedicarme a esto, en febrero inicio las prácticas”.
La profesora Carmen Mariño vive un día a día de cierto estrés. En su caso, porque tiene dos niñas. “Se puede llevar gracias a que mi pareja es corresponsable y nos coordiamos. Cuando una va a entrenar, la otra lo asume y al revés. Eso sí, vamos corriendo a todos lados”, explica. Y, a la pregunta obligada de si comparten equipo: “No, llegó a jugar, pero ahora, con lesiones y eso, no. Está con los veteranos”.
Son las distintas vidas que se unen en un equipo en el que la captación está abierta todo el año. “Calquera muller que o desexe pode vir. Adestramos martes e xoves e se non ten en que ir ata o CUVI, alguén a pode levar”, expresa la deportista y abogada, que admite que “para poder seguir xogando, teño que ser ordeada, ter esa disciplina e, a verdade, se non o chego a facer estaría sentada todo o día”. Aunque no lo parezca, encuentra similitudes entre su profesión y su deporte: “Igual que nos partidos temos o terceiro tempo, temos un caso no que podemos gañar ou perder, pero fóra podemos falar cos compañeiros, tomar un café ou ter amizades”.
Precisamente, el tercer tiempo es algo que destacan las jugadoras que llegaron en los últimos años a la disciplina. Cambia el paradigma, especialmente al proceder de otros deportes. “Puedes estar dándote golpes con una rival y después, hablar tranquilamente del partido, de cómo jugaste y así”, explica Ayla Martínez, mientras que Alexandra Oreiro destaca que “son dianteira, o posto escolleume a min. Aínda así, o escollería sempre. No rugbi, hai un lugar para todos os físicos. É un pouco o meu caso. Eu non teño un físico estupendo, pero aquí poden xogar as máis fortes, as que son máis rápidas, as que teñen mellor visión de xogo…", expresa.
Matices, vida, experiencias y, sobre todo, “un equipo que é unha familia”, concluye Oreiro. Una afirmación que repiten todas sus compañeras porque es lo que se encuentran en el rugby amateur, con sus esencias, sus valores, que pasan por poner el equipo en primer lugar: el colectivo es el medio y el fin. Acogida para todas las mujeres, da igual su edad o condición.
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