Relatos: El terrón de azúcar 19 y 20
La periodista y escritora polaca, viguesa adoptada, Grazyna Wasiak Maxwell comparte dos historias: Ángel de la muerte y Lección de vida
Grazyna Wasiak Maxwell es una periodista y escritora polaca. Vivió en Londres durante 35 años. Ha escrito dos libros y siempre es muy activa en la Unión de Escritores Polacos de la diáspora. También es una embajadora para los ‘seniors’ de Polonia e intenta crear un mundo más amigable para los jubilados en todos los sitios donde esté. Es una nueva viguesa, totalmente enamorada de la cultura y belleza de Galicia. Se la puede encontrar en clases de muñeira o en una mesa con una copa de godello en la mano, siempre en la compañía de otro ser humano, porque esa es su meditación favorita sobre la vida.
Ángel de la muerte
En un pueblo ordinario, en un día ordinario, en una casa ordinaria, una mujer planchaba la ropa interior. Inesperadamente, se le presentó el Ángel de la Muerte. Se produjo un silencio increíble. Sin embargo, la mujer no se asustó en absoluto y continuó realizando su monótona tarea. El Ángel le dijo: «Ha llegado tu hora. Ven conmigo». La mujer lo miró y le respondió con impaciencia: «Está bien, iré contigo, pero primero debo terminar de planchar. ¿Quién lo hará por mí? Y debo cocinar el almuerzo para mi hijo. Trabaja duro en las profundidades de la mina y debe comer algo cuando regrese a casa. Ya ves que aún no puedo ir al otro lado». El Ángel se fue.
> Después de un tiempo, volvió otra vez. Encontró a la mujer con prisa, saliendo de casa. «Debes venir conmigo ahora mismo —dijo—, ha llegado tu hora». La mujer le respondió con impaciencia: «Está bien, pero primero debo visitar la residencia de enfermos. Allí me espera una docena de personas, solitarias y olvidadas por sus familias. ¿Cómo puedo dejarlas así?». El Ángel se fue.
> Un tiempo después volvió y le dijo: «Tu momento ha llegado. ¡Ven conmigo!». «Sí, sí», respondió la mujer con impaciencia, «¿y quién llevará a mi nieto a la guardería cuando yo ya no esté?». El exhausto Ángel suspiró: «Está bien, esperaré a que tu nieto crezca». Pasaron muchos años. Una cálida noche, la mujer se sentó cansada frente a su casa y pensó: «En realidad, ahora el Ángel de la Muerte ya podría venir. Después de todas las fatigas de la vida, la Felicidad Eterna debe ser algo maravilloso». El Ángel vino. La mujer preguntó: «¿Me llevarás ahora al Cielo de la Felicidad Eterna? Estoy lista». El Ángel de la Muerte la miró fijamente a los ojos y respondió con una pregunta: «¿Y dónde crees que has estado todo este tiempo?».
> El fuego y el agua son igual de hermosos, pero viven vidas completamente diferentes. En cada momento, la vida merece la pena para levantarse y bailar. El sentido de todo reside en este instante, aquí y ahora. Reside en lo que hay. En el baile mismo.
Lección de vida
En las altas montañas del Tíbet vivía en soledad un Viejo Sabio. Nadie lo visitaba jamás, porque el anciano tenía alma de ermitaño y, en la imaginación supersticiosa de los aldeanos, era un hechicero milenario. Nadie sabía si era bueno o malo.
La vida sencilla de los pastores de montaña fue alterada por la guerra que se acercaba. El rey anunció que eran sus súbditos y que debían partir con él a la guerra para derrotar al enemigo que los amenazaba desde hacía muchos años. Todos los hombres adultos abandonaron sus hogares y aldeas. Y durante muchas primaveras y muchos inviernos no se vio su regreso.
Las mujeres estaban muy preocupadas de que, sin sus padres, sus hijos crecieran sin sabiduría. Confiando solo en sus propias fuerzas, reunieron valor y emprendieron el camino hacia el Viejo Sabio.
El anciano estaba sentado bajo un enorme fresno cuyas copas parecían tocar el cielo y de cuyas raíces brotaban fuentes de sabiduría y conocimiento. Guiadas por la astucia, las mujeres prepararon comida deliciosa y una jarra de vino como ofrenda para el sabio de las montañas.
La más joven de las mujeres, que tenía cuatro hijos, se plantó firmemente ante el anciano y expresó el deseo con el que habían venido:
—Queremos que enseñes a nuestros hijos la sabiduría de la vida. Sus padres no regresaron de la guerra y tú eres el único hombre que queda.
El Sabio, como todo sabio, reflexionó largamente y respondió que daría a sus hijos una sola lección de sabiduría.
—¿Solo una? —gritaron las mujeres con incredulidad.
—Les aseguro que será más que suficiente.
El Sabio envió a las mujeres de regreso a la aldea y llamó a los muchachos junto a él. Tomó tres ollas iguales, las llenó de agua y las puso al fuego. Pronto el agua comenzó a hervir.
En la primera olla puso zanahorias, en la segunda huevos y en la tercera granos de café molidos.
Sin intercambiar palabra, se sentaron observando las ollas hirviendo. Después de veinte minutos, el Sabio retiró las ollas del fuego. Colocó las zanahorias en un cuenco, los huevos en otro y vertió el café en una taza.
Se dirigió al muchacho mayor y le preguntó:
—Dime, ¿qué ves?
—Veo zanahorias, huevos y café —respondió el chico.
El Viejo Sabio le pidió que se acercara y tocara las zanahorias. El muchacho dijo que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Después de quitar la cáscara, vio que el huevo estaba duro. Finalmente, el Maestro le pidió que probara el café. El muchacho sonrió al sentir su rico aroma.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó al anciano.
El Sabio miró a los muchachos asombrados y comenzó a explicar lentamente:
—Cada una de estas tres cosas tuvo que enfrentarse al mismo peligro: el agua hirviendo. Pero cada una reaccionó de manera diferente. La zanahoria parecía fuerte, dura y resistente. Sin embargo, después de hervir se volvió blanda, flexible y débil.
El huevo al principio era frágil. Su fina cáscara protegía su interior líquido. Pero el agua hirviendo endureció su interior.
Los granos de café molidos fueron algo completamente único. Al entrar en el agua hirviendo, transformaron la propia esencia del agua.
¿Quiénes son ustedes? —preguntó el Maestro a los muchachos—. Cuando las dificultades llaman a su puerta, ¿cómo reaccionan? Piensen si son como la zanahoria, que parece fuerte e inflexible, pero que el dolor y los problemas quiebran hasta volverla débil y marchita. ¿Se rinden sin luchar y caen ante el primer golpe?
¿O son como el huevo, con un corazón delicado y sensible, pero que bajo el calor del sufrimiento se endurece? Por fuera la cáscara parece la misma, pero por dentro se vuelven amargados, con el corazón endurecido y el espíritu roto. ¿Congelan sus sentimientos por miedo y dolor?
¿O quizás son como los granos de café? Ellos transforman el agua caliente. Cuanto más intenso es el calor que reciben, más aroma, sabor y esencia liberan.
Si son como los granos de café, cuando la vida los golpee cruelmente, cuando estén en el fondo, en la hora más oscura, despertarán dentro de ustedes su verdadera fuerza y su auténtico potencial. Se enfrentarán con valentía al desafío del destino.
—¿Quiénes son ustedes frente a las dificultades de la vida? —preguntó por última vez el Viejo Sabio a los hijos de las madres solitarias.
Luego se alejó hacia su ermita, dejando a los muchachos una única e inolvidable lección de sabiduría.
Los enfrentamientos con el destino son la danza eterna del ser humano. Puedes sorprender al destino con brillo y valentía si comprendes la naturaleza de los granos de café. Depende de ti si el sol que brilla te quema o te da calor.
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